Twixt, EE.UU. 2011

Coppola es una cita indispensable del actual cine invisible. Un cineasta que ha pasado por todo en una carrera tipo montaña rusa: desde la promesa de ser integrante del nuevo Hollywood de los años 70, hasta realizar una obra maestra a los 29 años con El padrino (1972), sufriendo los mayores reveses del público, disfrutando de los honores de la crítica con otra de sus joyas, Apocalypse Now (1974), abandonando el cine durante 10 años, de 1997 a 2007, para dedicarse a sus viñedos o regresar para concebir proyectos cada vez más personales, alejado de los grandes estudios y libres de cualquier presión estética o comercial.

Casi han transcurrido 50 años desde su primera película, Dementia 13 (1963), número añadido porque ya existía otra con idéntico título, bajo las órdenes del  magistral productor, Roger Corman, mago del bajo presupuesto y la alta inspiración. Esta producción irlandesa, en blanco y negro, ponía en escena una de las obsesiones recurrentes del cineasta: la muerte de una joven, ahogada en un lago, en un escenario gótico inquietante, un antiguo castillo supuestamente embrujado, repleto de malos presagios y una familia angustia por esta pérdida.

Twixt parece una versión actualizada del universo de las pesadillas coppolianas. De hecho el director cuenta haber soñado en Estambul esta historia en 2009: una joven muerta (Elle Fanning), un escritor sin inspiración (Val Kilmer) ayudado por el sheriff, fanático lector de sus novelas de vampiros (excelente Bruce Dern), en una inhóspita ciudad con un hotel encantado y muchos fantasmas (niños asesinados por un reverendo o, el mismísimo Edgar Allan Poe, que le echará una mano al alcohólico novelista).

Coppola escribió su primer guión para Dementia 13, y sin saberlo, también su peor pesadilla, antes de que sucediese en la realidad. En el verano de 1986 su hijo mayor murió ahogado y Twixt recrea en parte hoy, lo que ya anunciaba Dementia 13 en 1963: la obsesión del cineasta por la protección de la familia y su defensa ante todo y todos. De hecho, la saga de El padrino o Tucker, un hombre y un sueño (1988, año en que Coppola añadió Ford a su nombre) no son más que los esfuerzos, sin límites, de paterfamilias por crear un universo mejor para todos sus allegados; Peggy Sue se casó (1986) indaga sobre la posibilidad de recomponer la pareja, o incluso, en la versión final de Apocalypse Now (1979), lo que el director insertó fue el pasaje de intento de preservar, de nuevo, a la familia de una guerra que acabará por destruirlo todo.

Resulta sintomático que su hija, Sofia Coppola, centre todas sus películas justamente en el efecto contrario: la afirmación de la propia personalidad fuera del ámbito familiar; ya sea en Lost in traslation (2003), con Charlotte alejada de su marido y desvelando su verdadero carácter, María Antonieta (2006) intentando defender su poder y opciones personales independientemente de su condición de reina o el actor de Somewhere (2010) recobrando la suya gracias a su hija.

Twixt dividirá, sin duda alguna, al público y a la crítica por su mezcla de géneros, temas y absoluta libertad: gore, vampiros, misterio, cine negro, gótico, la peligrosa juventud del lago que recuerda La ley de la calle o Rebeldes (1983) o hasta sus momentos de comedia. Y este aspecto constituye la mejor aportación y la novedad de la última aventura de Coppola. Un irónico humor, corrosivo, delirante, próximo a los hermanos Coen y muy inteligente.

Sin olvidar sus juegos de combinar blanco y negro y color, unos planos, fijos y perfectos, que parecen volver a los primeros tiempos de la industria, sin movimiento de cámara con únicamente cinco travellings panorámicos, el capricho de incluir dos escenas rodadas con la técnica 3D y un final… curioso. No está mal para el joven Coppola de 73 años. Una película que parece cerrar un ciclo y regrasar al principio para comprender mejor. El público lo asimiló hace tiempo. Haga lo que haga, a pesar de sus manias, obsesiones o defectos y, sobre todo, por sus momentos de genio, Francis Ford Coppola siempre resulta interesante.

