Alois Nebel, República Checa 2011

Este país es el único, en la historia del cine, que se dio a conocer internacionalmente, en primer lugar, gracias a sus magníficas obras de animación. Mucho antes que Milos Forman, Jiri Trnka, por un lado, que mezclaba dibujos animados, marionetas y recortes de papel, desde mediados de los años 40, y Karel Zeman, por otro, que añadía además grabados del siglo XIX o personajes de carne y hueso, ya en los 60, dejaron anonadados a la comunidad cinematográfica internacional ante sus creaciones, llenas de riesgo y hallazgos sorprendentes. Aún hoy en día, El Barón fantástico (1961) o El sueño de una noche de verano (1959), siguen fascinando al espectador.

Por primera vez la nueva generación ha decidido pasar a la animación para adultos y Tomás Lunák, en su ópera prima, ha vuelto a subir muy alto el listón con esta historia, en blanco y negro, que hipnotiza desde el primer fotograma. Un nuevo comienzo, como tanto le gusta al cine, que se inicia con la llegada de un tren.

Pensándolo bien desconozco la razón que me hace disfrutar enormemente de toda película en la que aparezcan ferrocarriles. Haciendo memoria no encuentro ninguna que no me haya gustado.

Alois es un jefe de una perdida estación (inspirado por su abuelo), que lleva toda su vida controlando el paso y la puntualidad de los trenes, cerca de la frontera. Su apellido, que significa bruma en alemán, define bien su personalidad. Perdida entre los dos momentos históricos que han marcado su vida, la expulsión en 1945 de la minoría alemana, y 1989 con la caída del régimen comunista. Si además se añaden dos hilos que recorren el guión, un fugitivo que ronda por la estación y un posible reencuentro con una mujer de su pasado, la película recuerda los grandes clásicos del cine negro, o más bien, en este caso, azabache intenso.

Pero la proeza técnica del film reside en traspasar todo el rodaje, con personajes reales, a la técnica de la animación, mezclar con segundos de ficción, que definen aún más los trazos de los personajes, su presencia y el más ínfimo de sus movimientos y sentimientos. El resultado actual de una técnica de casi un siglo (1915) es tan impresionante que se olvida la animación y la sensación es la de haber visto actores reales.

Basada en la obra de Jaromír Svejdík, autor del comic original, Alois Nebel tiene la intensidad de las noches de fríos presagios, la levedad de los vapores de las chimeneas de los antiguos trenes en una estética de los años 50 (versión pobre y proletaria de Mad Men) y la nostalgia de las notas finales de un vals escuchado a través de una ventana en pleno invierno. Por lo menos…

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Le Chat du Rabbin (El Gato del Rabino), Francia 2009

El cine francés de animación no deja de sorprender al público, arriesgarse en nuevas aventuras y crear universos distintos. La gran tradición de este tipo de cine es ser maltratado por la exhibición, como si se tratase de un subproducto o un género exclusivo para niños. La realidad es mucho más rica que la impuesta por el circuito de explotación. El cine de animación es un género tan respetable como el resto, ya sea la comedia, el thriller o el drama, y un terreno de creación que aporta un sinfín de sorpresas a una público adulto y, en la mayoría de los casos, conocedor y enganchado a estas propuestas. Y como muestra la última obra de Johann Sfar.

En el primer preestreno de Le Chat du Rabbin en presencia del público, tras algún pases de prensa y uno realizado ante todas las comunidades religiosas junto a los representantes de los derechos de Tintín (presente en una de las escenas más divertidas de la película) y, por si fuera poco, la sociedad protectora de animales (la única realmente preocupada por las condiciones de rodaje), Johann Sfar luce su habitual sonrisa, una energía desbordante y la inteligencia a flor de piel, como si cada uno de sus poros fuese un bocadillo con diferentes frases ingeniosas.

Ante la sala abarrotada, conquistada de antemano, el director a cada pregunta responde con mil anécdotas, vivencias, recuerdos y opiniones. La proyección ha sido un exitazo y los espectadores, aún bajo el embrujo de las imágenes del film, le retienen durante casi una hora. El autor del célebre cómic (cinco entregas desde 2002 y casi un millón de ejemplares vendidos) había recibido varias propuestas para adaptarlo a la pantalla. Siete negativas fueron necesarias para convencerle de que él mismo, junto su amigo y productor desde 2010, Antoine Delesvaux, debían llevarlo al cine. Un trabajo que se inició antes de realizar Gainsbourg (Vida de un Héroe) y que, por fin, se estrenará en su país el próximo mes de junio.

Este gato maldito tras comerse al loro de la casa, más por celos que por hambre, comienza a hablar y como lo que dice se aleja bastante de lo políticamente correcto, el rabino intenta alejarlo de su hija para evitar tal nefasta influencia. Pero al gato lo que más le gusta son las caricias de su dueña, como a todos, y solicita formalmente convertirse al judaísmo para poder volver a disfrutarlas. Para ello y en busca del origen de esta religión, un mítico lugar situado en Etiopía y habitado por judíos negros, los protagonistas atraviesan parte del continente africano.

