Snowtown, Australia 2011

Pocos lugares en la tierra excitan tanto la imaginación como las tierras rojas, los paisajes sin límites y la cultura aborigen del continente australiano. Bruce Chatwin, viajero-escritor aquejado de la enfermedad del “horror del domicilio”, como la describía Baudelaire en sus Diarios íntimos, recorrió el país para dejarnos un libro, Los trazos de la canción (The songlines, 1987), que incita al desventurado que ose adentrarse en él, a preparar de inmediato su maleta.

Su periplo por las tierras australes relata, la apasionante y poco comprensible para la mentalidad occidental, descripción de un territorio que se construye, se crea y delimita a base de canciones, transmitidas de generación en generación, que son como nuestros mapas. En su búsqueda de estos “planos cantados” se cruza con los más diversos personajes, la mayoría con graves problemas con la bebida, un violento pasado y un comportamiento imprevisible, mientras el retrato del país se va llenando de sombras. La sensación restante es una poderosa atracción frente a un cierto reparo ante la sangre vertida, los grados alcohólicos consumidos y las oscuras personalidades.

Con el cine australiano ocurre lo mismo que, aunque por desgracia nos llega a cuentagotas, en cada ocasión produce descargas de alta tensión. La acumulación de las excelentes películas de los últimos meses retrasa el momento de hablar de Snowtown, vista en septiembre en el pasado Festival de San Sebastián (lo de siempre, tanto por comentar y tan poco tiempo).

Primer largometraje de Justin Kurzel, la reacción del público y la crítica no se hizo esperar: Premio FIPRESCI en Cannes e intensa polémica en las salas. Personalmente salí del film medio noqueado, me pasó lo mismo con Animal Kingdom y Sleeping Beauty, por lo que si alguien espera una comedia romántica en un marco de belleza incomparable y musiquita de violines, mejor que revise los clásicos de Disney. El cine australiano de hoy pega fuerte, aborda temas delicados y no se corta (como lo hacen los aborígenes australianos, cuando quieren agradecer los favores recibidos, derramando su propia sangre sobre el suelo rojo de su tierra) ante las imágenes que filma.

Snowtown, lugar donde transcurre la historia, me recordó el título de otra majestuosa película, Yo vi al diablo. Perdida en un suburbio de la ciudad de Adelaida la familia del adolescente Jamie, sus hermanos y su madre (el padre ha desaparecido hace mucho tiempo), sobreviven pasando el tiempo como pueden, con sus vecinos (a evitar), disparando a los canguros (en Australia no es necesario pertenecer a la realeza para ir de caza) o bebiéndose hasta el agua de los floreros (decoración que, evidentemente, no se considera necesaria).

Pasados los cinco primeros minutos, muy duros, de este “desperate village” queda todavía lo peor de la historia y lo mejor del film, la llegada del diablo en el personaje de John Bunting. Amable con su madre, encantador con los niños, simpático y comprensivo ante Jamie, se va incrustando en la familia, remplazando la figura paternal desaparecida y conquistando a todos. La sombra de La noche del cazador (1955) del genial Charles Laughton es alargada y su influencia, versión gore por momentos, se deja sentir. Basada en los asesinatos reales de un serial killer de los años 90, la película molesta tanto porque se encarga de mostrar el esquema de manipulación de su protagonista y confirmar que todos los demonios no llevan cuernos y se llaman Luci (y otros diablos del montón). Maléfica e imprescindible. Advertencia: se abstengan los enganchados a Sonrisas y lágrimas (1965).

Oranges and Sunshine, Australia 2010

Si Ken Loach en los últimos 40 años ha sabido aportar al cine social un nuevo respiro, tampoco ha dudado en abandonar la actualidad para refugiarse en el pasado, con antiguas historias que le obsesionaban tanto como las injusticias del presente. Su hijo, Jim, ha combinado las dos facetas del oficio de su padre en su primer largometraje como director.

En 1986 una asistente social de la ciudad británica de Nottingham, Emily Watson en uno de sus mejores interpretaciones, celebra reuniones de huérfanos con el fin de ayudar a superar los traumas de estos adultos que no han conocido a sus familias biológicas. Tras la sesión una mujer la aborda en la calle para solicitar su ayuda. En los años 50, siendo aún una niña, la enviaron a Australia en un barco, junto a otros niños, y toda su vida ha querido descubrir quién era su madre y si vive todavía. La protagonista del film le confirma que es imposible que un huérfano británico sea enviado a otro país. Pero una serie de circunstancias la convencerán que no estaba en lo cierto.

