Siberia, Monamour, Rusia 2010


Como nos hace sufrir el alma rusa, desmesurada, excesiva, dramática, pesimista, ingenua, generosa e imprevisible. Y eso que no se trata del primer grito cinematográfico de un  joven indignado. Slava Ross ha sido cocinero antes que fraile y comenzó su carrera como actor, antes de realizar sus estudios de cine con más de 30 años, y realizar su excepcional primer cortometraje Carne en 2002, donde ya trataba algunos de los temas que aparecen en su segundo trabajo, tras su debut en el largometraje con El gran conejo estúpido (2006).

Un cineasta de 44 años que se toma su tiempo para impregnarse de sus personajes, perfeccionar la historia y construir todo un universo. Cinco años le ha llevado crear este guión sobre un abuelo y su nieto, perdidos en el fin del mundo de una Siberia deshumanizada, y rodeados de ladrones sin escrúpulos y perros salvajes, en mitad del crudo invierno ruso y prácticamente sin víveres para subsistir.

Pero el director no se limita a entregarnos un melodrama sin respiro, inspirado por una frase de una oración de su país que decía que la caridad está por encima de la justicia, el final del film se abre a un destello de optimismo que no sabemos si durará.

Los exteriores escogidos por el director son de una belleza inhabitual y la fotografía capta a la perfección tanto los reflejos grises y azulados de una nieve perpetua como los tonos cálidos y rojizos en el interior de la choza del abuelo que, pese a todo y a todos, no ha perdido la fe y todavía espera la ayuda de Dios, aunque lo imposible sea en forma de milagro.

Slava Ross sabe dirigir a niños con una maestría digna de un experimentado maestro de escuela, impresionante Mikhaïl Protsko, sin olvidar al resto de los estupendos actores que completan el reparto, su abuelo Pyotr Zaïtchenko y el capitán Nikolaï Kozak. Hecho que no ha pasado desapercibido en la última edición del festival CinemaJove que le ha otrogado el máximo galardón.

Quizás la película, tras una apariencia de historia sin pretensiones críticas, esconda una cruel metáfora de la Rusia actual, un país dubitativo ante el camino a tomar. Puede que esos perros salvajes y hambrientos (lván el Terrible siglos antes llamaba a su guardia personal, los Perros del Zar) que desean invadir las casas de los campesinos sean los vestigios de la antigua Rusia y, tal vez, los ladrones, que no dudarían en asesinar para poder robar un antiguo icono, representen los nuevos mafiosos de un país librado al capitalismo más salvaje. Y en medio ese niño indefenso, metáfora de una esperanza de futuro, expuesto a la voracidad de unos y otros… Puede que este film tan intenso poéticamente sea también una radical crítica política. Quizás.

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