Anuncios

Weekend, Reino Unido 2011

Tengo la sensación de haber asistido a algo tan intenso y privado que no distingo claramente entre si se trata de una película o me lo acaba de contar un amigo en una total intimidad. Busco entre los bolsillos la entrada y confirmo que era una obra de ficción. Unas imágenes que parecen haberse grabado en la retina, unos actores que podrían ser los personajes reales y unos diálogos, tan reales, que podía haberlos escuchado en cualquier terraza. Tres características que definen el mejor cine inglés: sinceridad, realismo e intensidad.

El esquema es el mismo desde el inicio de los tiempos: encuentro, separación y ¿reencuentro? de dos personas, salvo dos pequeñas diferencias, que no restan ni intensidad ni emoción a la historia, la pareja está compuesta por dos hombres y el tiempo se reduce a 48 horas de un fin de semana. En una sociedad que nos ha inculcado la idea de unos recursos ilimitados, del tipo que sea, y el derecho a disponer de ellos sin mesura, el futuro de una relación actual se gestiona, cada vez con más frecuencia, en base a la técnica del speed dating (cita cronometrada), en que en 8 minutos o menos se decide tipo, calidad y posibilidad del otro. Finalizado este tiempo, pasamos al siguiente candidato. (Ni el futuro de Blade Runner resultaba tan aséptico, deshumanizado y glacial).

Un encuentro en un discoteca, una relación con fecha de caducidad en una noche sin fin, dos personalidades diferentes y un idéntico deseo. La noche, aunque prometía no finalizar, acaba por caer rendida y, en lugar de un adiós mañanero, se intercambian las primeras confesiones. Peligro, se ha abierto la caja de Pandora, y de ella empiezan a salir más vientos que los esperados. De ahí, hasta la palabra que cierra la película, week end, me ocurre lo mismo que con los fines de semana, no quiere que acaben nunca.

Aquí hay gato encerrado. Con la sublime intimidad de un Ingmar Bergman, la aparente facilidad e intensidad de los diálogos de Wajdi Mouawad y la desinhibición de un Kenneth Anger, me pregunto de dónde ha salido esta joya. Búsqueda inmediata y solución al enigma: Andrew Haigh, su director, firma aquí una segunda película (deberes para hacer: encontrar lo antes posible la primera) y además ha trabajado con Ridley Scott, como montador de dos de su películas (Gladiator y Black Hawk derribado).

Una película tan inteligente como sabia o intensa como tierna, rodada en sólo dos semanas cronológicamente (origen de la tensión que, quizás, esta manera de filmar haya logrado aportarle), en los lugares menos glamurosos de Nottingham, con dos intérpretes excepcionales, Tom Cullen y Chris New, que parece inspirada por una frase de Evelyn Waugh: conocer y amar a otro ser humano es la base de toda sabiduría.

Oslo, 31. August, Noruega 2011

El 31 de agosto representa, para la mayoría de los noruegos, el último día del verano y del buen tiempo en las terrazas, antes de iniciar un invierno largo, duro y sin luz, que incita a la nostalgia y a encerrarse en casa hasta que llegue de nuevo el calor. Para el protagonista esta fecha va mucho más allá de un cambio de estación, para él significa el inicio o no de una nueva vida, de un comienzo diferente y de su última oportunidad.

Joachim Trier, con su primera película, Reprise (2006), recibió casi un centenar de propuestas y guiones para continuar su carrera de director, tanto en Europa como en los EE.UU. Tras este Oslo, 31 de agosto, su buzón se va verá desbordado por nuevas ofertas, más numerosas todavía, dada la calidad y belleza del film. En todo caso por el momento, integra con todos los honores, una de mis 12 películas preferidas del año.

Anders, treintañero heroinómano, saldrá este 31 de agosto por primera vez de su última cura de desintoxicación para ir a una entrevista de trabajo. La ilusión de verse fuera del establecimiento le hace desarrollar una sensibilidad, a flor de piel, ante todo lo que ve y escucha. Las conversaciones vecinas en un bar tienen toda el sabor de un manjar que se degusta por primera vez y absorbe los colores de la ciudad, casi desierta por el vacío veraniego, como si fueran parte integrante de un cuadro mítico. Pero tras estas impresiones le queda lo más complicado: enfrentarse a la realidad de vida fuera de la irreal protección de su hospital, encontrar a sus amigos y familia y comenzar una nueva existencia alejado de las drogas.

