Prometeo Deportado, Ecuador 2010

La industria ecuatoriana no ha tenido mucha suerte a lo largo de su historia. En 1977 se inició un proceso para intentar aprobar una Ley de Cine que promoviese este sector y hasta 2006 no se logró un acuerdo. Por este motivo, antes de estas necesarias medidas, la producción anual de este país se reducía a solamente cuatro películas. Una verdadera pena vista la creatividad de algunos de sus cineastas. La ley ha mejorado la situación y, al descubrir el trabajo del talentoso Fernando Mieles, debe reconocer que salgo del cine eufórico y encantado con su película.

Esta versión actual de Prometeo es ingeniosa, dotada de un humor irónico, ácido, visionario y con la excelente habilidad para reírse de uno mismo y de las costumbres de su país, aportando un toque de surrealismo que hubiese encantado a Buñuel y Borges hubiese aplaudido a rabiar. Dado que, en este caso, la lengua no supone ningún obstáculo, no entiendo a qué se espera para estrenar este balón de oxígeno cinematográfico.

Quizás, lo más complicado de una película coral sea dotar con suficiente personalidad y profundidad a cada uno de sus personajes. Fernando Mieles ha conseguido con su guión que ninguno de sus personajes se convierta en mera decoración y lo tenía difícil viendo la variedad: un mago, una modelo, un escritor, una peluquera, un empresario, un campeón de natación…

Un grupo de turistas ecuatorianos llegan a un aeropuerto internacional y son retenidos en una sala de espera por las autoridades. El tiempo pasa y parece que la cosa va para rato. Sin ninguna explicación por parte del personal del aeropuerto, los confinados empiezan a intercambiar confidencias, compartir su pasado u organizar la espera, mientras van llegando más y más ecuatorianos a la misma sala y en su misma situación de retención.

Mieles y su magnífico elenco reproduce en una sala el funcionamiento de su país, sus contradicciones, sus angustias, su irresistible capacidad de adaptación y, a partir de esta metáfora buñueliana, consigue casi retratar la historia entera de su país “que lleva por nombre el de una línea imaginaria, por lo que sus habitantes también son imaginarios y, en consecuencia, no existen” (el guión desborda de hallazgos, reflexiones cáusticas y una sanísima “mala leche”).

Nada de dramones ni de pretensiones estilísticas que aquí no tendrían sentido. Mieles está más próximo de la realidad reflejada por el espejo deformado de Valle-Inclán (en este caso, más bien una cámara de vigilancia de las instalaciones) pintando el absurdo generalizo de estos nuevos Prometeos. Reírse hoy en el cine no tiene precio y esta película lo consigue, a través de su fina mirada, hasta lograr un final sorprendente para una situación sin salida. Qué ganas de ver su próxima película. Otro nombre a retener que me apuesto acabará sorprendiendo a muchos: Fernando Mieles.

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Bonsái, Chile 2011

“Al final de la película, Emilia muere y Julio se queda solo”. Antes de provocar la sublevación de los lectores y el asesinato de este pobre transmisor de imágenes, justifico este inicio de artículo basándome en la misma audacia que utiliza el director de esta segunda película, Cristian Jiménez. Son las primeras palabras que escuchamos de esta historia, voz en off, creando un intenso sentimiento asesino en el espectador (es para matarlo, ¿cómo me puede destripar así la peli?, de verdad, lo mato…).

Y sin embargo, estos tres primeros segundos son tan sorprendentes, justos  y equilibrados como el resto de la película. Para alguien como Julio, el protagonista que ha hecho de la mentira una forma de vida, queda la esperanza de que también la afirmación inicial se trate de otra mentira más. Al fin y al cabo y posiblemente por un sentido de contradicción, el público detesta el final feliz cuando es previsible y lo adora cuando surge de manera inesperada pero bien justificada.

No se trata de un proceso patológico o perverso sino de una metodología que pretende una defensa personal. Julio, encarnado por el actor Daniel Noguera que se pega a su personalidad como si fuera su vida en ello, miente para poder despertar interés en las personas que le rodean y, así, vencer su natural timidez e inexistente autoestima. En realidad sus piadosas mentiras comienzan cuando en la facultad el catedrático pregunta quién ha leído a Proust. Un inesperado impulso le hace levantar la mano y comprarse de inmediato los siete tomos de En busca del tiempo perdido para su urgente lectura en la playa: actividad que le dejará marcado (solamente por descubrir de qué manera, la película merece la pena). Pero además esta insignificante mentira le proporciona su primera aventura amorosa.

Ocho años después Julio sigue mintiendo para hacerse más interesante frente a su nueva conquista amorosa, su vecina de enfrente. De nuevo una verdad a medias le impulsa a lanzarse a la escritura y crear una novela que se supone que, en realidad, sólo está transcribiendo. Entre su amor del pasado y su relación actual, interpretadas por dos actrices como la copa de un pino, Natalia Galgani y Gabriela Arancibia, flotarán en el presente de un protagonista que añorándolo vuelve a ver al pasado cruzarse en su camino.

