Los juegos del hambre (The Hunger Games), EE.UU. 2012

Una vez finalizado el filón de Harry Potter y Crepúsculo consumiendo la poca luz que le quedaba, Hollywood llevaba buscando una nueva serie (nada nuevo bajo el sol, dado que las sagas comenzaron en el cine en 1913 con Fantômas de Louis Feuillade, con 5 películas basadas en las 32 novelas de Pierre Souvestre y Marcel Allain) que parece haber encontrado en la trilogía de Suzanne Collins.

Se acabaron los magos, con los tiempos que corren lo único que sacan del sombrero son contratos temporales (y eso sí que es magia), y los vampiros ocupados en el Banco Central Europeo o dedicados a dirigir “técnicamente” repúblicas, en espera de que los ciudadanos regresen algún día a elegir a sus propios representantes, Hollywood ha decidido volver al realismo y a la crítica social.

El hambre no debería ser una Batalla Real

Mañana viernes, 23 de marzo, se estrena en EE.UU. Los Juegos del hambre (título digno de John Steinbeck) y espero que no se presente sólo como la lucha sin cuartel entre 24 jóvenes. Este argumento recordaría la intensa Batalla Real (2000) que, en realidad, trataba de la incomprensión de la sociedad japonesa frente a una juventud, alejada del respeto de las tradiciones, de sus mayores y las costumbres ancestrales, y que había caído en la violencia.

Esta película va más allá porque trata la angustia creada por los ataques del 11 de septiembre (magnífica escena de la explosión en la mina que acaba en la chimenea o la inversión de la caída de las Torres Gemelas) y el futuro incierto de una sociedad dividida entre los muy ricos (este año el número de multimillonarios en el mundo ha sobrepasado el del año 2008) y los muy pobres, en una sociedad del espectáculo que ha robado la posibilidad de un futuro a toda una generación.

“Hasta una fecha reciente, América no tenía ninguna conciencia social, ningún sentido de la responsabilidad… porque cada uno tenía una oportunidad, su opportunity. La América que yo descubro hoy  es un país muy diferente y profundamente cambiado. La crisis actual dura y alcanza tal nivel que ha sacado a la luz numerosos problemas económicos y sociales de los que no se tenía conciencia antes. Las quiebras de los bancos, las huelgas, el paro… son de una violencia tan brutal que hasta el más natural y crédulo de los optimistas no puede resistir” escribía la extraordinaria Annemarie Schwarzenbach en un artículo de 1937.

La inspiración viene de la tele

Una noche Suzanne Collins, la autora de la trilogía, estaba haciendo zapping tumbada en el sofá de su salón cuando de repente se dio cuenta de la aberración que acaba de ver. Había pasado del programa tipo Gran Hermano (según tengo entendido, España es el único país del mundo que sigue organizando ediciones de este tipo de programas) al telediario, con la guerra del momento, y supo que tenía el argumento de su novela.

En un futuro, no muy lejano, América organiza un juego mortal que todos están obligados a ver. El país tiene 12 distritos que se dedican a producir los bienes necesarios, en algunos existen escuelas privadas pero la mayoría vive en la más absoluta miseria. Se eligen dos jóvenes entre 12 y 18 años para que se maten entre ellos hasta que sólo quede uno y, por supuesto, se graba todo y se emite 24 horas al día para distraer y controlar a la población, versión circo romano del futuro. Por supuesto, en el centro del país se alza el magnífico Capitolio, donde viven y disfrutan del sudor y del esfuerzo del resto de la nación los privilegiados. Si éste es el típico argumento de un blockbuster americano, a partir del 23 de marzo, Cine Invisible se convertirá en Cine Bien Visible.

Aunque yo tenga una edad para mí la literatura no la tiene. Una novela, destinada en principio a un público adolescente, puede ser tan interesante o más que cualquier libro de autor, siempre y cuando tenga las ideas y la agilidad de Suzanne Collins, la inteligencia de Memorias de una vaca de Bernardo Atxaga o la sabiduría de El principito de Antoine de Saint- Exupèry. No confundir lo sencillo con lo simple.

