Custodia compartida (Jusqu’ la garde), Francia 2017

Desde el momento en que vi este film supe que tenía que ser objeto  de la última reseña del año (antes de las listas de lo mejor de 2017). Una película que se inscribe a la perfección en ese “espíritu del tiempo” tan difícil de atrapar -dado el largo proceso, varios años, en los que se gesta un film- era la expresión perfecta de una de las inquietudes sociales que han protagonizado los últimos doce meses. Liberada por la palabra y la denuncia esperemos que la situación nunca vuelva a ser igual.Custodia compartida es la aterradora descripción de la violencia ejercida contra los otros. Tras una máscara de inocencia en público, se oculta una sistemática destrucción, derribo sin piedad y acoso premeditado psicológico que, por desgracia en muchos casos, también estalla y finaliza en su peor expresión física.Xavier Legrand (su premonitorio apellido parece describir su talento como cineasta) adapta su cortometraje, ya premiado con un César de la academia de cine francesa, para crear su ópera prima en formato largometraje, escribiendo y también dirigiendo, Custodia compartida.Su guión nos sitúa en el centro de una decisión de suma importancia desde la primera secuencia, dispositivo que también utilizaba Raymond Depardon en la sutil e impresionante 12 jours. Estamos en pleno tribunal, frente a una pareja que discute la custodia de su hijo. Declaraciones honestas y buenas intenciones de ambos, la jueza duda (como el espectador), vuelve a cuestionar e intenta percibir un indicio que le permita ver más allá de lo que ambos defienden pero, como Salomón, opta por una decisión intermedia. La custodia será compartida.La lucidez del cineasta se manifiesta en la mezcla de géneros, cada vez más frecuente en el cine de autor actual. Si la película se inicia como una crónica social, género tan apreciado por el cine europeo, la dramaturgia narrativa se va alejado por el oscuro sendero del suspense (de altísimo nivel e intensidad), para acabar en el más puro cine de terror (sembrado de referencias a Hitchcock y Kubrick). Personalmente reconozco que es una de las películas que más me ha angustiado del año.Si la puesta en escena del cineasta se llevó merecidísimamente el León de Oro de Venecia, además de mejor ópera prima del certamen, sería injusto olvidar lo perfecta que está la pareja de actores protagonistas, Léa Drucker y Denis Ménochet. Custodia compartida es un puñetazo fílmico irresistiblemente perfecto.

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Matar a Jesús, Colombia 2017