Magistralmente adaptada de la novela corta de Alejandro Zambra, la película tiene el encanto de un trabajo exquisito, bien filmado y mejor interpretado, lleno de poesía, sentido del humor, capacidad de derrisión e ironía y que confirma que una pequeña historia se engrandece en las manos de directores con tanto talento como Cristian Jiménez. Tras este excelente bonsái queremos ver cuanto antes un árbol de tamaño natural.

Muchedumbre 30S, Ecuador 2011

Durante toda la proyección de este brillante documental no paraba de preguntarme cómo es posible que sucedan todavía acontecimientos así en 2010. Las imágenes que iban desfilando ante mis ojos eran tan alucinantes que me resultaba casi imposible imaginar que lo que estaba viendo era real y, por si fuera poco, quedaría grabada en la historia de Ecuador. Pero esta impresión se fue instalando poco a poco, dado que su director comienza esta terrible página de la vida de un país de una manera muy peculiar.

Rodolfo Muñoz, corresponsal de la CNN en Ecuador, posee un irónico sentido del humor, una afirmada defensa de la verdad y un talento narrativo fuera de serie. Este documental comienza con una sutil descripción de su país, en clave de comedia, como uno de los Estados que más rápidamente cambia de Presidente de la República, deporte favorito de la población desde 1996. Incluso ilustra sus afirmaciones con el día en que Ecuador disfrutó de tres Presidente diferentes en tan sólo 24 horas.

Por eso el 30 de septiembre de 2010, cuando se produjo la sublevación de un regimiento de la policía de la capital, Quito, y se cerró el aeropuerto, el director de este documental desplazó tres equipos de su productora para registrar lo que prometía ser un nuevo cambio de presidencia. Y aquí comienza el thriller más apasionante de la historia contemporánea de Ecuador, mucho más impactante que cualquier película de ficción.

El Presidente de la República, Rafael Correa, decide desplazarse personalmente hasta el regimiento para poder responder a las peticiones de los sublevados. Tras entrar en el cuartel, la trampa se cierra tras él y entre una muchedumbre ciega (que recuerda la película de Fritz Lang, Furia, 1936) le impide la salida. Comienzan los disturbios, las bombas lacrimógenas y en un total caos el Presidente encuentra refugio en un hospital cercano al cuartel. Durante todo el día la tensión aumenta progresivamente y la población sale a la calle, los enfrentamientos entre periodistas, ciudadanos y la policía transforman este thriller en un drama con varias víctimas mortales.

En pocas ocasiones el cine ha transmitido esa sensación de vivir plenamente la historia como lo hace el último trabajo de Rodolfo Muñoz, el talento de su narración y la calidad y el valor de las imágenes obtenidas lo convierten en un documental de imprescindible visión.

Un año después Rafael Correa, el Presidente de la República, sigue en su puesto. El director del documental no ha disfrutado de idéntica suerte. La célebre cadena televisiva de EE.UU., CNN, quiso incluir un testimonio en el trabajo de este corresponsal en el que se negaba lo ocurrido durante la sublevación policial. Rodolfo Muñoz se opuso a esta manipulación de la verdad y, evidentemente, dejó de trabajar para la CNN ese mismo día, 30 de septiembre. Una razón de más para ver este terrible y apasionante documental.

Asalto al Cine, México 2010

Iria Gómez Concheiro, en su intensa ópera prima, no olvida los clásicos para retratar la actualidad, en un guiño más filosófico que estético. Un trío de adolescentes vagan, acompañados por su particular Milady, por los arrabales de México Distrito Federal, y su tradicional divisa “Uno para Todos, Todos para Uno” se ha convertido en “Uno contra Todos, Todos contra Uno”, en un territorio bajo un permanente e ineficaz control policial.

La primera imagen destinada a crear el entretenimiento mayoritario del público, durante décadas, fue la del ladrón del primer western de la historia, El gran Robo al Tren (1903), que apuntaba con su pistola directamente al público. Este plano medio se ha repetido al infinito en el cine para asustar al espectador (en las primeras proyecciones muchos espectadores salían corriendo de la sala), hoy, acostumbrados a los telediarios, ni cambiamos de postura en la butaca.

Estos jóvenes han decidido poner en práctica los valores que la sociedad les ha transmitido, el enriquecimiento rápido. Qué mejor idea que atracar un cine. Porque, al fin y al cabo, quién es el valiente que consigue convencerles para que se esfuercen en sus estudios y, tras años de esfuerzo, vegeten largo en el tiempo en el paro frente a la estafa masiva realizada por una minoría y que nos ha llevado al caos económico, el chantaje de unos policías –miembros del estados y por tanto de la autoridad, que se quedan con su calderilla, por supuesto no tienen ni un billete, o la prohibición de pintar en las paredes cuando otros que han hecho los mismo son multimillonarios, sus obras expuestas en los museos prestigiosos y subastadas a precios desorbitantes en las mejores salas del mundo.

