Policeman (Hashoter), Israel 2011

Un grupo de colegas se entrena en bicicleta por las montañas de Israel. Evidentemente, como suele ocurrir casi siempre, uno de ellos decide hacerse el gallito y transformar un agradable paseo en etapa de competición y, por supuesto, ganarla. Yaron, el protagonista, vuelve a ser el más fuerte, viril y macho del grupo. Al llegar a casa, después de ayudar a su mujer en los ejercicios para el parto, que se producirá muy pronto, decide continuar su entrenamiento haciendo unas cuantas flexiones.

El espectador observará las andanzas de Yaron en la primera parte de esta sublime película: su universo de trabajo en el equipo antiterrorista del que forma parte, su orgullo frente a su próxima paternidad, sus arreglos entre colegas para amortizar una operación que acabó mal, sus ligoteos contenidos en las terrazas de café, sus fiestas entre amigos y el inmenso apego a su familia.

La segunda parte del film comienza con una escena, impensable en el cine israelita, de la destrucción de un coche en plena ciudad por una pandilla callejera. A partir de ese momento descubrimos el otro grupo protagonista de la película: un grupo de jóvenes del país, totalmente alejado de sus familias, indignado por la política interna del mismo, la amplificación de las diferencias sociales y cansado del sistema opresivo de una nación que consideran invasora, militarizada y criminal.

Alejado del binomio judío-árabe tradicional este valiente film se atreve a abordar las discrepancias internas de una población que, aunque internacionalmente presente una posición unánime, dista mucho en la realidad de opinar lo mismo frente a los problemas que la acechan. Nadav Lapid, director y guionista, ha conseguido con esta ópera prima arrasar en todos los festivales en donde se presenta: Locarno, Jerusalén, Nantes y, ayer mismo, mejor director y película en el BAFICI argentino.

Si las dos primeras partes son alucinantes, un entusiasmo desbordado acompaña el acto final. Los jóvenes han decidido, en un acto incongruente y suicida, secuestrar en plena boda a varias personalidades públicas del país. El grupo antiterrorista se prepara para el asalto y llegará el momento del enfrentamiento entre ambos. Armados hasta los dientes, nerviosos unos y serenos gracias a su profesionalidad los otros, el público sabe que de ahí no saldrá nada bueno. Como bien se sabe, el público siempre tiene la razón.

Unos actores impecables, una puesta en escena sobria e inteligente y, sobre todo, un guión repleto de sobrentendidos y de unos silencios perfectamente planeados, incitan al espectador a completar los diálogos y expresar con sus propias palabras las miradas llenas de significado de los intérpretes, en una de las película que, entre otros muchos temas apasionantes, presenta el mejor análisis sobre la masculinidad de los últimos tiempos, desde El Club de la lucha (1999) de David Fincher.

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Los juegos del hambre (The Hunger Games), EE.UU. 2012

Una vez finalizado el filón de Harry Potter y Crepúsculo consumiendo la poca luz que le quedaba, Hollywood llevaba buscando una nueva serie (nada nuevo bajo el sol, dado que las sagas comenzaron en el cine en 1913 con Fantômas de Louis Feuillade, con 5 películas basadas en las 32 novelas de Pierre Souvestre y Marcel Allain) que parece haber encontrado en la trilogía de Suzanne Collins.

Se acabaron los magos, con los tiempos que corren lo único que sacan del sombrero son contratos temporales (y eso sí que es magia), y los vampiros ocupados en el Banco Central Europeo o dedicados a dirigir “técnicamente” repúblicas, en espera de que los ciudadanos regresen algún día a elegir a sus propios representantes, Hollywood ha decidido volver al realismo y a la crítica social.

El hambre no debería ser una Batalla Real

Mañana viernes, 23 de marzo, se estrena en EE.UU. Los Juegos del hambre (título digno de John Steinbeck) y espero que no se presente sólo como la lucha sin cuartel entre 24 jóvenes. Este argumento recordaría la intensa Batalla Real (2000) que, en realidad, trataba de la incomprensión de la sociedad japonesa frente a una juventud, alejada del respeto de las tradiciones, de sus mayores y las costumbres ancestrales, y que había caído en la violencia.

Esta película va más allá porque trata la angustia creada por los ataques del 11 de septiembre (magnífica escena de la explosión en la mina que acaba en la chimenea o la inversión de la caída de las Torres Gemelas) y el futuro incierto de una sociedad dividida entre los muy ricos (este año el número de multimillonarios en el mundo ha sobrepasado el del año 2008) y los muy pobres, en una sociedad del espectáculo que ha robado la posibilidad de un futuro a toda una generación.

