This is Not a Film (In Film Nist), Irán 2011


Existen películas que cuentan historias verdaderas y también hay historias reales que son de película. La de hoy es una de ellas. Sin duda del género de terror. Prepárate pues, a pasar miedo. Mucho miedo. Érase una vez un pequeño país que condenaba a sus directores a 6 años de prisión y 20 de prohibición de rodar películas o conceder entrevistas. Podían haber sido 30 o 40 años, pero las autoridades del país decidieron que serían 20. Quizás inspirados por el tango y convencidos de que Carlos Gardel tenía toda la razón cuando cantaba que “20 años no es nada…”. Con sus actrices eran mucho más tolerantes, 80 latigazos y algún añito que otro a la sombra no les vendrían mal. Podrían haber sido más, pero si 80 días son suficientes para dar la vuelta al mundo, esta cantidad de golpes también servirá para cambiarles las ideas a estas desvergonzadas que, en vez de estar en su casa, se dedican a hacer películas. ¿Dónde vamos a parar? Parece que no tienen suficiente con estar cubiertas todo el día con el velo, pensaban las autoridades de este país que el mundo occidental “civilizado” apoyó durante años por puro interés económico, haciendo la vista gorda a sus reiteradas colisiones contra los derechos humanos más elementales.

Las autoridades del país muestran un exquisito gusto (como se puede apreciar son amantes del tango y de la literatura de anticipación de Julio Verne) y, al mismo tiempo, un perfil psicológico que podría calificarse de trastorno bipolar o colmo de la hipocresía, al seleccionar una de sus películas, Nader y Simin, una separación, (sin duda de lo mejor de la cosecha anual a nivel internacional y apostaría a que se lleva el galardón) como candidata de su país al Oscar a la mejor película extranjera. Resumen, dado que es para perderse: prohibición de rodar a los directores, latigazos a sus actrices y selección de película al Oscar.

Uno de estos directores se llamaba Jafar Panahi (me tiembla la mano al darme cuenta de que escribo en pasado), ha apelado su sentencia y se pasa el día encerrado en casa en espera de la resolución del recurso. Su abogada (el cine iraní es como una red de araña y entre sus películas se establecen interesantes conexiones, léase Au revoir) le da pocas esperanzas de un veredicto justo, literalmente le comenta que es una decisión política más que jurídica y depende de la situación nacional más que internacional (el cineasta ha recibido un apoyo generalizado a todos los niveles, presidente del jurado de Cannes, su silla estuvo vacía durante todo el certamen dado que se le negó el visado para abandonar el país).

Y de repente a Jafar se le ocurre una idea: le han prohibido rodar pero nada le impide actuar o contar el argumento. Llama a un colega, le comenta su proyecto y su amigo se presenta, media hora más tarde, en su casa con una cámara y preparado para esta no-película (hace unas semanas este director de documentales, Mojtaba Mirtahmasb también ha sido encarcelado).

Jafar desvela los dos últimos guiones que el comité de censura le ha denegado rodar y sobre la alfombra de su salón delimita, con la ayuda de una cinta aislante (genial, el doble sentido) la habitación, el pasillo y las escaleras de la casa de la protagonista de su no-film: una joven a la que sus padres encierran en casa para que no pueda inscribirse en la facultad de Bellas Artes.

Durante la grabación se escuchan ruidos y continuas sirenas que provienen del exterior (sobre importancia de los efectos sonoros y el sonido ambiental en la cinematografía iraní, léase The Hunter) que luego descubriremos de donde provienen y su causa. Como la hija del director no está en casa tiene que ocuparse también de dar de comer a la mascota familiar: una iguana (uno de los animales con más años de antigüedad sobre la tierra, de nuevo la ironía se hace presente al pensar en Darwin, “no son los mejores los que sobreviven sino los que mejor se adaptan a su entorno”). Un animal que también parece actuar: molestándole como si quisiese impedirle rodar esta no-producción o escondiéndose tras los libros de una biblioteca.

Podría pasar horas comentando las sensaciones que transmiten estas imágenes. Hipnóticas, sobrepasando el límite de la sinceridad para adentrarse en una especie de confesión, sugestivas y tiernas porque la dureza de la realidad las hace sinceras. Ahora entiendo porque escribo en pasado. Negar a un cineasta su derecho a filmar es destruir su esencia, derrumbar su dignidad y aniquilar su instinto. Jafar Panahi no existe sin una cámara en la mano. Por eso cuando su amigo se tiene que ir le deja encendida la cámara. Sabiendo que le han prohibido rodar, cuando se acerca para cogerla, se me encogió el corazón y pensé: no, no la toques.

Imposible para Jafar tener una cámara al alcance de la mano y no hacer nada con ella. Un momento mágico de cine. Y las lágrimas en los ojos cuando en los títulos de crédito dedica esta no-película a todos los directores iraníes y da las gracias a … puntos suspensivos (el director sabe que incluir cualquier nombre implicaría una condena).

La leyenda cuenta que este no-film llegó al pasado festival de Cannes en una llave USB escondida en una tarta. Otra ironía más del destino: no podría ser de otra forma porque se trata de un verdadero regalo. Cuando acabó me imaginé un mundo sin imágenes y me resultó imposible. Me levanté, mirando la pantalla pensé en la obra de Buero Vallejo, En la ardiente oscuridad y, a kilómetros de distancia, le dije al director: tienes razón Jahar, no pares, grábalo todo. No nos dejes en la oscuridad.

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