Repasando los clásicos

Gary Ross, en su tercera película tras Pleasantville (1998) y Seabiscuit, más allá de la leyenda (2003), sabe narrar bien con imágenes y, sobre todo, se ve que ha visto mucho cine. El film está plagado de referencias a lo mejor de su historia: la visión futurista de Metrópolis (1927) de Fritz Lang, la estética grandilocuente de Cabiria (1914) de Giovanni Pastrone, el realismo social de Qué verde era mi valle (1941) de John Ford o los excesos dictatoriales de Olimpiada (1938) de Leni Riefenstahl.

Pero lo más asombroso es que ha sabido combinarlo a la perfección con una recreación inversa de las imágenes del siglo XX, que han marcado todas las retinas (ese tren que lleva a la muerte es la horrible versión de lujo de los vagones de Auschwitz), o introduce formas arquitectónicas actuales (el cuerno de la abundancia, lleno de ángulos, y ya antiguo en el futuro en el que se desarrolla la película, próximo al Museo Guggenheim Bilbao de Frank O. Gehry frente a las curvas de la nave del Capitolio, cercana a las suaves formas de las obras de Zaha Hadid).

La apuesta doble o nada de la Lionsgate

La compañía americana, con 15 años de existencia, y que acaba de comprar en enero la Summit, se juega su futuro con esta arriesgada apuesta: un cine visible con un argumento invisible. Compatibilizar el espectáculo a gran escala con una historia digna que no se reduzca a “hola, mi amor, yo soy tu lobo” (los que tengan menos de 120 años no se acordarán de la Orquesta Mondagrón). Y para ello ha puesto toda la carne en el asador: Woody Harrelson, Donald Sutherland, Toby Jones, Lenny Kravitz y, sobre todo, Jennifer Lawrence. Una actriz tan maravillosa que me la creería hasta en el papel de manzana en Blancanieves.

Los indignados expulsados de Wall Street ocupan Hollywood

Katniss, la protagonista de la historia, joven y ya acostumbrado al “más golpes da la vida” tendrá que enfrentarse a un dilema: matar para sobrevivir y cumplir así la promesa de regresar a su casa o intentar cambiar unas reglas que han demostrado que no funcionan desde hace mucho, mucho tiempo (la escena de la niña del distrito 11 me emocionó y espero seguir siendo  durante mucho tiempo sensible ante estas situaciones). Hay un frase excelente en el film: lo único más fuerte que el miedo de una persona es su esperanza. Yo me pregunto qué ocurriría en este mundo si conseguimos unirlas todas.

Millennium: los Hombres que no amaban a las Mujeres (The Girl with the Dragon Tattoo), Estados Unidos 2011

Tres años antes de que la mayor crisis económica de los últimos 70 años de nuestra historia occidental se abalanzase sobre nosotros, vaciando nuestros ligeros bolsillos, hundiendo familias enteras y destruyendo cualquier sueño de un futuro de bienestar en, la que nos habían convencido durante décadas, próspera Europa, un lúcido autor sueco, Stieg Larsson, publicaba la mejor radiografía del futuro desastre y, al mismo tiempo, la mejor novela negra en muchos años.

Contando la historia de una “inadaptada social” según los cánones legislativos (madrina de las hordas de futuros indignados que hartos de la ineficacia, establecida como forma generalizada de funcionamiento, decidieran alzar su voz) y un periodista económico de moral flexible -puede silenciar ciertas atrocidades pero no duda en machacar a ciertos de sus objetivos- (símbolo perfecto de unos medios de comunicación atados, en la mayoría de los casos, por los ingresos publicitarios y los consejos de administración) que intentan dilucidar el pasado de un miembro de una familia rica, venida a menos, en la que la mayoría se odia o, como mínimo, se ignora (metáfora de una Europa dividida por intereses personales pero condenada a mantenerse unida) Larsson no sólo deleitó a millones de lectores sino que también anticipó lo que tres años después, la crisis actual, sufriríamos en nuestras propias carnes.

