Drive, EE.UU. 2011


Acostumbrado a sus papeles en lo mejor del cine periférico actual e imprimiendo su sello de calidez a proyectos honestamente independientes, pocos recuerdan que, incluso este formidable actor, tiene un pasado. Ryan Gosling nació en Canadá en 1980, junto al lago Ontario, pero sus tranquilas aguas no lograron calmaron la hiperactividad, diagnosticada por el médico local, del joven. Su madre, desesperada, decide que el teatro y la música podrían apaciguar a su inquieto vástago.

En 1992 logra acceder al Mickey Mouse Club, show de variedades estadounidense donde han debutado artistas como Christina Aguilera, Justin Timberlake o Britney Spears. Con este inicio su carrera artística no prometía un acceso directo al Oscar. Sobre todo porque en medio de este ambiente preadolescente, Ryan consigue llamar la atención, provocando un sonado escándalo, cuando la prensa descubre que el precoz artista de 12 añitos había mostrado su vasta cultura en materia de posiciones sexuales ante sus compis. Su carrera no mejora durante esos años y en 1997 decide instalarse en Nueva Zelanda e interpretar en una serie al joven Hércules.

Y cuando todo el mundo esperaba de él que siguiese interpretando papeles de adolescentes o jóvenes deportistas repletos de buenos sentimientos, Ryan Gosling acepta el alucinante personaje de El creyente (2001) de Henry Bean: un neo-nazi judio interpretado con tal convicción que su madre salió del cine en mitad de la proyección, avergonzada, de las tendencias fascistas de su hijo.

Estos últimos diez años han conseguido hacer olvidar su pasado en el Mickey Mouse Club. El actor se ha especializado en personajes dramáticos hasta llegar a la nominación al Oscar como mejor actor por Half Nelson (2006) de Ryan Fleck. Desde ahí todo es un camino de rosas. Tiene un  grupo de música Dead Man’s Bones y va a publicar un álbum. Con Crazy, stupid, love (2011) se estrena en la gran comedia y Drive (2010) le confirma como imprescindible en el drama negro.

Esta película es el último trabajo del excelente director danés, Nicolas Winding Refn, tras su alucinante y alucinada trilogía sobre la mafia Pusher (1996-2005), Bronson (2008), su sorprendente retrato del criminal más adulado en el Reino Unido y Valhalla Rising (2009), la flipante odisea de un guerrero tuerto y silencioso, una especie de viaje al corazón de las tinieblas de la época de las cruzadas en Europa del Norte.

El primer encuentro entre éste y el actor fue un desastre. Aunque el director le ignoró durante todo la cena, Ryan Gosling le propuso al salir del restaurante acompañarle a Santa Mónica,  a una hora y media de viaje. Como el director tampoco no soltaba prenda en el coche, el actor decidió que lo mejor era poner un poco de música, REO Speedwagon, de los años 80. Minutos después escucha a Nicolas Winding Refn, llorando como una Magdalena (en definitiva este chico hace llorar a todo el mundo) cantar a pleno pulmón: I can’t fight this feeling any more. En ese momento el director supo que harían el film juntos y que, por fin, había encontrado al actor ideal para interpretar su adaptación de la novela negrísima de James Sallis.

A primera vista la trayectoria de este especialista en películas de acción, de día, y conductor de ladrones, de noche, se transforma, gracias a la magia de Winding Refn en su primer trabajo americano, en una potente reflexión sobre la condición humana. Frente a su fácil y evidente clasificación dentro del cine de acción y coches, reivindico su extremo y penetrante fondo filosófico.

El director divide su film en dos partes. La primera, alejada de su rudeza visual a la que nos tiene acostumbrados, es prácticamente una comedia romántica. Tras una escena inicial de 5 minutos de asalto al banco (que en si misma ya merecía el premio al mejor director en Cannes 2011) nos presenta a este hombre tranquilo, sin pasado, sereno y callado y su  encuentro con su vecina y su hijo, flechazo inmediato y posibilidad de alcanzar, por fin, un futuro.

Una hora después, el director nos lleva al horror de la avaricia sin límites para adentrarse en los engranajes de una mafia animal. Almas sensibles sufrirán lo suyo frente a una última parte que literalmente explota cuerpos y almas salpicando su chamarra inspirada en Scorpio Rising de Kenneth Anger.

Pero en realidad lo que motiva al protagonista es la búsqueda de identidad y cómo conseguir dotar a su cuerpo de una condición humana. No son simples coincidencias que el mejor momento que viva este personaje sea cuando conduce, acompañado de su vecina (Carey Mulligan) y su hijo, por el cauce asfaltado del río seco que atraviesa Los Ángeles y que parece una escena “copiar y pegar” de Terminator 2 (de nuevo, un hombre deshumanizado), o que casi al final de este recorrido sangriento y doloroso se escuche la letra de una canción de College, “a real humain being and a real hero”.

Hace tiempo un genio aportó otra interpretación al célebre monólogo de Hamlet de Shakespeare. La más fiel al sentimiento de este atormentado personaje. “¡Ser, o no ser, es la cuestión! ¿Qué debe más dignamente optar el alma noble entre sufrir de la fortuna impía el porfiador rigor, o rebelarse contra un mar de desdichas, y afrontándolo desaparecer con ellas?” En realidad debería comprenderse de otra manera. “Ser o no. SER ES LA CUESTION”. Aunque parezca que sólo se trata de puntuación distinta, esta nueva forma de entender la frase cambia todo su significado. Ese genio era Orson Welles y este conductor pretende responder a la pregunta, que nos atormenta, desde que el hombre ambiciona ser algo más que un mamífero.

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4 Responses to Drive, EE.UU. 2011

  1. antonio says:

    interesante retrato, explendido comentario y, como siempre, impresionante filosófia para el final de una entrada.
    ¿que es el final de una entrada? jajaja. Saludos.

  2. maria says:

    Un articulo por demas interesante y muy divertido la verdad yo no recuerdo a este actor pero seria interesante ver algunas de sus peliculas para refrescar la memoria o al menos para ver que tan bueno es como actor

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