Viva Riva!, Congo 2010

Que no podamos disfrutar de él no quiere decir que no exista. Vivito y coleando, más al sur de nuestro sur, el cine africano presenta unas características inhabituales dentro del circuito cinematográfico. Desconocido del gran público occidental, el fenómeno Nollywood, la producción de Nigeria, se sitúa en el segundo puesto, tras Bollywood, a nivel mundial, según datos de la UNESCO en 2009. Unas 2.000 películas anuales, con un presupuesto medio de 20.000 dólares, que salen directamente a la venta en vídeo por 3. Momento ideal para rendir un merecido homenaje al excelente FCAT (Festival de Cine Africano de Tarifa) que en nuestro país se ocupa de traernos cada año, lo mejor de esta cinematografía tan desconocida.

Frente a Nollywood el resto de los países africanos se defiende como puede, pero cuando nos llegan algunos de sus trabajos se confirma que la espera ha merecido la pena. En la República democrática del Congo, el último largometraje de ficción databa de 1987, La vie est belle, de Ngangura Dieudonné Mweze junto a Benoît Lamy, sobre las peripecias de un músico. 25 años después nos llega Viva Riva!, una explosión de energía, magnetismo y acción.

Su director, Djo Tunda Wa Munga, tras realizar sus estudios de cine en Europa regresó a su país con la intención de rodar esta historia, en lingala y francés, de un joven que trafica con gasolina, robada en Angola, y que vive a la velocidad de la luz, en la trepidante capital de Kinshasa.

Muchos verán en su director al Tarantino africano por la fuerza de sus imágenes y la imaginación al crear a sus personajes: una comandante lesbiana vestida de monja, un malvado angoleño, unos esbirros de gran corazón… Pero por encima de todos ellos reinan dos actrices: la regente de un prostíbulo, interpretada por una gran dama de teatro, que en cinco minutos se nos clava en la retina y, sin duda alguna, la vampiresa de que se enamora irresistiblemente el protagonista.

Manie Malone (con ese nombre parecía predestinada a convertirse en la femme fatale, por excelencia) despliega una química irresistible. Felina, exuberante, maligna, de corazón frío y cuerpo ardiente, la actriz pasó tres meses en la capital preparando el papel en los talleres que el director había organizado. El resultado es que desde la pantalla clama por ser la próxima chica Bond y fuera de ella resulta ser una mujer tímida, reservada, discreta y amabilísima.

Una película que no niega las referencias pero que logra conservar su propia voz. A base de un montaje con hacha, una imagen de cámara Canon 5 D, como viene siendo habitual en los últimos films guerrilleros, y un sentido magistral de la puesta en escena ha conseguido venderse en 18 países, arrebatar varios premios y, sobre todo, que tras ella ya se hayan rodado 2 películas más en el país.

Varios aspectos sorprenden y hacen imprescindibles la visión de esta película: el tratamiento del sexo, presente por primera vez en el cine africano, y con una ingeniosa escena en la reja de una ventana (Romeo y Julieta se quedarían pasmados ante las posibilidades que ofrece tal impedimento), la música excepcional que se convertirá en un clásico en su género y por su inspiración, asumida y bien aprovechada, de la magistral El perro rabioso (1949) de Akira Kurosawa.

Kinshasa Symphony, Alemania 2010

Cierra los ojos y escucha como las notas del Himno de la Alegría de Beethoven invaden tu cerebro. No estás en una fastuosa sala de conciertos sentado en una butaca de terciopelo rojo sino en pleno descampado sobre una incómoda silla de plástico. No los abras todavía. Las notas de cada instrumento y las voces de su coro poseen una resonancia especial, como si los  miembros de esta singular, y única, orquesta sinfónica africana aportase a cada compás una vida propia.

Ya puedes abrir los ojos pero tampoco verás nada. Acaba de irse la luz, acontecimiento tan habitual que nadie del público se inmuta, y la orquesta sigue tocando. Un violinista se levanta discretamente y sale al exterior del recinto para reparar la avería. Cuando consiga restablecer la luz, volverá a ocupar su asiento y seguirá tocando, como si nada hubiese ocurrido.

Esta es una de las escenas de este alucinante documental que ha barrido con todo los premios de los festivales a lo largo y ancho del mundo. Claus Wischmann y Martin Baer, expertos en grabaciones de conciertos y óperas, al descubrir esta orquesta sinfónica decidieron que debían contar su historia y se lanzaron de cabeza a su primera película documental para el cine.

Lejos de los “divismos” de una orquesta occidental, la sinfónica Kimbanguiste se compone principalmente de aficionados y amantes de la música de todos los orígenes y condiciones. La mayoría de sus 200 componentes tienen uno o dos trabajos que les ayudan a subsistir en Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo, la tercera más poblada de África con sus 10 millones de habitantes y, casi con seguridad, una de las más caóticas del mundo.

Esta orquesta, que ya ha cumplido 15 años, ha sobrevivido a dos golpes de estado y una guerra civil gracias a la energía y al coraje de cada uno de sus componentes. La mayoría de ellos se levantan a las 5 o 6 de la mañana para trabajar y cuando acaban andan varios kilómetros para asistir a los ensayos. Construyen sus propios instrumentos (violines, bajos, trompetas…), crean su propio vestuario y hasta han organizado un servicio de guardería mientras duran los conciertos.

Los directores siguen a estos protagonistas en la cotidianeidad de sus visas diarias y observan su transformación al llegar a los ensayos, y no digamos, a los conciertos frente a centenares de espectadores, que aplauden a rabiar un repertorio de Mozart, Carl Orff o Verdi.

El espectador no consigue salir de su asombro ante este admirable ejercicio de una pasión en común. Apasionante y apasionado documental que bien merecería dos o tres bises.

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