Meses después de la clausura del festival de San Sebastián, entre muchos momentos memorables, una película sigue presente en la retina, pese al centenar de films vistos desde entonces, la ópera prima de Laura Mora Ortega, Matar a Jesús, sigue deslumbrando por su osadía, riesgo, narración y belleza. Sin lugar a dudas, una de las mejores películas en español de este año.A sus veintidós años, la cineasta Laura Mora presenció el asesinato de su padre, perpetrado por una pareja de motoristas, cuando regresaban juntos a casa de la universidad. Este hecho, que marca toda una existencia, sirve de base para un potentísimo film. Hoy, trece años después, la investigación policial no ha dado resultado alguno.A partir de esta tragedia la cineasta ha creado una historia demoledora. Ante la impasibilidad de los agentes y la ineficacia de las supuestas pesquisas policiales, la protagonista de la historia (excelente actriz, Natasha Jaramillo, muy bien acompañada por Giovanni Rodríguez) no puede avanzar en su duelo. Pero lo inimaginable está aún por llegar. Una noche se cruza con un joven, que reconoce como el asesino de su padre. ¿Qué hacer frente a ello? ¿Intentar entrar en su círculo y tomar la justicia por su mano?Matar a Jesús es, ante todo, un nervioso, excelente y tenso thriller, en que el suspense llega a su paroxismo, pero la gran mirada cinefilia de Laura Mora le aporta muchísimo más. Una deslumbrante radiografía de la ciudad de Medellín, en la que se han recorrido hasta quince barrios distintos y que su sabio ojo ha sabido combinar a la perfección, rodando por ejemplo en un plano un barrio, y en su contra plano, otro diferente. O la utilización del lenguaje de la calle, crudo, vivo e hiriente que transmite la enorme violencia que se respira en la ciudad.Pero además, Matar a Jesús es una película absolutamente imprescindible. En un país que, por miedo o vergüenza (o una mezcla de ambas), no ha decidido enfrentarse y analizar lo que ha ocurrido y está ocurriendo en su historia, como lo han hecho otros países vecinos, se añade un hecho absolutamente inconcebible. En una cinematografía nacional que, en la actualidad, está produciendo unas 40 películas anuales, la mayoría glorifican la figura del sicario -sobre todo, las series y telefilmes-, y se dedican a falsear la figura del sicario, olvidando la pura realidad y su esencia, asesinos a sueldo muy alejados del mítico héroe.La inteligencia y sutileza de Laura Mora Ortega muestra la necesaria realidad y, lo más sorprendente, es que aún con todos los motivos justificados que ha sufrido, que podían generar su total rechazo y odio sin límites al sicario, como cineasta no cae en la simplicidad y en su escritura intenta también comprender lo que le ha llevado a ello. La frase de guión, “me da asco la vida”, aún resuena en mis oídos.Laura Mora Ortega ha sabido dirigir a estos actores no profesionales, durante 8 meses de trabajo, con una mágica brillantez que se siente en el metraje. Ellos desconocían por completo lo que iba a ocurrir en la escena siguiente. Mágico. Nosotros sí sabemos que va a suceder: volveremos a verla, y esperemos que muy pronto, con más premios en la mano, el Premio de la Juventud en el festival de San Sebastián o el Coral Especial del Jurado (Ópera Prima) en el de La Habana, Premio del público en el Festival REC de Tarragona, otros dos en el de El Cairo… son sólo los primeros. Una carrera que no puede empezar mejor.

Cine de Alma Eslava: 14+, Demasiado Cerca (Tesnota) y Krotkaya (A Gentle Woman)

De nuevo otro año de excelente cosecha para los cineastas eslavos. Al arrebatador éxito de Sin amor, del maestro Andrey Zvyagintsev, y En Cuerpo y Alma (de sus vecinos los húngaros), que copan dos de los nueve films preseleccionados a mejor película en lengua extranjera en la carrera a los Oscars, se unen más películas impactantes, lúcidas e inteligentes y muy críticas.Todo ello pese a la férrea mirada de un poder político, que no se anda con medias tintas, a la hora de controlar lo que aparece en la gran pantalla (no olvidemos que el director de cine y teatro, Kirill Serebrennikov, autor de su memorable -y mejor película de 2016 para Cine Invisible- The Student, fue condenado hace meses a un estricto arresto domiciliario).Una célebre directora de un gran festival internacional de cine en Rusia me contaba el significado de un concepto tan específico de su idioma, Tesnota (Demasiado Cerca), que ningún país ha podido traducirlo en una única palabra. Tesnota es la sensación de agobio, de estrechez, de vivir entre cuatro muros, aislado, encerrado, desconectado de los demás. Por ello, la ópera prima de Kantemir Balagov adopta estéticamente un formato inhabitual, el 1:33, que pone al espectador en la situación de encierro que transmite el título de la película.Por otra parte, la acción se sitúa en el norte de la región del Cáucaso (Chechenia, Daguestán, Ingusetia y Kabardia-Balkaria, nombres que recuerdan de inmediato la violencia que convive a diario en esa región), lugar de origen del cineasta de 26 años, que recoge un suceso que le asustó tanto como fascinó en su infancia cuando tenía 7 años: el secuestro de una pareja para pedir un rescate.Demasiado cerca dramatiza esa práctica (no tan pasada de moda). Perteneciente a una modesta familia judía, tras la celebración del compromiso de su hermano con su novia, la protagonista del film, la inmensa Darya Zhovner (en su primer papel), sale con su novio, perteneciente a la comunidad kabarda. A la mañana siguiente la noticia se confirma han secuestrado a su hermano y a su futura esposa, un hecho que cambiará la vida para siempre de cada uno de los miembros de esta familia.Una acción plagada de suspense, unos personajes alucinantes y una carrera contra el tiempo, los reproches, las acusaciones y las culpabilidades que no deja títere con cabeza. El debut más prometedor del año en una de las películas más intensas.Krotkaya (A Gentle Woman), de Sergei Loznitsa, otro maestro del cine actual que realiza documentales como ficciones e historias como expedientes científicos, se supera aún con A Gentle Woman, muy libremente inspirada del relato de 1876, La sumisa, de Dostoievski. La leve línea argumental de una mujer que, al serle devuelto el paquete que había enviado a su marido en prisión, decide llevárselo ella misma, se convierte en la radiografía más radical, crítica, lúcida y terrorífica de ese espacio físico y mental, llamado Rusia, en los que sus habitantes se exponen a diario a ser violados, asesinados o torturados.La primera parte, en un tono evidentemente kafkiano, de tribulaciones y desprecios que debe soportar la protagonista (otra magnífica actriz, Vasilina Makovtseva) para entregar una simple caja de comida a su esposo, se trasforma en la brutal segunda parte, en la pesadilla en la que vive media Europa, un continente dormido que no quiere ver lo que pasa a su alrededor. Pero si el sueño de la razón produce monstruos, el despertar los convierte en reales. Sublime parte final a la que no le sobra ni un solo minuto de los 143 que vas a disfrutar. Ya una obra maestra del cine actual.Para equilibrar tanta intensidad no está de más recordar la bella historia de 14+. Los años del protagonista y el primer amor que nace en un barrio de las afueras de una gran ciudad rusa y en la que los protagonistas, como un Romeo y Julieta actualizados, deben luchar para afianzar su amor contra sus padres y las cuadrillas que les rodean. Actores no profesionales en estado de gracia, un verdadero sentido del ritmo de su director, Andreï Zaytsev, y exquisita banda sonora, elegida por los propios protagonistas de la historia. Nivelón de cine ruso actual.