Casi al mismo tiempo, la productora de David Fincher, Cean Chaffin, corría por los pasillos de la industria del cine buscando al director para proponerle su adaptación al cine. La novela circulaba en circuitos reducidos y la fama llegaría más tarde, por lo que nadie podía imaginarse que una serie televisiva pudiese interesarse por una historia con tantos temas delicados. Pero Cean Chaffin conocía las obsesiones del realizador y la novela se le ajustaba como un anillo. David Fincher le pidió que se la resumiese, y cuando escuchó la trama, pensó que se había vuelto loca.

Impresos millones de ejemplares y rodada la trilogía sueca por Niels Arden Oplev (muy digna por cierto), el director decidió que no dejaría pasar esta oportunidad de regresar a su tema predilecto, la maldad en su versión global: social, económica, familiar, sexual y política.

De cada película de David Fincher se podría escribir un libro (de hecho debería hacerlo para rendirle personalmente justicia por fascinarme durante 20 años, desde 1992 con su particular Alien hasta hoy, sin interrupción) pero es tal la riqueza visual y la perfección de sus trabajos que todo comentario se queda corto. Además de homenajear en esta película a Alejandro Amenábar con unos planos muy similares a los de Tesis (1996). En este caso me limitaré a un detalle de su biografía, 2 minutos del film de los 160 que dura y un reproche.

David Fincher pasó su infancia en California, muy cerca de la bahía de San Francisco. Cuando tenía solamente 4 años el asesino del Zodiaco, que llevó al cine en su magistral Zodiac (2007), empezó a cometer sus crímenes y continuó haciéndolo durante 12 años. En un momento de su sangrienta carrera el psicópata amenazó con establecer a los niños como su próximo objetivo. El pánico ya era generalizado pero esta declaración llevaría a rozar la histeria a muchos de los habitantes del condado. El terror era tan intenso que los autobuses escolares (en uno de ellos se encontraba todos los días el futuro director) eran protegidos por helicópteros que los seguían hasta el colegio. En las películas de Fincher el ruido, o en su forma más reconocible, la música, ocupa un lugar tan importante como los numerosos planos en picado que, lejos de una protección divina, se acercarían más a una amenaza permanente.

Esa maldad que adapta múltiples formas se presenta en esta película de manera inmediata. Tras la recepción de la flor anual del jefe del clan familiar, David Fincher construye los títulos de crédito más alucinantes de la historia del cine. Mejor aún que los de Seven (1995). Unas formas negras mutantes (como la tinta de los tatuajes del protagonista o las fotos de Álvaro Villarrubia) que asfixian a los seres humanos, los transforman en animales o en ángeles caídos, en medio explosiones de carne y deseo, ardientes de rencor y deformados por el odio que se ven manipulados por un sistema de información -el teclado del ordenador- que no permite ni intimidad ni comunicación.

Los lenguajes cinematográficos y los literarios son tan distintos que estimo que una buena adaptación no significa que deba llevarse todo el contenido de una novela a la película. El director recorta muchos pasajes, ignora relaciones importantes entre los personajes o concentra en un persona dos papeles (los que la han visto y leído la novela entenderán a que me refiero).

No pasa nada. Cuestión de estilo o, muchas veces, de presupuesto, puede estar más que justificado mientras que la película no se resienta. Pero el reproche es no incluir la esencia de la novela que el autor quería transmitir. Casi al final de la novela cuando la Bolsa sueca se hunde a raíz de sus revelaciones, el protagonista, en una entrevista, afirma que este hecho no tiene la mínima importancia y lo justifica, más o menos, así: su hundimiento sólo significa que un grupo de grandes especuladores está transfiriendo actualmente sus portafolios bursátiles de las empresas suecas a las alemanas. Son las hienas de las finanzas, los que sistemáticamente destruyen una economía nacional para satisfacer los intereses de sus clientes. Stieg Larsson definió la economía de los últimos años con tanta clarividencia que no se puede añadir nada más.

