Trust, EE.UU. 2010


Huyo de las películas sobre la pedofilia como de la peste. Por lo general, la mayoría tienden a centrarse en los aspectos más morbosos, caen sin red en un melodrama plano y, para rematar, la última parte suelen dedicarla a una caza, en muchas ocasiones, sangrienta y casi siempre previsible. Una cinematografía que reúne todas las condiciones del cine que detesto: un tema  repugnante, un desarrollo que deambula entre la exhibición y el voyerismo y un desenlace confirmado desde la primera escena.

Sin embargo, Trust contaba con un reparto que inspiraba confianza: Viola Davis, que posee una mirada tan expresiva como poco frecuente en la pantalla, Catherine Keener, que consigue estar perfecta en cualquier rol, y Clive Owen, que aunque lleva diez años de un profundo bache de inspiración compensa por los grandes momentos que nos hizo pasar años atrás.

Decidido, entro en el cine, con un cierto reparo. Primeras imágenes: una niña de 14 años, enredada en las redes sociales, encuentra en la nube de las interacciones otro jovencito, igual de perdido que ella, y los mensajes empiezan su camino. Ella se siente comprendida y, sobre todo, escuchada. Sus padres están presentes, la quieren al igual que a sus otros dos hermanos y se ocupan de ella. Pero como en todas las familias, el trabajo ocupa una gran parte del tiempo de sus padres, y con una confianza total en su hija, ellos no pueden imaginar que exista un peligro en una de las actividades principales de los jóvenes de hoy, y también los menos jóvenes: las redes sociales.

La película tiene un tono perfectamente adecuado. Una dirección de actores espléndida y, en unos minutos, la protagonista, Liana Liberato (14 años en el momento del rodaje) me ha dejado literalmente anonadado. Una presencia en la pantalla que recuerda a las grandes estrellas del pasado, una interpretación de Oscar, sin duda alguna (de hecho, mejor actriz en el Festival de Chicago), una sutileza en su actuación física que pone los pelos como escarpias. En suma, una de las actrices con las que abra que contar desde ya. Esta niña se va a comer la gran pantalla. Tiempo al tiempo.

Llega la parte que más temo: el film muestra una sobriedad estética y una retención narrativa que me vuelve a sorprender. Sí, está claro que la niña podía haberlo evitado fácilmente, el guion le facilita mil momentos en los que tenía que haber salido corriendo, pero ¿cómo podemos juzgar la inocencia de una joven, cuando nosotros mismos, con más experiencia y supuestamente adultos, caemos en las trampas del engaño y la mentira en mil ocasiones a lo largo de nuestra vida?

Tercera y última parte: caza al criminal y desenlace. De nuevo, agradable sorpresa. Nada se desarrolla como se suponía, la trama se densifica y ofrece, por fin, a Clive Owen (que como padre de la protagonista está al borde de la locura), una escena memorable que nos recuerda sus mejores momentos del pasado. Títulos finales y, otra vez, la película nos deja inmovilizados frente a las imágenes de un video casero.

Por si fuera poco resulta que el director es David Schwimmer, archiconocido por su papel de Ross en la serie Friends, que firma aquí su segunda película. Cuando me pongo a buscar información sobre la película, encuentro la explicación a este trabajo tan inspirado. El cineasta lleva 10 años apoyando a la Rape Foundation, una asociación de ayuda a las víctimas de violencias sexuales, lo que me confirma que las películas realizadas con las entrañas, con indiferencia de su temática, siempre llegan al espectador. Sinceramente, enhorabuena.

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