Call Me Be Your Name, Italia 2017

No conozco una temática más trepidante, intensa y creativa en la historia del cine que las relaciones no heterosexuales (normativa social aceptada mayoritariamente y reproducida al infinito). El séptimo arte nace con la intención de mostrar, desvelar y poner en imágenes todo lo concebible. Sin embargo, las sucesivas construcciones sociales de lo políticamente aceptable (por tanto, con permiso para ser enseñado), envían las relaciones que se salen del marco de lo admitido, a la política del disimulo, del no mostrar o, en su máximo grado (todavía en demasiadas sociedades), a la obligación de ocultar para no cometer un delito.       De hecho en plena escritura sobre ello (adelanto el título: Una -no tan joven- y alocada historia del cine de la diversidad), esta tensión en la última película de Luca Guadagnino, entre el sueño del cine de filmarlo todo y la realidad por un segmento de la humanidad de la obligación, impuesta o sugerida,  de ocultarlo siempre, magistralmente construida, es la esencia misma del éxito de Call me be your name.   La unión de dos visiones diferentes del despertar amoroso ha creado una de las películas más hermosas, poéticas y sublimes del año que, evidentemente, está conquistado premios desde su presentación en Sundance. Iniciando con Melissa P, en 2005 (también adaptación de otra novela de éxito, con María Valverde como protagonista, que ya afirmaba “nadie me puede avergonzar por lo que soy”), una especie de tetralogía, Luca Guadagnino es el gran artesano del deseo expuesto, del estallido pasional y de la exhibición del placer (Yo soy el amor y Cegados por el sol continúan su coherente filmografía).Y por otra parte, James Ivory (que hacía 8 años que no presentaba ninguna película y que, en principio, también iba a dirigirla junto al cineasta italiano) firma el guión, aportando la inevitable contención de un director de casi 90 años (expresión de mecanismos sociales de otra época que, en parte, sobreviven hoy), el silencio expresivo y la difícil retención de la presa sin control de un amor que no se sabe si es  no correspondido. La combinación de estas dos miradas hacen de Call me be your name, una película tan luminosa (Guadagnino) como nostálgica (Ivory).El encuentro en 1983 entre Elio (Timothée Chalamet), adolescente de 17 años que pasa el verano con sus padres en una casa de la Riviera Italiana, y Oliver (Armie Hammer), estudiante americano que se une a ellos (adaptación de la novela homónima de André Aciman), es de esas historias que dan ganas de enamorarse tres veces por día durante los próximos sesenta años.Y si añadimos el talento de Timothée Chalamet (total protagonista de los EE.UU. de 2017 –Nahuel Pérez Biscayart lo sería en Euroopa- y el que mejor ha sabido elegir sus papeles, también en Lady Bird y en Hostiles, que se estrena la próxima semana en su país) el encanto del público no puede ser mayor. No te la puedes perder.