Immortals, EE.UU. 2011

¿Qué hace una película como esta, producida por Virgin y distribuida por Universal, en un sitio como este? Pues sencillamente porque se lo merece aunque me temo que la crítica la va a masacrar. Una proeza visual semejante a un grandioso espectáculo de circo: acrobacias, vértigos, lanzadores de cuchillos, luces y estrellas. ¿Qué más se puede pedir? Bueno, todo hay que decirlo, un guión con más sustancia.

Su director, Tarsem Singh, es un maestro de la imagen, un visionario del “más difícil todavía”, que en su último trabajo opta por un acercamiento a los primeros péplum como Cabiria (1914) más que al anterior film de sus productores, 300 (2007). Tarsem me había completamente hipnotizado con The fall: el sueño de Alexandria (2006), otra de sus locuras que le llevó 4 años y rodar en 28 países diferentes e Immortals, no decepciona.

Sus primeras imágenes son dignas de una galería de arte, entre los titanes encerrados en un cubo y las sacerdotisas en círculo perfecto, sabemos que vamos la película estará repleta de hallazgos visuales. Su estética entre el exceso de color de la pintura de Caravaggio o de los fotógrafos Pierre y Gilles o Álvaro Villarrubia, un vestuario creado por Eiko Ishioka, ganadora de un Oscar por Drácula de Coppola (que harían las delicias de Locomía y Lady Gaga), la utilización de unas cadenas al más puro estilo del director de teatro Tomaz Pandur, y un uso y abuso del dorado en Grecia (lo que no deja de tener su ironía), el espectador no sabe dónde fijar su mirada.

Da la sensación que el director compensa el escaso contenido del guión con una vena de humor que se agradece. En resumen, la mitología griega al servicio de Hollywood, el rey Hiperión (un impagable Mickey Rourke cuando “ilumina” al guardián del templo) decide vengarse de los dioses y declarar la guerra con ayuda de los titanes. Pero Teseo, interpretado por un Henry Cavill que sufre tanto que parece que le acaban de depilar (posiblemente sea el caso), se opondrá al malvado Hiperión.

Con unos decorados terrestres sublimes, que confirman que desde hace siglos los griegos incumplen impunemente la ley de costas, los cielos tampoco dejan que desear. Mientras en la tierra el caos de la guerra avanza, los dioses disfrutan de la impagable vista que tienen desde un ático divino y, aburridos como ostras, se pasan en día vigilando a los humanos como porteras, dudando entre actuar o no.

Es una verdadera pena que el guión sea tan ligero pero pensándolo bien tampoco se pide mucha profundidad a Maciste. No me lo imaginado, dubitativo como Hamlet, reflexionando si debe o no luchar en la arena (uy, uy, uy ¿qué hago?, me dejo devorar por el león… El pobre es un animal en peligro de extinción. No sé, no sé…). En todo caso, el film estética y visualmente es una verdadera gozada y servirá para abrirnos el apetito ante el próximo trabajo de este talentoso director: una Blancanieves que, visto lo visto, promete.

Crazy, Stupid, Love, EE.UU. 2011

Bienvenidos a la mejor comedia romántica del año, firmada por Glenn Ficarra y John Requa, directores de la única película interesante protagonizada por Jim Carrey en los últimos años, Phillip Morris, te quiero (2009). Ambos tuvieron enormes problemas para financiar y estrenar su primer film en EE.UU. pero se han tomado una revancha digna de tal nombre. La película ha sido un éxito de crítica y público, y si la Academia aparta su recurrente fobia a las comedias, puede convertirse en la sorpresa de las nominaciones a los Oscar 2012.

Una comedia que se aleja del lado escatológico, recurso habitual de los últimos productos destinados más a un público adolescente, para adentrarse en el ámbito adulto de las salas de cine. Un casting alucinante en que Julianne Moore y Steve Carrel, en matrimonio cuarentón con problemas sentimentales, bordan sus papeles rodeados de un conjunto de perfectos secundarios (Emma Stone, Kevin Bacon y Analeigh Tipton -en un primer papel de canguro que por su delicadeza y presencia, promete y mucho…).