Es imposible justificar un acto ilegal pero la directora, con su plano del adolescente apuntándonos con el revólver, nos envía una imagen de la parte de culpabilidad de la nosotros somos responsables. A estos olvidados, dignos herederos de Buñuel, que infligen la ley para intentar recuperar el amor de su madre u obtener los favores de la persona deseada, son injustificables pero me conmueven porque me siento, en parte, responsable. Sin embargo, reconozco que los adolescentes de Tilva Roš, en su misma situación y, a través de sus actos violentos, autodestructivos y su comportamiento nihilista, sólo consiguen ponerme de los nervios.

La directora soluciona el dilema con un brillante desenlace. Estos tres mosqueteros mexicanos, imbuidos de una cultura en la que la virilidad tiene una presencia preponderante, reciben una ducha de agua fría que les deja bien calmados. Tanto sus objetos de deseo como su representación de la virilidad, en el caso de uno de ellos la pistola, desaparecerán de sus vidas sin dejar rastro alguno.

En las bobinas del famoso plano del ladrón del tren en 1903 aparecía una nota que dejaba al proyeccionista la posibilidad de incluirlo al principio o al final de la película. Iria Gómez Concheiro es más inteligente, la sitúa en la mitad del film porque deja una bala para el final. La directora dedica la película a su abuela, como Denis Villeneuve lo había hecho en Incendies y que según él son “las únicas que pueden romper la cadena del odio”. Bravo, Iria, estoy deseando ver tu próxima película.

Lucía, Chile 2010

La ópera prima del fotógrafo chileno-estadounidense Niles Atallah aparece a primera vista, ante los ojos del espectador, como un trabajo codificado y oscuro en que aparentemente no ocurre nada: filmada casi en exclusiva en largos planos fijos como un retrato costumbrista de los quehaceres de una joven costurera que se ocupa de su padre en su casa familiar. Nada más alejado de la realidad. La mirada del director sobre su excelente protagonista, Gabriela Aguilera, desborda de significados e invita al público a construir su historia, sobre todo, su futuro. En primer lugar la soledad de Lucía en su casa, rodeada de innumerables recuerdos, nos sitúa a la protagonista más anclada en el pasado que en su presente. La dirección artística del film es absolutamente extraordinaria. El espacio está saturado de detalles y cada rincón acumula infinitos detalles, como en los mejores cuadros de la escuela barroca de pintura. Los colores ardientes, los tonos rojizos, marrones o anaranjados, o los recurrentes claroscuros nos hablan de un pasado lleno de sombras y del que es imposible escapar. Cada plano es literalmente un regalo para la vista.

La localización temporal de la película tampoco es inocente. Estamos en el mes de diciembre de 2006, entre el funeral de Pinochet y la navidad, y la historia actual vuelve a traer a la memoria un pasado, que algunos quieren olvidar y otros desean recuperar para poder seguir adelante. El director, sin embargo, no entra en política y se limita a mostrar los hechos como ecos que llegan a los dos protagonistas: el padre de Lucía conserva en su habitación retratos de Salvador Allende pero no se aborda en ningún momento el tema. El silencio se ha instalado en el presente.

Hasta el trabajo de Lucía, o su propio nombre, son significativos. Como costurera debe utilizar telas sin forma alguna, recorta las partes que sobran, transformándolas en algo nuevo alejado de su realidad inicial. Y no es menos curioso que Lucía sea la patrona de los ciegos y abogada de problemas de la vista y la protagonista del film se interese en especial a las gafas de su padre y que éste conserva las antiguas lentes aunque vea peor (¿no se acostumbra a la nueva visión o no quiere ver con claridad el presente?).

Por último el tratamiento sublime de la imagen añade el último toque mágico al conjunto. A las secuencias registradas en video digital de alta definición se oponen las fotografías digitales animadas cuadro a cuadro que parecen impedir a la protagonista avanzar en el espacio. Si Patricio Guzmán en Nostalgia de la Luz miraba hacia el exterior para aceptar el pasado y poder construir un futuro, Niles Atallah lo intenta mirando hacia el interior de estos sensibles personajes. Una delicada y difícil situación que me recuerda un poema:

Lentamente.

Se deslizaba sin forma,

desvestido de toda piedad,

arropado por la noche de la gloria de todas sus batallas vencidas.

Invicto.

Susurraba armonías que preceden al desorden de su complot.

Sereno como el que se sabe,

en la maleza de la arrugada distancia de los seres,

coronado de antemano y

sediento del cáliz del dolor.

Gozando.

Las vistas daban al pasado.

Inmenso espacio, sin vecino alguno, total confort.

Deshizo su equipaje,

una duda aquí,

varias angustias en el salón,

perfumando el ambiente de temores insospechados.

El miedo a la soledad

se había instalado.

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