Terraferma, Italia 2011


Un mar que podría ser un cielo en un agua de un azul que hace daño a los ojos, sumidos en el silencio que se escucha en el fondo del Mediterráneo, la serenidad del espacio acuático y la sensación de seguridad. Una línea vertical se adivina a lo lejos, se va acercando, se despliega, va tomando formas y abriéndose ante los ojos del público en esta primera escena. El hilo negro divide la pantalla y, en contraste con el radiante azul, sólo puede presagiar una amenaza. La red de pesca parece no tener fin y va envolviéndonos. En su interior nos hemos convertido en su presa y no saldremos indemnes ni de ella ni de esta película.

Emanuele Crialese ha vuelto a la isla de Lampedusa, en la que posó su cámara en Respiro (2003), para rodar esta fábula humanista y sensible a los problemas con lo que se enfrenta la sociedad actual. Un trocito de tierra en la mitad de la nada, tan pequeña que ni aparece en los globos terráqueos. Un paraíso en la que muchos, siguiendo la tradición de sus antepasados, continúan con la única actividad que saben hacer, la pesca.

Pero los tiempos han cambiado y algunos se han adaptado a una nueva fuente de ingresos. El turismo invade la isla dos meses al año y todo lo que flota se utiliza para organizar excursiones y actividades para la masa de afortunados, que pueden pasar unos días en este decorado de ensueño. Sin embargo, el abuelo del protagonista sigue pescando como siempre y se niega a abandonar su profesión.

También hay miles de personas que llegan a la isla por casualidad, sin haber organizado de antemano sus vacaciones, sin maletas ni guías de turismo, una cantidad impresionante de fugitivos que abandonan míseros países en los que reina el hambre, la represión y, en la mayoría de los casos, una dictadura sin límites. Las redes recogen, en algunas ocasiones, algo más que pescado, el agua cristalina de sus playas se vuelve inquietante y pierde su transparencia.

Las instrucciones son claras y la ley obliga a su cumplimiento: frente a cualquier barca de refugiados los marineros deben llamar a la capitanería del puerto y mantenerse alejados de ella. Pero existe una costumbre ancestral que estos lobos de mar sitúan por encima de cualquier nueva ley: la obligación de prestar auxilio a cualquier persona que se encuentre en peligro en alta mar, con indiferencia de su color, su procedencia y sus intenciones. Los viejos tiempos con sus ritos y obligaciones perdidas en la noche de los tiempos tienden a conjugarse difícilmente con nuevas circunstancias.

Emanuele Crialese podía haber escrito un discurso moralista o una narración que nos imponga lecciones de comportamiento. Sin embargo el cineasta ha optado por la sencillez: mostrar unos hechos concretos, unas posiciones diferentes frente a un problema de conciencia y dejar que sea cada espectador el que decida su propio comportamiento. Inteligente propuesta que retuvo, lógicamente, el Premio Especial del Jurado del Festival de Venecia. Al enterarme de que una de las refugiadas interpretaba su propia experiencia, el director de Respiro ha conseguido, con esta maravillosa fábula, dejarme sin aliento.

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