Jim Loach comienza académicamente su primera película. Al principio se encarga de rodar un film correcto y añadir interés a la historia pero en la segunda parte, cuando la asistente social decide ir a Australia para intentar averiguar la verdad, la cámara parece liberarse y el director, mucho más a gusto con el tema y visiblemente emocionado con el retrato de esta odisea moderna, libra una película que acaba por convencer y conmover.

Emily Watson descubre que, desde finales del siglo XIX hasta 1970, los dos gobiernos, el británico y el australiano, habían establecido de mutuo acuerdo una deportación masiva de niños entre los dos países. En algunos casos, demasiados, las madres vivían aún y los servicios sociales, cuando querían recuperar a sus hijos, les informaban que estaban con otras familias británicas y que era mejor para ellos dejar las cosas así. Apoyado por las interpretaciones de excelentes actores como Hugo Weaving o David Wenham, los testimonios de estas historias son impresionantes.

Basado en el libro de la protagonista de esta historia real, Margaret Humphreys, el director acaba su film con algunas de las escasas imágenes de archivo de la época y detalla los datos de esta escalofriante acción. No fueron unas decenas de casos sino 130.000 niños enviados a 15.000 km de su país con el visto bueno de su gobierno. Desde 1986, cuando gracias a la labor de Margaret Humphreys, se descubre la verdad, ambos gobiernos han tardado 23 años en reconocer los hechos. Pero ¿cómo compensar la infancia robada de 130.000 niños? Una película fascinante y un futuro prometedor para Jim Loach. La saga y el buen hacer familiar continua.

Animal Kingdom, Australia 2010

Llega el momento de echar la vista atrás y retomar algunas de las películas que, por una razón u otra, no he podido abordar durante los últimos meses. Y entre éstas no podía faltar la ópera prima de un australiano, David Michôd, que ha conseguido unir crítica y público, en un trabajo que le ha llevado 9 años, y que es, sencilla y llanamente, una de las mejores películas del año 2010.

Presentado unánimemente por la prensa y la crítica como un brillante thriller de asesinos, personalmente creo que va mucho más allá. Animal Kingdom es la adaptación más sutil e inspirada del universo de Shakespeare: traiciones, poder, crímenes, familia, incestos intelectuales y pistolas reales, amor, venganza y frialdad. ¿Quién no ve aquí el compendio de las tragedias del dramaturgo inglés?

La época es lo de menos: los años 80, con sus excesos, sus camisas a cuadros, pantalones de pata de elefante y un ambiente en el aire de “consigue la mayor cantidad de dinero en el menor tiempo posible”. El lugar da igual: Melbourne como un paraíso en el que atracar un banco en su tiempo era una profesión como otra cualquiera. La estructura indiferente a este sueño shakesperiano: la familia que atraca unida, permanece unida.

Un director con un talento increíble para unir escenas, crear ambientes, construir personajes y sorprender al espectador, rodeado de un equipo de actores de ensueño. El protagonista por primera vez en la pantalla, James Frecheville, fue elegido entre 500 aspirantes procedentes de toda Australia, encarna a este adolescente que, tras la muerte de su madre (impresionante primera escena de la película por la crueldad de la actitud del protagonista) se va a vivir con sus primos. Guy Pearce, el inevitable inspector de policía, que podría ser un sustituto de la figura del padre que el protagonista jamás ha llegado a conocer pero que se limita a realizar su trabajo sin reflejar ningún tipo de emoción.

Y, por encima de todos, la alucinante Jacki Weaver. Pocas veces la pantalla ha mostrado una madre de familia tan animal, dispuesta a proteger con uñas y dientes al conjunto de su camada, bestial si alguien trata de rozar siquiera a sus “inocentes” cachorros.

Un peliculón que arrasó en los festivales, Sundance incluido, y que nos impide para siempre volver a quejarnos de nuestra familia. Comparadas con la de Animal Kingdom todas se parecen a la de La casa de la pradera.

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