“Hasta una fecha reciente, América no tenía ninguna conciencia social, ningún sentido de la responsabilidad… porque cada uno tenía una oportunidad, su opportunity. La América que yo descubro hoy  es un país muy diferente y profundamente cambiado. La crisis actual dura y alcanza tal nivel que ha sacado a la luz numerosos problemas económicos y sociales de los que no se tenía conciencia antes. Las quiebras de los bancos, las huelgas, el paro… son de una violencia tan brutal que hasta el más natural y crédulo de los optimistas no puede resistir” escribía la extraordinaria Annemarie Schwarzenbach en un artículo de 1937.

La inspiración viene de la tele

Una noche Suzanne Collins, la autora de la trilogía, estaba haciendo zapping tumbada en el sofá de su salón cuando de repente se dio cuenta de la aberración que acaba de ver. Había pasado del programa tipo Gran Hermano (según tengo entendido, España es el único país del mundo que sigue organizando ediciones de este tipo de programas) al telediario, con la guerra del momento, y supo que tenía el argumento de su novela.

En un futuro, no muy lejano, América organiza un juego mortal que todos están obligados a ver. El país tiene 12 distritos que se dedican a producir los bienes necesarios, en algunos existen escuelas privadas pero la mayoría vive en la más absoluta miseria. Se eligen dos jóvenes entre 12 y 18 años para que se maten entre ellos hasta que sólo quede uno y, por supuesto, se graba todo y se emite 24 horas al día para distraer y controlar a la población, versión circo romano del futuro. Por supuesto, en el centro del país se alza el magnífico Capitolio, donde viven y disfrutan del sudor y del esfuerzo del resto de la nación los privilegiados. Si éste es el típico argumento de un blockbuster americano, a partir del 23 de marzo, Cine Invisible se convertirá en Cine Bien Visible.

Aunque yo tenga una edad para mí la literatura no la tiene. Una novela, destinada en principio a un público adolescente, puede ser tan interesante o más que cualquier libro de autor, siempre y cuando tenga las ideas y la agilidad de Suzanne Collins, la inteligencia de Memorias de una vaca de Bernardo Atxaga o la sabiduría de El principito de Antoine de Saint- Exupèry. No confundir lo sencillo con lo simple.

Repasando los clásicos

Gary Ross, en su tercera película tras Pleasantville (1998) y Seabiscuit, más allá de la leyenda (2003), sabe narrar bien con imágenes y, sobre todo, se ve que ha visto mucho cine. El film está plagado de referencias a lo mejor de su historia: la visión futurista de Metrópolis (1927) de Fritz Lang, la estética grandilocuente de Cabiria (1914) de Giovanni Pastrone, el realismo social de Qué verde era mi valle (1941) de John Ford o los excesos dictatoriales de Olimpiada (1938) de Leni Riefenstahl.

Pero lo más asombroso es que ha sabido combinarlo a la perfección con una recreación inversa de las imágenes del siglo XX, que han marcado todas las retinas (ese tren que lleva a la muerte es la horrible versión de lujo de los vagones de Auschwitz), o introduce formas arquitectónicas actuales (el cuerno de la abundancia, lleno de ángulos, y ya antiguo en el futuro en el que se desarrolla la película, próximo al Museo Guggenheim Bilbao de Frank O. Gehry frente a las curvas de la nave del Capitolio, cercana a las suaves formas de las obras de Zaha Hadid).

La apuesta doble o nada de la Lionsgate

La compañía americana, con 15 años de existencia, y que acaba de comprar en enero la Summit, se juega su futuro con esta arriesgada apuesta: un cine visible con un argumento invisible. Compatibilizar el espectáculo a gran escala con una historia digna que no se reduzca a “hola, mi amor, yo soy tu lobo” (los que tengan menos de 120 años no se acordarán de la Orquesta Mondagrón). Y para ello ha puesto toda la carne en el asador: Woody Harrelson, Donald Sutherland, Toby Jones, Lenny Kravitz y, sobre todo, Jennifer Lawrence. Una actriz tan maravillosa que me la creería hasta en el papel de manzana en Blancanieves.

Los indignados expulsados de Wall Street ocupan Hollywood

Katniss, la protagonista de la historia, joven y ya acostumbrado al “más golpes da la vida” tendrá que enfrentarse a un dilema: matar para sobrevivir y cumplir así la promesa de regresar a su casa o intentar cambiar unas reglas que han demostrado que no funcionan desde hace mucho, mucho tiempo (la escena de la niña del distrito 11 me emocionó y espero seguir siendo  durante mucho tiempo sensible ante estas situaciones). Hay un frase excelente en el film: lo único más fuerte que el miedo de una persona es su esperanza. Yo me pregunto qué ocurriría en este mundo si conseguimos unirlas todas.

