Happy Happy (Sykt lykkelig), Noruega 2011


En un lugar de nuestro planeta existe una comunidad de personas que disfrutan de una eterna felicidad. Todo, ya sea la lluvia o las tempestades de nieve, los dramas familiares o las catástrofes naturales, no les impide una visión optimista del mundo y de sus habitantes. No se trata del argumento de la película, estas personas existen realmente y viven en una pequeña región del sur de Noruega. Sus vecinos los llaman los Happy Christians, con toda la razón del mundo y supongo que con una cierta envidia sana.

La infancia de Anne Sewitsky está unida a esta región puesto que pasaba los veranos rodeados de esta gente tan singularmente feliz. El lugar no puede ser mejor para un primer largometraje y esta directora instala su película en este peculiar paraíso del buen rollo, la eterna sonrisa y el perpetuo abrazo. Una apuesta arriesgada por inhabitual, la comedia es un bien tan escaso en estos tiempos como las sonrisas de Buster Keaton, que ha sorprendido y se ha llevado este año el premio al mejor film en Sundance, mejor guión en Bruselas y la posibilidad de representar a su país en los Oscar. La directora también debe sentirse muy feliz aunque supongo que ya lo era antes, dada la energía positiva que transmite su trabajo.

Kaia, interpretada por una resplandeciente Agnes Kittelsen, está casada con un hombre más gélido que la nieve que le rodea, tienen un hijo que la ignora por completo y vive en medio de la nada sin vecinos a varios kilómetros a la redonda, pero es feliz y mucho. En su cabeza no existe otra posibilidad porque es una happy christian noruega y, además, muy orgullosa de serlo. Cuando consigue alquilar la casa que se sitúa en frente de la suya, su felicidad sobrepasa los límites imaginables. La pareja que le va a ocupar es de la misma generación y su hijo, para colmo del éxtasis, también es de la misma edad que el suyo. ¿Qué más puede pedir?

Kaia, evidentemente, invita a sus vecinos a cenar, a pasar las largas noches del invierno escandinavo divirtiéndose con cualquier juego de sociedad y saludándoles desde su ventana a la mínima ocasión que se presente. La otra pareja alucina, tanto como el espectador, ante el infinito optimismo de esta mujer y en sus ojos se ve un reflejo de condescendía ante esta forma de ser. La amistad se amplía hasta transformarse en otro sentimiento y la felicidad de Kaia que, hasta entonces le había servido como coraza de protección, también muta en un arma de defensa personal.

Sorprendente, imaginativa y muy musical. La película incluye unos intermedios de un cuarteto de cantantes de góspel al estilo de los años 40, formado específicamente para la ocasión, que me llevó a pensar que estaba ante una nueva versión de un film que podría llamarse, Cantando sobre la nieve. Misión cumplida: salí muy feliz del cine.

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