El Sacrificio del Ciervo Sagrado, Reino Unido 2017

Así como Darren Aronofsky recurría a la Biblia en su intensa y polémica Madre!, la última entrega de Yorgos Lanthimos parte de la mitología griega, para crear su última bomba cinematográfica. Un oscuro título, El Sacrificio del Ciervo Sagrado, en relación directa con la historia de Ifigenia: hija del rey Agamenón (que le gustaba alardear de ser el mejor en todo y, sobre todo, en la caza) y la reina Clitemnestra (otra que también vaya historia… porque su madre, Leda, se acostó el mismo día con Zeus, travestido en cisne, y también con su legítimo esposo, Tíndaro). Una familia que, sin lugar a dudas, tiene problemas en el momento en que surge algún animal.Artemisa, que también tenía muy mal carácter, decidió castigar al chulito de Agamenón, por haber matado a un ciervo en una arboleda sagrada (si es que los cazadores griegos iban como locos), inmovilizando sus barcos, que iban a la guerra de Troya, suprimiendo el viento. El iluminado de siempre, Calcas y su oráculo,  dedujo que para que a Artemisa se le pasase el cabreo, la única solución era sacrificar a Ifigenia que la pobre, en este historia, ni pinchaba ni cortaba.El caso es que no se sabe muy bien qué ocurrió. Algunos, como Esquilo, afirman que Ifigenia pasó a mejor mundo,​ pero otros aseguran que Artemisa, para evitar mala conciencia, la sustituyó por un ciervo y se la llevó lejos como sacerdotisa (mejor opción, sin duda,  pero que tampoco parece un planazo). Y es ese aspecto que centra el interés de Lanthimos, el concepto de sacrificio.No solo narrativa sino también estéticamente el director concibe su película como una tragedia, y al situar la cámara a nivel del techo, muy alta en proporción a la mirada humana, nos propone asistir a esta tragedia desde el punto de vista de los dioses: disfrutamos de las dudas de estos humanos frente a lo irracional, valoramos sus decisiones o nos sorprendemos de sus costumbres más privadas. Incluso esa intervención de corazón, desgarrado, abierto y expuesto, anticipa la decisión, que rompería el corazón a cualquiera, que deberá tomar el protagonista de la película.Lanthimos instaura desde el inicio un ansioso ambiente, con las entrevistas secretas del cirujano protagonista (Colin Farrell que vuelve de nuevo con el cineasta tras The Lobster) y un adolescente (Barry Keoghan, lo mejor de la película, que ya estaba estupendo en Dunkerque). Poco a poco el espectador descubrirá la familia del cirujano, sus hijos y su perfecta esposa (Nicole Kidman, que parece volver a saber elegir los proyectos que le encajan a la perfección)  y el hecho que le había unido en el pasado con ese misterioso joven que, poco a poco, va introduciéndose en su familia.Marca de fábrica del genio griego, Lanthimos nos reserva su escena de catarsis: una de las más potentes del año en curso y que perdura en la memoria, meses después. Unas gotas de cinismo sobre la condición burguesa, una equilibrada dosis de irónico humor familiar (ese amor tan anestesiado…) y su magistral dirección hacen de El Sacrificio del Ciervo Sagrado, otra gran película del director, premiada en Cannes y nominada en los Premios de Cine Europeo (el guión es la baza fuerte de la película). Suspense que se desvelará en solo unos días.

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