El Irlandés (The Guard), Irlanda 2011


Son tan pocas las verdaderas comedias actuales, inteligentes, realmente divertidas y con ese toque de mala leche que tanto gusta, que parece que este género haya desaparecido en estos tiempos de crisis económica reales y continuas visiones cinéfilas de catástrofes variadas.

Por eso, una película como El irlandés, irónica hasta la médula, cínica rozando el límite y tan políticamente incorrecta, constituye un inimaginable oasis para los espectadores que, en el último año, hemos gastado todos nuestros reducidos ahorros en pañuelos de papel, sufriendo ante los más diversos dramas humanos y divinos.

El excelente Brendan Gleeson, en un papel que parece hecho a su imponente medida, borda y disfruta, sensación que se transmite desde la primera escena, interpretando a este policía más amante de la cerveza que del orden, para eso es un castizo irlandés de pura cepa, que recibe habitualmente a los ciudadanos en su despacho más habitual, es decir, el pub más próximo a la comisaría, y que disfruta de la tranquilidad nostálgica y, sumamente, aburrida del típico pueblecito, en el que la novedad más reciente ha sido la llegada de la televisión. Atención a este inmenso actor que puede empezar a recibir una lluvia de premios por su inspirada prestación.

En esta primera película de John Michael McDonagh, la paz y tranquilidad del protagonista se verá alterada, muy seriamente, por un oscuro tráfico de drogas que, mala suerte, ha venido a rozar las costas de su dominio de protección. Por primera vez en muchas décadas este guardián de la seguridad tendrá que trabajar, con todo lo que implica como novedad en su vida, en colaboración con el FBI, esto se empieza a complicar, y además con un agente negro (Don Cheadle -nominado al Oscar por Hotel Ruanda– logra estar a la altura de su compañero de reparto), circunstancia que para este representante de la ley implica un hecho singular, dado que su escala cromática se ha estancado en el color pelirrojo.

Con un aire melancólico que subrayan unos paisajes brillantemente fotografiados, contando con el lujo de un director de fotografía como Larry Smith (responsable de Eyes Wide Shut y de dos de las anteriores películas –Inside Job y Bronson– del director a la moda de Drive, Nicolas Winding Refn) no es de extrañar que la calidad estética del film esté al mismo nivel que sus corrosivos diálogos.

Hacía tiempo que no me reía tanto ante una película empapada por los efluvios del inmemorial arte irlandés de dosificar a la perfección el consumo de su cerveza local, sin que la acidez de su puesta en escena y de su guion, disminuya en modo alguno la poesía de sus imágenes o la inteligencia de su conclusión final.

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