Submarine, Reino Unido 2010


La ópera prima del director Richard Ayoade es una de las películas que más se ha paseado por la selección oficial de los festivales internacionales: Sundance, Toronto, Berlin y Londres. Y con el debido mérito: el film es irónicamente británico, pop hasta la médula (los fundidos, en vez de en negro, son en azul o en rojo), los personajes inusuales, las referencias estilísticas a las técnicas de la nouvelle vague (la omnipresente narración que acompaña a los protagonistas), la fotografía inspirada en los trabajos de Néstor Almendros y la solidez de una buena historia, basada en la novela del mismo título, de Joe Dunthorne.

El protagonista Oliver Tate, interpretado por Craig Roberts, es un adolescente de 15 años hipersensible y extremadamente lúcido que analiza, a la vez que imagina, los comportamientos de su familia, sus compañeros de instituto o las sensaciones de una edad ingrata y en plena transformación. En la mayoría de los casos, los guionistas de este tipo de historias tienden a subrayar ciertos aspectos de la personalidad del personaje principal, ya sea hacia lo positivo o lo negativo de su carácter. En este caso, lo que encandila de Oliver es que puede ser tan ingenuo como iluminado en sus reflexiones y tan amable como despreciable en sus comportamientos.

Su “medio” novia (y, por si fuera poco, primer amor) es un personaje hiperbólico a la altura del protagonista y sus padres, con la genial Sally Hawkins de Made in Dagenham, confirman la sabiduría del refrán “de tal palo, tal astilla”.

El film contiene además un importantísimo ingrediente que capta la simpatía del espectador. La tendencia actual del cien invisible es la crisis, la enfermedad o la pérdida de los seres queridos, o literalmente, el fin del universo, por ello la aparición en pantalla de una comedia es un hecho tan inhabitual que de inmediato acapara la atención.

Confirmando el buen momento de la comedia negra británica, Richard Ayoade consigue una primera obra surrealista, con grandes momentos de humor, personajes delirantes (el gurú new age, antiguo novio de la madre del protagonista, que no aparecía en el novela, es sencillamente demoledor), una estética, a veces, psicodélica que le va de maravilla a la historia principal y una elaborada y excelente banda sonora que transforma ciertas escenas en secuencias de video clip pero también ilumina verdaderos instantes de puro cine de este Harry Potter contra la vida misma (1ª y última parte).

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