Four Lions, Reino Unido 2010

He aquí la película más disparatada, absurda y divertida de los últimos años pero, sobre todo, el film más gamberro que se pueda concebir en una sociedad donde reina lo políticamente correcto. Sólo los ingleses, con su corrosivo humor y su sentido de la auto crítica, podían ser capaces de atreverse con un tema tan delicado como el terrorismo fundamentalista islámico, sin provocar una oleada de indignación internacional. Mientras todavía resuenan los ecos de la polémica en 2006 de las doce caricaturas de Mahoma, que levantaron el furor del mundo islámico, Fours Lions ha sido galardonada cinco años después como mejor primera película en la ceremonia 2010 de los premios de la academia de cine británico (BAFTA).

Inspirado por una noticia sobre el terrorismo, Chris Morris se imaginó una película que tratase este tema en clave de humor y encargó la escritura de su debut cinematográfico a la pareja más delirante y creativa de guionistas ingleses, Sam Bain y Jesse Armstrong (responsables entre otras historias de Brüno o In the loop).

Un radical fundamentalista, que abriga el deseo de pasar a la historia como ejemplo de soldado de la guerra santa, decide crear un equipo de terroristas y destruir uno de los símbolos de la civilización occidental. El problema es que los miembros son unos descerebrados al límite de la imbecilidad suprema: su hermano, de muy pocas luces, y unos amigos poco recomendables, un xenófobo, un susceptible fabricante de bombas y un aspirante a rapero.

La película está repleta de escenas y momentos memorables que van más allá del absurdo: el entrenamiento en un campo mujaidín de Pakistán, los ensayos de atentados (los amantes de los animales, en especial, los pájaros no olvidarán la escena del cuervo) o los preparativos para el “gran día”. La proeza de este film es que un inteligente guión y unos intérpretes admirables, Riz Ahmed, Kayvan Novak, Nigel Lindsay y Adeel Akhtar, consigue carcajadas del público con unas situaciones que, en principio, producen un rechazo generalizado.

Y he aquí el genio de un director que, basado en la tradición del humor negro y absurdo, por un lado trata un tema y una cultura con respeto, sin herir sensibilidades, y demostrando que la realidad de cualquier tipo de terrorismo es, como todos sospechamos, un despropósito radical y sin fundamento llevado a cabo por verdaderos retrasados mentales, y por otro tiene la sutileza de obtener financiación para una comedia tan inhabitual. Como siempre el público acaba por dar la razón a los proyectos inteligentes, por muy arriesgados que sean.

Carlos, Francia 2010

El cine invisible celebra hoy sus 100 primeras películas y casi 10.000 lectores. Así como la finalidad del cine invisible, mostrar la existencia de un cine de autor o independiente, creativo y original, era una arriesgada apuesta que se ha convertido en realidad y ha encontrado su público, otros soñadores han concebido proyectos que, en principio, parecían ilusorios. El director Olivier Assayas propuso para su última película, Carlos, un nuevo sistema de producción, financiar el costoso film con la ayuda del Canal Plus francés+, realizando al mismo tiempo una serie televisiva y una película destinada a la gran pantalla. Una gran aventura que ha llegado a buen puerto. Olivier Assayas ha conseguido conciliar el éxito de la crítica internacional y el apoyo del público, que lo recibió en el último Festival de Cannes con una gran ovación.

La vida del venezolano Carlos el Chacal, cuyo verdadero nombre es Ilich Rámirez Sánchez, considerado como uno de los terroristas más mediáticos de los últimos tiempos, por la mayoría de los países occidentales, EE. UU. e Israel, y un héroe de la causa palestina en su país natal y en numerosos estados árabes, estaba llena de sombras, de fantasmas y de dudas. El director, tras un laboriosa investigación de varios años, ha completado su biografía, en los 20 años más trágicos del terrorismo internacional, de 1975 a 1995, con sus actividades delictivas conocidas  y rellenado los pasajes ignorados con una propuesta interesante e imaginativa. El espectador no deja de preguntarse, cautivado por las imágenes, si la versión de Olivier Assayas es acertada, exagerada o se ha quedado corta.

La realidad siempre supera la ficción y al parecido físico del actor con el terrorista se añade también el hecho de tener su mismo apellido. El actor parecía predestinado para encarnar este papel y Édgar Ramírez, que ya había trabajado con anterioridad con el director, se ha implicado hasta la médula en esta serie de más de 5 horas o de casi 3 en la gran pantalla.

El resultado es espectacular. Una acción vertiginosa, rodada con mucha cámara al hombro en la textura típica del cine de los años 70, sostenida por un conjunto de actores impecables que nos proponen un periplo por la oscura historia de la guerra fría y los tenebrosos corredores que la atraviesan.

La película es tan intensa que alguno de los actores, sirios o de Sudán, decidieron renunciar a interpretar sus papeles, dado el alto compromiso político y la crítica que se extrae del contenido del film. Es muy difícil para todos asimilar que el terrorismo internacional ha sido financiado, apoyado o permitido, durante años, por muchos estados, tanto occidentales como árabes.

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