L’apollonide (Souvenirs de la maison close), Francia 2011


Querida Señora: Le escribo para pedirle un favor. Soy la menor de mis cinco hermanos y tengo 16 años. Mi familia está atravesando un periodo difícil y, aunque es mi deseo, no puedo aportar nada de dinero, dado que vivimos en un pueblecito sin ninguna actividad, excepto la agrícola, y nosotros no disponemos de tierras. Sé que aquí no tengo ningún futuro y quiero conocer la capital. Si Usted tiene la amabilidad de acogerme en su distinguida casa, puede confiar en que nunca la defraudaré. Lo he comentado con mis padres y estarían totalmente de acuerdo con mi solicitud.

Cartas así, recibían a centenares las “Madames” de la época de la época gloriosa de los lupanares franceses (rondando el millar), entre los dos siglos pasados. Este tipo de negocio sexual, confinando a las prostitutas en una casa, que se presentaba como decente y discreta, se aprobaba por el gobierno mediante unos “certificados de tolerancia” y sólo se cerraron en 1946. Una actividad muy lucrativa para muchos, incluso el Estado que percibía entre el 50 y 60 de los beneficios.

Muchas huérfanas, pobres e inadaptas a las “buenas costumbres” de la época intentaban huir de la estrechez económica para caer en otro tipo de miseria. La única salvación o salida posible era convertirse en el capricho de algún cliente que le “pusiese un pisito” (como en Madame Bovary) o se casase con ella (porcentaje ínfimo que alimentaba algún sueño de las cortas noches de estas mujeres).

Bertrand Bonello insiste en su tema predilecto, el sexo, y comienza fuerte con la primera escena de la película: un servicio muy especial de una de las inquilinas a un cliente. Inicio que, comparado a la segunda parte de Millennium de Stieg Larsson (dedicada al tráfico de drogas y prostitución de Europa con los países del Este), convierte la novela sueca en un lindo cuento de hadas, al mismo tiempo que imprime un desagradable rictus en la boca, imposible de borrar, también en los espectadores (los que la han visto, comprenderán).

Empezando con tanta intensidad el realizador lo tenía difícil para mantener el nivel que prometen los primeros planos del film. Sin embargo, gracias a un equipo extraordinario de actrices, Noémie Lvovsky o Hafsia Herzi, todas estupendas (aunque para mí, una en especial, Céline Sallette, se lleva la palma), una ambientación magistral, un ritmo elaborado y la lúcida división del espacio cinematográfico en tres niveles -salón, “espacio de trabajo” y habitaciones privadas- Bonello nos hace vivir una intensa experiencia ante la belleza de las imágenes y la crueldad de la situación.

La película fue seleccionada en la última edición del Festival de  Cannes y no sería de extrañar que oyésemos hablar de ella en los César (los Goyas franceses) de este año. El director añade unas imágenes finales que invitan al debate y confirman que una película de época puede ser de una ardiente y lamentable actualidad.

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