Hysteria, Reino Unido 2011


Este año se celebra el 60 aniversario de la exclusión en Inglaterra de la histeria, considerada hasta entonces como una enfermedad típicamente “femenina”, de la lista de las psicopatologías humanas. Si bien tuvimos que esperar hasta 1952 para que esta aberrante clasificación desapareciera, el cine no ha perdido de oportunidad de tratar recientemente este tema en dos películas totalmente distintas.

David Cronenberg abrió el fuego con Un método peligroso, con tres actores estupendos (Vincent Cassel en cinco minutos se come la pantalla), una protagonista que estiraba sus rasgos en sus ataques como en un cuadro cubista y una realización tan clásica que, personalmente, me dejo bastante frío por su carácter casi documental y un discurso bastante obscuro. Hysteria, sin embargo, consigue elevar la temperatura de la sala mucho más allá que Cronenberg retratando el invento del vibrador y su particular “método agradable” de utilización. En resumen, me inclino más a favor del método agradable que del peligroso.

Hace falta mucha creatividad para obtener la financiación de esta historia de la Inglaterra victoriana y convencer al excelente elenco, Maggie Gyllenhaal, Felicity Jones, Rupert Everett, Jonathan Pryce y Hugh Dancy, de participar en este film de época. El resultado es una comedia burbujeante e inteligente que se convierte en un verdadero placer, nunca mejor dicho, para el público.

Tanya Wexler, directora americana y de formación psicóloga, era la persona ideal para llevar a buen puerto, con un exquisito gusto y un mínimo de rigor científico, esta arriesgada empresa. En 1880 un joven médico comienza a trabajar en el gabinete de un especialista de terapias contra la histeria. El método consistía en un delicado masaje en el interior del sexo femenino. El éxito es inmediato y, evidentemente, frente al protagonista Hugh Dancy, las colas en la consulta de mujeres necesitadas de un “tratamiento urgente” llegan hasta la calle.

Pero el arduo trabajo manual del joven doctor implica que empieza a tener problemas de agujetas y dolores en sus manos a fuerza de prolongadas y, eso sí, exitosas, sesiones de terapia. El guion, ante esta situación tan cómica, no desaprovecha la ocasión para incluir escenas que desde el primer momento del film dibujan una sonrisa en el rostro de los espectadores.

Gracias a uno de sus amigos, Rupert Everett, en inventor medio chiflado, el médico logrará un aparato que sustituya sus hábiles manos y acabe con sus dolores musculares: había nacido el vibrador y comenzaba a tambalearse la noción de histeria como psicopatología.

Esta película posee el encanto de las historias bien contadas, unos intérpretes que disfrutan en sus papeles y un brillante retrato de una época victoriana repleta de contradicciones. La habilidad de crear una buena comedia está al alcance de muy pocos. El género es más complicado que el drama e implica un sentido del ritmo que hay que mantener desde el principio al fin. Tanya Wexler produce un momento de verdadero placer que se prolonga hasta los títulos de créditos del final, que muestran la evolución del citado aparato. En muy pocas ocasiones he visto que toda una encantada sala, entre risas y comentarios, se quede hasta “el final de las letras”.

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