El autor, a través de este singular personaje inspirado de su propio gato, expone una inteligente crítica de todas y cada una de las religiones y constata divertido, según sus propias palabras, que sus comics anticlericales no sólo no han logrado irritar a nadie sino que reciben continuamente todos los premios ecuménicos, habidos y por haber. Rodada previamente con actores reales, para comprobar si el guión y la animación funcionaban en pantalla, y utilizando la técnica de 3D para realzar algún personaje o motivo en cada escena, los directores han conseguido una película con más de 1300 planos llenos de magia, agitación, humor e ironía.

El gato del rabino, próximo al Zadig de Voltaire, defiende el libre pensamiento y la tolerancia frente a las supersticiones y la ignorancia. Falta hacen filosofías así en estos tiempos que nos ha tocado vivir. En 1959 René Pomeau escribía en Europe, “desde hace tiempo hemos observado la analogía existente entre los cuentos de Voltaire y nuestros dibujos animados… en el siglo de Luis XV las marionetas eran los dibujos animados de la época: personajes estilizados con gestos expresivos, burlescos pero amables…” y cincuenta años después, Johann Sfar y su gato han decidido no dejar títere con cabeza, sobre todo, si practica alguna religión.

Quartier lointain (Barrio lejano), Francia 2010

Desde sus orígenes el cine ha bebido constantemente de las fuentes literarias. Uno de los mayores éxitos de Georges Méliès, Viaje a la Luna (1902), su imagen del cohete que se incrusta en el ojo de la luna pasaría a la historia del cine, era una parodia de las obras de Julio Verne y H. G. Wells. Mas tarde, en busca infinita de nuevas ideas, el séptimo arte comenzaría a adaptar historietas de corte costumbrista o humorístico, como  el personaje creado por Chic Young en 1930, y llevado al cine como Blondie (1938), de Frank R. Strayer, o cómic de ciencia-ficción, sobre todo de la compañía Marvel, como la primera adaptación de Flash Gordon (1936), de Frederick Stephani, filón cinematográfico que produce cada año varios superhéroes.

 

En los últimos años el cine se ha fijado en el manga como inspiración (se considera a Kitazawa y su obra Tagosaku to Mokube no Tokyo Kenbutsu de 1902, el autor de la primera historieta japonesa). Akira fue el primero en ser adaptado a la gran pantalla en 1988 que, por cierto, Leonardo DiCaprio tenía la intención de volver a llevarlo al cine, protagonizando la película. Sam Garbarski, que ya nos sorprendió con la historia de esa viuda de 50 años, Irina Palm, decidida a trabajar en un peep show para salvar a su nieto, ha adaptado el manga Harukana machi-e (Barrio lejano) del japonés Jiro Taniguchi que obtuvo, entre otros, el premio a la mejor obra en el Salón del Cómic de Barcelona de 2004.

 

El director, belga nacido en Alemania y de origen polaco, que ya tiene bastante lío con tanta procedencia, decidió situar la historia en los Alpes franceses de los años 60, en lugar de la posguerra en Japón. El guión ha adaptado la historia al lenguaje cinematográfico, olvidando ciertos detalles pero añadiendo los necesarios, para no traicionar ni la estética ni la poesía del manga original.

 

Un autor de comic, padre de familia de 50 años, visita un Salón del Comic para una sesión de dedicatorias, y de regreso a su casa, se confunde tren y aparece en el pueblo de su infancia. Aprovecha la ocasión para visitar la tumba de su madre, se desmaya en el cementerio y se despertará con 40 años menos, días antes de que su padre abandonase a su familia sin ninguna explicación. 

 

El director ha compuesto unas encuadres espectaculares bañados por una luz que parece reflejada directamente sobre el blanco de los Alpes, incluido la música del grupo Air (que ya habían trabajado con Sofia Coppola en Las vírgenes suicidas y Lost in translation) que acompaña con sus notas de electro pop a la perfección la historia e insertado una serie de imágenes en la narración (el vuelo de una mariposa o unas nubes en un radiante cielo azul) que Serge Garbarskierge denomina los “planos Tanigushi”, que recuerdan la estética japonesa del “mâ”, momentos de reflexión y de suspensión en el tiempo en que todo parece detenerse.

 

Pero lo más interesante de la película es la pregunta que se nos plantea desde el principio de la historia. Aunque el protagonista está encerrado en su cuerpo de adolescente, sabe lo que va a ocurrir porque no ha perdido la memoria, y desea cambiar el futuro, pero ¿podríamos cambiar el pasado si volviésemos a vivirlo?

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