Joachim Trier sabe que sólo se puede abordar la modernidad si se ha integrado previamente el clasicismo. Con un argumento anclado en la actualidad, el guión se ha escrito a partir de El fuego fatuo, novela de 1931 de Pierre Drieu La Rochelle, que en 1963 Louis Malle ya llevó a la pantalla y conquistó el premio especial del Jurado de Venecia. Si el protagonista de Drieu La Rochelle era un dandi aristocrático con una fuerte inclinación a la botella, Trier actualiza el argumento y las adicciones, desplegando la gama de sentimientos ante la que el protagonista debe enfrentarse.

Anders Danielsen Lie, perfecto en su papel de ángel caído, necesita volver a encontrar a las personas que integraban su pasado. Su recorrido se inicia con su mejor amigo, colega de noches sin límites ni fin, que encuentra casado con dos hijos. Frente a un café repasan los viejos tiempos, que nunca fueron buenos, y poco a poco llegan al momento actual. Anders percibe en el modo de vida de su amigo una tabla de salvación e intenta comprender su funcionamiento. Las confidencias afloran, entre un desencanto asumido y un deseo inconfesable de nuevas aventuras, Anders deja a su amigo sin saber si está tan perdido como él.

Retrato de una persona que integra toda una visión global, la de una sociedad empujada a considerar que tenemos derecho a todo y de manera inmediata y sumida a un estado de frustración permanente en la que siempre nos faltará algo, Oslo, 31 de agosto, constituye un excelente análisis de nuestra existencia y una exposición lúcida de nuestros deseos insatisfechos.

La entrevista de trabajo, impresionante, la cita con la amiga de su hermana, glacial, y Anders decide partir a la búsqueda de su antiguo grupo de conocidos. En este día de libertad no verá en ningún momento a nadie de su familia ni a su antigua novia, que no responde a sus múltiples mensajes. Todos temen el rencuentro, dubitativos entre ayudarle, de nuevo, por enésima en su intento de dejar la droga y la necesidad de protegerse. Una fiesta, antiguos amigos, la madrugada, una piscina al amanecer y la vuelta a la casa familiar. Vacía, por varios motivos. Una escena sublime cierra la película. ¿Logrará Anders superar sus demonios? ¿Conseguiremos superar los nuestros? Una parte importante de la respuesta se encuentra en esta película, el resto a la puerta de nuestras casas, en plena calle, en el centro de la vida.

Terraferma, Italia 2011

Un mar que podría ser un cielo en un agua de un azul que hace daño a los ojos, sumidos en el silencio que se escucha en el fondo del Mediterráneo, la serenidad del espacio acuático y la sensación de seguridad. Una línea vertical se adivina a lo lejos, se va acercando, se despliega, va tomando formas y abriéndose ante los ojos del público en esta primera escena. El hilo negro divide la pantalla y, en contraste con el radiante azul, sólo puede presagiar una amenaza. La red de pesca parece no tener fin y va envolviéndonos. En su interior nos hemos convertido en su presa y no saldremos indemnes ni de ella ni de esta película.

Emanuele Crialese ha vuelto a la isla de Lampedusa, en la que posó su cámara en Respiro (2003), para rodar esta fábula humanista y sensible a los problemas con lo que se enfrenta la sociedad actual. Un trocito de tierra en la mitad de la nada, tan pequeña que ni aparece en los globos terráqueos. Un paraíso en la que muchos, siguiendo la tradición de sus antepasados, continúan con la única actividad que saben hacer, la pesca.

Pero los tiempos han cambiado y algunos se han adaptado a una nueva fuente de ingresos. El turismo invade la isla dos meses al año y todo lo que flota se utiliza para organizar excursiones y actividades para la masa de afortunados, que pueden pasar unos días en este decorado de ensueño. Sin embargo, el abuelo del protagonista sigue pescando como siempre y se niega a abandonar su profesión.

También hay miles de personas que llegan a la isla por casualidad, sin haber organizado de antemano sus vacaciones, sin maletas ni guías de turismo, una cantidad impresionante de fugitivos que abandonan míseros países en los que reina el hambre, la represión y, en la mayoría de los casos, una dictadura sin límites. Las redes recogen, en algunas ocasiones, algo más que pescado, el agua cristalina de sus playas se vuelve inquietante y pierde su transparencia.