Marisa Tomei ha sabido engalanar su rol de profesora con un toque de locura, tan acorde con el personaje, que puede que roce la nominación a mejor actriz secundaria, si no cae literalmente dentro.

Mención aparte merece Ryan Gosling. Alejado por primera vez de sus interpretaciones en el género que más ha frecuentado, el drama indie, muestra su lado “bad boy canalla con encanto” y el público mayoritario, por fin, descubre el nacimiento de un nuevo galán, que se mueve tan a gusto en la comedia como en el drama.

A este chico lo vamos a tener en pantalla todo el tiempo, próximamente en Drive y después en la próxima película de George Clooney. Este, sin duda, será su año como ya avanzamos en otra de sus películas pendiente de estreno, Blue Valentine.

Basada en la típica situación de la crisis de los cuarenta, por una vez desde la óptica de la mujer, este matrimonio atraviesa un momento difícil. Steve encuentra en Ryan un modelo para adaptarse a los nuevos tiempos. Una época basada en el consumo, las relaciones sin contenido y lo más breves posibles encarnada a la perfección por Ryan Gosling. Pero todo cansa…

Partiendo de esta historia tan banal los directores consiguen escenas irresistibles, un ritmo perfecto y tienen el buen gusto de obsequiarnos con un final alejado de los habituales cánones del cine americano. Una excelente comedia romántica, inteligente y muy divertida.

La Deuda (The Debt), EE.UU. 2011

En la mítica De repente, el último verano (1959), Montgomery Clift le inyecta una sustancia a Elizabeth Taylor, que padece amnesia temporal, para ayudarle a recordar qué ocurrió durante las últimas vacaciones. La protagonista le pregunta tiernamente si se trata del suero de la verdad, el doctor le contesta que no existe y la afilada pluma de Gore Vidal, a partir de la obra de teatro de Tennessee Williams, escribe una de las réplicas inmortales de la historia del cine: ¿qué no existe, el suero o la verdad?

Javier Sábada decía que la verdad, si no es entera, se convierte en aliada de lo falso y esta película muestra la dificultad de establecer una verdad única y las consecuencias de un engaño necesario.

Adaptación del cine invisible, Ho-hav (2007) del israelita Assaf Bernstein, la cinematografía americana no ha podido resistir al encanto y el ritmo de esta intriga, bien escrita, y repleta de sorpresas.

El elegido para su remake ha sido John Madden, director de la oscarizada Shakespeare in Love (1998), que ha sabido rodearse de los mejores artistas de su país. En primer lugar, el compositor Thomas Newman, que ha creado una partitura que acompaña a la perfección e intensifica el carácter dramático de esta tortuosa historia, y por otra parte, un elenco de actores inspirados y comprometidos con esta trepidante ficción.

Helen Mirren, impecable como siempre, y Jessica Chastain, menos etérea que en The Tree of Life (2010) y entre la fragilidad justa y la dureza necesaria, Sam Worthington y Ciarán Hinds, Marton Csokas y Tom Wilkinson, interpretan a los protagonistas en su juventud y madurez, respectivamente, sin tener en cuenta, ni falta que hace, su parecido físico.

En 1965 tres agentes del Mossad (Servicio de Inteligencia de Israel) planean el secuestro del “cirujano de Birkenau”, un criminal de guerra nazi localizado en Berlín. El secuestrado intenta escapar pero la agente que le custodia opta por la dispararle antes de permitir su huida.

Treinta años después, un hombre en un asilo de Ucrania revela a los periodistas que él es el verdadero cirujano de Birkenau. En este tiempo las situaciones personales de los protagonistas han cambiado radicalmente pero les sigue uniendo un último e inconfesable secreto.

Un film apasionante del cine visible que conquista por sus interpretaciones, su ritmo musical y narrativo, que ofrece al espectador una historia adulta implicada en la realidad social, y que invita a la discusión, tras la película y en una terraza de verano, sobre lo que cada uno hubiese hecho en su lugar. ¿Qué más se puede pedir? ¿La verdad, además? Eso ya sería demasiado.

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