Atmen (Breathing), Austria 2011

Cualquiera que afirme en público que le encanta el cine austriaco pasará por un insolente pretencioso o, peor todavía, por lector de cine invisible. Nada más alejado de la realidad. Cuando se mira hacia atrás sin ira, y con un inmenso placer, el legado del desaparecido imperio austro-húngaro se descubre la inmensa herencia que, por los avatares de una agitada historia, ha aportado al cine mundial.

Cineastas, vía Alemania en algunos casos o directamente, emigrantes en América como M. Curtiz, A. Korda, C. Mayer, E. Von Stroheim, J. Von Sternberg, F. Lang, E. Ulmer, B. Wilder, O. Preminger, F. Zinnemann o, también compositores, como M. Steiner, construyeron la edad de oro del cine de Hollywood y sus descendientes actuales, Axel Corti, con su trilogía Welcome in Vienna (1981-1986), Ulrich Seidl, o el mago de la culpabilidad, Michael Haneke, primero en televisión y a partir de 1988 en la gran pantalla, siguen aportando hitos a la cinematografía actual (La cinta blanca es una de las obras maestras del siglo XXI). O sea, que al final, a casi todos nos apasiona el cine de estos ilustres austriacos.

El último a añadir a esta impresionante lista es el actor Karl Markovics (Los falsificadores, 2007), exultante en su primera realización con este alucinante “Respirar”. Partiendo de una premisa similar a la del excelente Boy A (2007), cuenta la complicada reinserción de un joven delincuente que ha pasado toda su vida entre hospicios y penitenciarias para menores de edad.

Sólo alguien dotado de un talento sin par puede angustiar tanto al espectador con escenas en principio tan desprovistas de temores, como el simple hecho de quitarse una camiseta, hacerse el nudo de una corbata o tirar un colchón a la basura. Dejé el brazo de la butaca del cine medio deformado de tanto apretarlo.

Para apoyar su revisión de libertad condicional ante el juez, el joven y excelente actor Thomas Schubert tiene que conseguir un trabajo y, más difícil todavía, conservarlo. Tras varios intentos sin éxito alguno, más por provocación que por interés, se presenta a un puesto en unas pompas fúnebres. Nada que ver con la mítica A dos metros bajo  tierra (2001-2005) que comparada con la película es una comedia a lo Benny Hill.

El ambiente de trabajo de este sector de actividad, uno de los pocos que no ha conocido ninguna crisis desde el inicio de la humanidad, está a la altura de los servicios prestados. Las carcajadas no son habituales y sus compas nunca se presentarán a un concurso local de chistes. Uno de ellos encarnado por ese actor, de voz tan singular e impresionante presencia, que es Georg Friedrich.

Esta experiencia extrema en el mundo de los muertos le servirá al protagonista para regresar al territorio de los vivos, por donde hasta el momento se había limitado a transitar. La película, distante, implacable, intensa, con las fijaciones en puntos recurrentes de la cinematografía austriaca como son los anuncios publicitarios, desde por lo menos El 7º continente (1988) de M. Haneke, es sencillamente sublime. Y posiblemente, en contra de la opinión general, me parece que contiene una de las escenas finales más optimistas (eso sí que es una sorpresa) del cine actual con ese majestuoso movimiento ascendente de cámara hacia el cielo. No sigo leyendo… Algunos afortunados podrán disfrutarla durante el Festival de Cine de Autor de Barcelona (qué suerte tienen algunos) a partir del 27 de abril. Consejo: si quieres ver algo de lo mejor del cine actual, no te lo pierdas.

Al final, como se puede observar, a todos nos gusta el cine austriaco. Otro ejemplo, en unas semanas el Festival de Cannes contará con un 10% de este cine en su Sección Oficial: Haneke y Seidl. Puede que haya sorpresa en el palmarés (aunque algunos, y cada día más, ya nos las esperábamos).

Oslo, 31. August, Noruega 2011

El 31 de agosto representa, para la mayoría de los noruegos, el último día del verano y del buen tiempo en las terrazas, antes de iniciar un invierno largo, duro y sin luz, que incita a la nostalgia y a encerrarse en casa hasta que llegue de nuevo el calor. Para el protagonista esta fecha va mucho más allá de un cambio de estación, para él significa el inicio o no de una nueva vida, de un comienzo diferente y de su última oportunidad.

Joachim Trier, con su primera película, Reprise (2006), recibió casi un centenar de propuestas y guiones para continuar su carrera de director, tanto en Europa como en los EE.UU. Tras este Oslo, 31 de agosto, su buzón se va verá desbordado por nuevas ofertas, más numerosas todavía, dada la calidad y belleza del film. En todo caso por el momento, integra con todos los honores, una de mis 12 películas preferidas del año.

Anders, treintañero heroinómano, saldrá este 31 de agosto por primera vez de su última cura de desintoxicación para ir a una entrevista de trabajo. La ilusión de verse fuera del establecimiento le hace desarrollar una sensibilidad, a flor de piel, ante todo lo que ve y escucha. Las conversaciones vecinas en un bar tienen toda el sabor de un manjar que se degusta por primera vez y absorbe los colores de la ciudad, casi desierta por el vacío veraniego, como si fueran parte integrante de un cuadro mítico. Pero tras estas impresiones le queda lo más complicado: enfrentarse a la realidad de vida fuera de la irreal protección de su hospital, encontrar a sus amigos y familia y comenzar una nueva existencia alejado de las drogas.

Joachim Trier sabe que sólo se puede abordar la modernidad si se ha integrado previamente el clasicismo. Con un argumento anclado en la actualidad, el guión se ha escrito a partir de El fuego fatuo, novela de 1931 de Pierre Drieu La Rochelle, que en 1963 Louis Malle ya llevó a la pantalla y conquistó el premio especial del Jurado de Venecia. Si el protagonista de Drieu La Rochelle era un dandi aristocrático con una fuerte inclinación a la botella, Trier actualiza el argumento y las adicciones, desplegando la gama de sentimientos ante la que el protagonista debe enfrentarse.

Anders Danielsen Lie, perfecto en su papel de ángel caído, necesita volver a encontrar a las personas que integraban su pasado. Su recorrido se inicia con su mejor amigo, colega de noches sin límites ni fin, que encuentra casado con dos hijos. Frente a un café repasan los viejos tiempos, que nunca fueron buenos, y poco a poco llegan al momento actual. Anders percibe en el modo de vida de su amigo una tabla de salvación e intenta comprender su funcionamiento. Las confidencias afloran, entre un desencanto asumido y un deseo inconfesable de nuevas aventuras, Anders deja a su amigo sin saber si está tan perdido como él.

Retrato de una persona que integra toda una visión global, la de una sociedad empujada a considerar que tenemos derecho a todo y de manera inmediata y sumida a un estado de frustración permanente en la que siempre nos faltará algo, Oslo, 31 de agosto, constituye un excelente análisis de nuestra existencia y una exposición lúcida de nuestros deseos insatisfechos.

La entrevista de trabajo, impresionante, la cita con la amiga de su hermana, glacial, y Anders decide partir a la búsqueda de su antiguo grupo de conocidos. En este día de libertad no verá en ningún momento a nadie de su familia ni a su antigua novia, que no responde a sus múltiples mensajes. Todos temen el rencuentro, dubitativos entre ayudarle, de nuevo, por enésima en su intento de dejar la droga y la necesidad de protegerse. Una fiesta, antiguos amigos, la madrugada, una piscina al amanecer y la vuelta a la casa familiar. Vacía, por varios motivos. Una escena sublime cierra la película. ¿Logrará Anders superar sus demonios? ¿Conseguiremos superar los nuestros? Una parte importante de la respuesta se encuentra en esta película, el resto a la puerta de nuestras casas, en plena calle, en el centro de la vida.

Terraferma, Italia 2011

Un mar que podría ser un cielo en un agua de un azul que hace daño a los ojos, sumidos en el silencio que se escucha en el fondo del Mediterráneo, la serenidad del espacio acuático y la sensación de seguridad. Una línea vertical se adivina a lo lejos, se va acercando, se despliega, va tomando formas y abriéndose ante los ojos del público en esta primera escena. El hilo negro divide la pantalla y, en contraste con el radiante azul, sólo puede presagiar una amenaza. La red de pesca parece no tener fin y va envolviéndonos. En su interior nos hemos convertido en su presa y no saldremos indemnes ni de ella ni de esta película.

Emanuele Crialese ha vuelto a la isla de Lampedusa, en la que posó su cámara en Respiro (2003), para rodar esta fábula humanista y sensible a los problemas con lo que se enfrenta la sociedad actual. Un trocito de tierra en la mitad de la nada, tan pequeña que ni aparece en los globos terráqueos. Un paraíso en la que muchos, siguiendo la tradición de sus antepasados, continúan con la única actividad que saben hacer, la pesca.

Pero los tiempos han cambiado y algunos se han adaptado a una nueva fuente de ingresos. El turismo invade la isla dos meses al año y todo lo que flota se utiliza para organizar excursiones y actividades para la masa de afortunados, que pueden pasar unos días en este decorado de ensueño. Sin embargo, el abuelo del protagonista sigue pescando como siempre y se niega a abandonar su profesión.

También hay miles de personas que llegan a la isla por casualidad, sin haber organizado de antemano sus vacaciones, sin maletas ni guías de turismo, una cantidad impresionante de fugitivos que abandonan míseros países en los que reina el hambre, la represión y, en la mayoría de los casos, una dictadura sin límites. Las redes recogen, en algunas ocasiones, algo más que pescado, el agua cristalina de sus playas se vuelve inquietante y pierde su transparencia.

Las instrucciones son claras y la ley obliga a su cumplimiento: frente a cualquier barca de refugiados los marineros deben llamar a la capitanería del puerto y mantenerse alejados de ella. Pero existe una costumbre ancestral que estos lobos de mar sitúan por encima de cualquier nueva ley: la obligación de prestar auxilio a cualquier persona que se encuentre en peligro en alta mar, con indiferencia de su color, su procedencia y sus intenciones. Los viejos tiempos con sus ritos y obligaciones perdidas en la noche de los tiempos tienden a conjugarse difícilmente con nuevas circunstancias.

Emanuele Crialese podía haber escrito un discurso moralista o una narración que nos imponga lecciones de comportamiento. Sin embargo el cineasta ha optado por la sencillez: mostrar unos hechos concretos, unas posiciones diferentes frente a un problema de conciencia y dejar que sea cada espectador el que decida su propio comportamiento. Inteligente propuesta que retuvo, lógicamente, el Premio Especial del Jurado del Festival de Venecia. Al enterarme de que una de las refugiadas interpretaba su propia experiencia, el director de Respiro ha conseguido, con esta maravillosa fábula, dejarme sin aliento.

Alps, Grecia 2011

Si desde siempre han existido películas terribles con finales abiertos, Giorgos Lanthimos, unos de los más excitantes directores europeos, ha creado un nuevo género: los finales terribles en películas totalmente abiertas. Si en Canino el impresionante plano final no permitía el mínimo atisbo de esperanza, la versión pop de la canción Palomitas de maíz me ha producido más pesadillas que la lista de las compras de Hannibal Lecter.  Si otro aventajado director europeo, Michael Haneke, parte siempre de que todos los personajes de sus historias son culpables de algo, en el caso de Giorgos Lanthimos los suyos, al menos, en su mayoría son todos víctimas: de la soledad, del miedo o de la presión social y económica.

En las películas de este griego genial todo depende del “si” condicional, el director propone una fina malla y el espectador va rellenando los huecos. Esta construcción común es lo que hace tan atractivas las historias de Lanthimos. El director no cierra ni planos ni motivaciones ni consecuencias, abre las posibilidades, asume la condición absurda de la vida (no sé porque el público se retiene tanto en su películas que son, por momentos, tronchantes) y se arriesga íntegramente en triple salto mortal sin red (en el camino algunos espectadores caerán en un profundo sueño reparador, otros nos elevaremos al séptimo cielo y el resto se preguntará durante tres semanas de qué iba la peli).