Las instrucciones son claras y la ley obliga a su cumplimiento: frente a cualquier barca de refugiados los marineros deben llamar a la capitanería del puerto y mantenerse alejados de ella. Pero existe una costumbre ancestral que estos lobos de mar sitúan por encima de cualquier nueva ley: la obligación de prestar auxilio a cualquier persona que se encuentre en peligro en alta mar, con indiferencia de su color, su procedencia y sus intenciones. Los viejos tiempos con sus ritos y obligaciones perdidas en la noche de los tiempos tienden a conjugarse difícilmente con nuevas circunstancias.

Emanuele Crialese podía haber escrito un discurso moralista o una narración que nos imponga lecciones de comportamiento. Sin embargo el cineasta ha optado por la sencillez: mostrar unos hechos concretos, unas posiciones diferentes frente a un problema de conciencia y dejar que sea cada espectador el que decida su propio comportamiento. Inteligente propuesta que retuvo, lógicamente, el Premio Especial del Jurado del Festival de Venecia. Al enterarme de que una de las refugiadas interpretaba su propia experiencia, el director de Respiro ha conseguido, con esta maravillosa fábula, dejarme sin aliento.

Prometeo Deportado, Ecuador 2010

La industria ecuatoriana no ha tenido mucha suerte a lo largo de su historia. En 1977 se inició un proceso para intentar aprobar una Ley de Cine que promoviese este sector y hasta 2006 no se logró un acuerdo. Por este motivo, antes de estas necesarias medidas, la producción anual de este país se reducía a solamente cuatro películas. Una verdadera pena vista la creatividad de algunos de sus cineastas. La ley ha mejorado la situación y, al descubrir el trabajo del talentoso Fernando Mieles, debe reconocer que salgo del cine eufórico y encantado con su película.

Esta versión actual de Prometeo es ingeniosa, dotada de un humor irónico, ácido, visionario y con la excelente habilidad para reírse de uno mismo y de las costumbres de su país, aportando un toque de surrealismo que hubiese encantado a Buñuel y Borges hubiese aplaudido a rabiar. Dado que, en este caso, la lengua no supone ningún obstáculo, no entiendo a qué se espera para estrenar este balón de oxígeno cinematográfico.

Quizás, lo más complicado de una película coral sea dotar con suficiente personalidad y profundidad a cada uno de sus personajes. Fernando Mieles ha conseguido con su guión que ninguno de sus personajes se convierta en mera decoración y lo tenía difícil viendo la variedad: un mago, una modelo, un escritor, una peluquera, un empresario, un campeón de natación…

Un grupo de turistas ecuatorianos llegan a un aeropuerto internacional y son retenidos en una sala de espera por las autoridades. El tiempo pasa y parece que la cosa va para rato. Sin ninguna explicación por parte del personal del aeropuerto, los confinados empiezan a intercambiar confidencias, compartir su pasado u organizar la espera, mientras van llegando más y más ecuatorianos a la misma sala y en su misma situación de retención.

Mieles y su magnífico elenco reproduce en una sala el funcionamiento de su país, sus contradicciones, sus angustias, su irresistible capacidad de adaptación y, a partir de esta metáfora buñueliana, consigue casi retratar la historia entera de su país “que lleva por nombre el de una línea imaginaria, por lo que sus habitantes también son imaginarios y, en consecuencia, no existen” (el guión desborda de hallazgos, reflexiones cáusticas y una sanísima “mala leche”).

Nada de dramones ni de pretensiones estilísticas que aquí no tendrían sentido. Mieles está más próximo de la realidad reflejada por el espejo deformado de Valle-Inclán (en este caso, más bien una cámara de vigilancia de las instalaciones) pintando el absurdo generalizo de estos nuevos Prometeos. Reírse hoy en el cine no tiene precio y esta película lo consigue, a través de su fina mirada, hasta lograr un final sorprendente para una situación sin salida. Qué ganas de ver su próxima película. Otro nombre a retener que me apuesto acabará sorprendiendo a muchos: Fernando Mieles.

A %d blogueros les gusta esto: