La cueva de los sueños olvidados (Cave of Forgotten Dreams), Alemania 2010

Cada nueva obra de Werner Herzog, el más imprevisible de los cineastas, te deja literalmente pegado al asiento. Tras un psicodélico Teniente corrupto en 2009 (posiblemente, una de las mejores películas de este año) el director decide, tras un inmenso y complicadísimo papeleo, trasladarnos al tiempo pasado, al más remoto de nuestra memoria y que hace siglos que hemos olvidado, en un viaje a 30.000 años atrás. Abróchate el cinturón, lo vas a necesitar.

En 1994 (es decir, ayer mismo en la historia de la humanidad), unos espeleólogos descubrieron una cueva en el sur francés, denominada Chauvet, que, dado un derrumbamiento de roca, había estado sellada durante los últimos 20.000 años. Las cifras comienzan a producir un extraño efecto y personalmente me resulta muy difícil concebir un periodo de tiempo equivalente a 200 siglos.

La cueva ocultaba el tesoro más impresionante de la imaginación del hombre. Si las pinturas rupestres descubiertas hasta el momento datan de unos 15.000 años, las de la caverna Chauvet son dos veces más antiguas y sus representaciones se cuentan por centenares, entre sublimes animales, figuras humanas y geométricas, dotadas de una belleza que corta el aliento.

El rodaje de este documental reunía todos los ingredientes de lo que más le gusta a Werner Herzog: dificultad, riesgo y un complicado acceso. Las tomas de imagen, dada la fragilidad del espacio, se reducían a unas horas, tras llegar por un descenso tortuoso, con un equipo reducido y en la total oscuridad.

El cineasta ha sabido penetrar en la esencia de este primer arte y utilizar la técnica del 3D brillantemente. La textura de la piedra, los relieves de la roca sobre los que se pintaban los animales y un sublime juego de luces muestran, por primera vez, la fascinación y la utilidad de estas representaciones.

Si Platón, con su alegoría de la caverna, fue el primero en concebir el cine como fuente de conocimiento, las pinturas rupestres son el primer ejemplo de protocine. Sentados alrededor de un fuego los primeros habitantes de estas cavernas asistían a un verdadero espectáculo. La luz creaba la ilusión del movimiento, necesario para dar vida a estas imágenes, mientras un narrador (como en las primeras proyecciones reales del cinematógrafo) contaba las historias.

El documental también analiza la importancia de las sombras (imprescindibles en el cine) con una comparación maravillosa: un número musical de Fred Astaire (sí, Werner Herzog es así) y termina con una visita a los habitantes actuales de esta región francesa. A pocos kilómetros una central nuclear, para producir su energía necesita enfriar el agua que utiliza y, supuestamente, inofensiva, se mezcla con las corrientes naturales del lugar. Esta elevada temperatura ha servido para instalar un invernadero tropical que acoge unas extrañas creaturas: una especie de cocodrilos albinos que nos miran de una manera inquietante. Sí, este director es así y sus interpretaciones son múltiples. Fascinante, inquietante y mágico: puro Herzog.

Kinshasa Symphony, Alemania 2010

Cierra los ojos y escucha como las notas del Himno de la Alegría de Beethoven invaden tu cerebro. No estás en una fastuosa sala de conciertos sentado en una butaca de terciopelo rojo sino en pleno descampado sobre una incómoda silla de plástico. No los abras todavía. Las notas de cada instrumento y las voces de su coro poseen una resonancia especial, como si los  miembros de esta singular, y única, orquesta sinfónica africana aportase a cada compás una vida propia.

Ya puedes abrir los ojos pero tampoco verás nada. Acaba de irse la luz, acontecimiento tan habitual que nadie del público se inmuta, y la orquesta sigue tocando. Un violinista se levanta discretamente y sale al exterior del recinto para reparar la avería. Cuando consiga restablecer la luz, volverá a ocupar su asiento y seguirá tocando, como si nada hubiese ocurrido.

Esta es una de las escenas de este alucinante documental que ha barrido con todo los premios de los festivales a lo largo y ancho del mundo. Claus Wischmann y Martin Baer, expertos en grabaciones de conciertos y óperas, al descubrir esta orquesta sinfónica decidieron que debían contar su historia y se lanzaron de cabeza a su primera película documental para el cine.

Lejos de los “divismos” de una orquesta occidental, la sinfónica Kimbanguiste se compone principalmente de aficionados y amantes de la música de todos los orígenes y condiciones. La mayoría de sus 200 componentes tienen uno o dos trabajos que les ayudan a subsistir en Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo, la tercera más poblada de África con sus 10 millones de habitantes y, casi con seguridad, una de las más caóticas del mundo.

Esta orquesta, que ya ha cumplido 15 años, ha sobrevivido a dos golpes de estado y una guerra civil gracias a la energía y al coraje de cada uno de sus componentes. La mayoría de ellos se levantan a las 5 o 6 de la mañana para trabajar y cuando acaban andan varios kilómetros para asistir a los ensayos. Construyen sus propios instrumentos (violines, bajos, trompetas…), crean su propio vestuario y hasta han organizado un servicio de guardería mientras duran los conciertos.

Los directores siguen a estos protagonistas en la cotidianeidad de sus visas diarias y observan su transformación al llegar a los ensayos, y no digamos, a los conciertos frente a centenares de espectadores, que aplauden a rabiar un repertorio de Mozart, Carl Orff o Verdi.

El espectador no consigue salir de su asombro ante este admirable ejercicio de una pasión en común. Apasionante y apasionado documental que bien merecería dos o tres bises.

Nénette, Francia 2010

Jamás pensé que un documental sobre un orangután me plantearía tantas cuestiones personales. Además no soporto los zoos, prisiones espectáculos y reality shows de nuestra animalidad, pero el hecho de que el director fuese Nicolas Philibert, autor de una decena de trabajos, entre ellos La voz de su amo (La voix de son maître, 1978), La ciudad Louvre (La ville Louvre, 1990), En el país de los sordos (Le pays des sourds, 1992), Un animal, varios animales (Un animal, des animaux, 1994), Lo de menos (La moindre des choses, 1996) o el aclamado Ser y tener (Être et avoir, 2002) tan interesantes o más que muchísimas películas, me daba una buena pista sobre su interés.

El primer plano del documental retrata el rostro de Nénette como un paisaje deseoso de ser descubierto. La opción de rodaje es la más sencilla: situarse en el punto de observación de los visitantes del zoo y mostrar solamente la familia de orangutanes, escuchando al mismo tiempo las reflexiones que provocan en cada espectador.

Nénette es una orangután muy anciana, 40 años, cuando la media es de 35, que ha tenido tres “maridos”, cuatro hijos y superado una grave enfermedad. Llego de Borneo con 3 años a la  Casa de Fieras del Jardín de Plantas de París, el zoológico más tradicional de la capital francesa, y desde entonces no se ha movido de su jaula.

Lo sorprendente es que frente a ella cada uno proyecta su propia personalidad con sus deseos, obsesiones y miedos. Hay algunos que se preguntan por qué parece tan triste, otros sobre la posibilidad de encontrarle una nueva pareja. Muy pocos hablan muy bajito para no molestarla y la inmensa mayoría ni siquiera se plantea que pueda molestarla con sus voces. Un grueso cristal de seguridad nos separa de ella pero sus costumbres, como el su té y yogur diarios de las 4 y media de la tarde, o sus gestos, cubrirse con una tela, nos recuerdan la proximidad biológica que nos emparenta a ella.

El documental reúne, como mínimo, dos momentos sublimes: el primero cuando un orangután limpia con énfasis el cristal como para observarnos mejor, y el otro, el reflejo en los ojos de Nénette al escuchar los ecos de una manifestación parisina contra el aumento de la instalación de las cámaras de vigilancia situadas en la ciudad. Increíble.

Cuando finaliza el documental, en selección oficial del Festival 4+1 tras su pase por la Berlinale, no puedes evitar recordar lo que has pensado al ver por primera vez a Nénette y te das cuenta que es ella, en realidad, la que nos observa al preguntarnos cómo nos ven los demás y, sobre todo, qué ven en nosotros. En Borneo se dice que los orangutanes saben hablar pero que han preferido el silencio para no trabajar. Yo creo realmente que lo han hecho para no responder a esta pregunta.

Les Contes de la Nuit, Francia 2011

Michel Ocelot es un hombre feliz. Estado inhabitual de los directores de cine de animación, género destinado erróneamente en la mente de la mayoría de los espectadores a un público infantil. Yo diría, inmensamente feliz, con este tipo de cine que encuentra aún más barreras, que las ya habituales y numerosas, en el circuito de la distribución y exhibición. Kirikou, entrañable y tierno personaje, que con su primera entrega conquistó casi 2 millones de espectadores en su país y el corazón del resto del planeta, le ha permitido alcanzar la total libertad en sus proyectos, por muy quijotescos que parezcan.

Por eso Michel Ocelot ha vuelto a sus orígenes. A los tiempos en que era mucho menos feliz, a los comienzos de sus obras cinematográficas de animación de sombras, cuando todo el mundo le miraba con cara de sorpresa y pasó tanto tiempo en el paro, según me confesó.

Y su regreso a los sueños más inimaginables, gracias a la libertad que el éxito de Kirikou le ha proporcionado, ha decidido que será por la puerta grande de un espectáculo inédito en la historia del cine: una película de animación de sombras chinas en 3D.

Antes de entrar en la sala me preguntaba de qué manera una sombra puede tener 3 dimensiones o cómo se podría aplicar este procedimiento a una imagen tan plana como una sombra china. Lo que no me imaginaba es que Michel Ocelot había concebido una obra en que la imaginación del espectador ante el film es tan importante como el trabajo del realizador. Las sombras, magistralmente recortadas, las llena el público con sus imágenes y son los fondos de cada fotograma, barrocos, arabescos, imaginativos y audaces, lo que se proyectan en 3D.

Michel Ocelot es un cuentista redomado. Le apasionan las historias y sabe contarlas como nadie. La película es el Cinema Paradiso de la animación. En un antiguo cine todas las noches un técnico, que ha pasado toda su vida proyectando películas, y dos jóvenes se reúnen en este mágico lugar donde todo es posible.

Estos personajes se inventan aventuras, desde África hasta Asia y de la época medieval hasta la actualidad, se disfrazan y representan seis maravillosos cuentos: El hombre lobo, El pequeño Juan y la Bella Desconocida, El niño Tantán, El elegido de la ciudad de oro, El niño que no mentía nunca y La joven cierva y el hijo del arquitecto. Con escuchar los títulos ya nos evadimos…

Un momento de magia que nos transporta a la época en que soñar no sólo estaba permitido sino que era obligatorio. Presente en la selección oficial del Festival de Berlín 2011, Michel Ocelot ha creado obras extraordinarias (Azur y Asmar, estimo que es una obra maestra en su género) y para los incondicionales de Kirikou, una novedad confesada por su propio autor: su próximo trabajo será la continuación de sus aventuras en un film que, casi seguro, se titulará, Kirikou, los hombres y las mujeres.

Los Dos Caballos de Genghis Khan, Mongolia 2009

Tras las exitosas La historia del camello que llora (2003) y El perro mongol (2005), Byambasuren Davaa vuelve con un documental que se inserta en el alma de este país, nos descubre una parte de su impresionante cultura y sus inmensos paisajes, y traslada al espectador con tanto virtuosismo al centro de sus tradiciones, que salimos del cine con la sensación de haber pasado las vacaciones en este territorio tan lejano y desconocido.

Urna Chahar-Tugchi, cantante nacida en lo más recóndito de la Mongolia interior y una estrella de la canción adulada en China, prometió a su abuela conservar un destrozado violín de cabeza de caballo.

Este instrumento, denominado morin khuur, es el emblema de la cultura nómada de este país y cada familia conserva uno que debe transmitir a la próxima generación. Considerado patrimonio inmaterial de la humanidad por la UNESCO, este instrumento y su práctica se encuentra en vías de desaparición.

El violín de Urna ha atravesado la noche de los tiempos con bastantes dificultades. A la agitada historia de su país sólo ha sobrevivido la parte superior del violín y unos versos de la antigua canción, Los dos caballos de Genghis Kahn, grabados en la madera del astil del instrumento. Urna decide visitar la Mongolia del norte para restaurarlo y encontrar la letra de esta canción. Aventura que no será tan fácil como aparenta.

En este fabuloso viaje seguimos a Urna por un inmenso país de una belleza espectacular. Un territorio alucinante con la densidad geográfica más baja de todo el planeta: 1,73 habitantes por kilómetro cuadrado. O sea, como para perderse…

Y en el camino nos encontraremos con un peculiar autobús, una boda en plena estepa, un exótico chamán y toda una galería de personajes que la directora filma con verdadero amor y mucho sentido del humor.

Un documental tan refinado, sensible, risueño y divertido que da ganas de instalarse en el país (pequeño problema, la temperatura varía entre los -40 grados en invierno y los 40 en verano) y extremadamente útil. Jamás hubiese imaginado que esta película me enseñaría cómo enviar un mensaje telefónico en un lugar donde no hay suficiente cobertura. Otra de las ventajas del cine invisible: aprendes una barbaridad.

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