Versión cine de aventuras: el equipo A de los sentimientos se prepara para su nueva misión, remplazar la ausencia que dejan los seres queridos, intentando suplantarlos por momentos, a cambio de una retribución, en una Europa que ha perdido el norte y en la que el sur está en bancarrota. Nada frenará el coraje de nuestros cuatro protagonistas pero su ardor llegará a tal extremo, que alguna acabará por traspasar los límites de su prestación.

Versión cine fantástico: el Matrix de la individualidad. En un país en que cada día desaparece una porción de bienestar lo único que queda es el ser humano. ¿Pero cómo actuar cuando también el individuo desaparece? Convertirlo en una mercancía más, subastar sus sentimientos, reflejar la imagen que nos ha dejado, monetizar la ausencia hasta convertirlo en un valor más. Todo tiene un precio y siempre hay alguien dispuesto a pagarlo en este territorio en que la sanidad va cuesta abajo y los individuos intentan defender su personalidad frente a una autoridad que cambia constantemente las reglas (sólo Stanley Kubrick hubiese sido capaz de rodar una escena como la del bolo en el gimnasio).

Versión política: Qué verde era mi Europa… Podemos continuar así durante días porque Giorgos Lanthimos, acompañado de la excelente actriz de Attenberg, Ariane Labed, ha creado un guión extraordinario, premiado en Venecia, y una historia que no dejará indiferente porque dice demasiado y, peor aún, muestra lo que no queremos ver. La mejor será la versión del espectador, la que cada uno construirá al enfrentarse a este espejo, no tan deformado, de nuestra realidad futura que esperemos no se haga presente.

Hasta la vista, Bélgica 2011

El argumento de esta película, a primera vista, parece salir directamente de la mente calenturienta del director más taquillero e inteligente del cine español: el road movie de una pandilla de veinteañeros, un paralítico, un parapléjico y un ciego, a través de media Europa, con destino a un prostíbulo de Punta del Mar, con el fin de perder su virginidad. Sin embargo nada más alejado de la realidad, el film es belga, lo que implica un particular sentido de humor y no sólo es absolutamente maravilloso sino que además es tierno, divertido y respetuoso.

Lógicamente con estas características es imposible pasar desapercibido por los festivales internacionales, y en cada encuentro arrasa con los galardones por su valentía al abordar un tema tan delicado y su excelente resultado. Los jurados de Montreal a Valladolid, donde se llevó la Espiga de Oro de la última edición de la Seminci, no se han equivocado al premiar una comedia tan sabrosa e inesperada.

Geoffrey Enthoven, el director acostumbrado a escoger temas casi invisibles en el cine, de hecho uno de sus anteriores trabajo se centró en un grupo de música de rhythm and blues integrado por unos abueletes enfermos de Alzheimer (la verdad es que valor no le falta al cineasta), posee el don de no caer en la condescendencia y mostrar la verdadera naturaleza de sus personajes, independientemente de sus problemas de salud. Por eso los tres protagonistas son tan cercanos al público, idénticos a cada uno de los espectadores, con sus deseos, sus frustraciones, sus anhelos, con unas inmensas ganas de vivir y el valor de enfrentarse a cualquier adversidad.

Este road movie habla más sobre la amistad y la vida que cualquier otra película que haya visto últimamente. La posibilidad de tener un hombro en quien apoyarse, un oído en el que derramar las angustias más profundas de nuestro corazón y unos ojos ajenos que puedan ver por nosotros más allá de la niebla existencial que, un día u otro, acabará por cegar nuestro camino, se ha mostrado muy pocas veces tan clara y lúcidamente en la gran pantalla.

Pero la otra calidad que hace de esta película un excelente momento, cada vez más rara en el cine, es la sencillez y la humanidad con la que estas imágenes acompañan aquellas ideas. Alejada del dramón, el film se encadena a un conseguido tono de comedia, risas y emociones en cada fotograma, un público que se divierte y que desearía que la película durase media hora más.

Nadie puede disociar “Hasta la vista, baby” de Arnold Schwarzenegger en la segunda parte de Terminator (1991) pero los verdaderos héroes son los protagonistas de este film que podrán, cuando les llegue el momento, despedirse de ésta sin remordimientos y además habrán aprendido por el camino lo realmente importante y que, por muy oculto e inexplicable que parezca, todo tiene un sentido… hasta la vida.

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