Ausente, Argentina 2011


Tras cineastas como Pedro Almodóvar, Todd Haynes, John Cameron Mitchell (director de la exquisita Rabitt Hole) o François Ozon en ediciones anteriores, Marco Berger con su segunda película, después de su sorprendente debut con El Plan B (2008), ha conseguido en la Berlinale 2011 unir su nombre al extraordinario círculo de directores que han obtenido el Teddy Award. Una elaborada sucesión de planos fijos iniciales, más cámara al hombre que al hombro, en una historia que no dejará indiferente a nadie.

Un curso de natación de adolescentes, aproximadamente entre 15 y 17 años, mitad niños mitad hombres, en un colegio argentino. Un alumno siente una pequeña molestia en el ojo y su profesor le lleva al hospital. Nada grave, una irritación pasajera o un exceso de cloro. Sin embargo es preferible llevarle a su casa y, dado que no queda lejos, el maestro se presta a acompañarle.

Mala suerte, su abuela no está en casa y sus padres tampoco están en la ciudad. ¿Qué hacer con este adolescente? El profesor le propone que duerma en su casa. Situación delicada. A partir de ese momento nada ocurrirá como estaba previsto. Un suspense sostenido y  dominado por una mano de hierro y una tensión que se palpa hasta en las butacas de patio.

Marco Berger ha sabido rodearse de un excelente trío protagonista elegido entre lo mejor del cine argentino actual. Carlos Echevarría, entre perturbado y perturbador, Javier de Pietro, formidable e inquietante en su rol, y Antonella Costa, magnífica actriz que se supera en cada uno de sus papeles, borda cada interpretación y posee una presencia en pantalla que deja al espectador sin aliento (lo mejor es memorizar ya su nombre porque rápidamente, y espero que sea lo antes posible, dará mucho que hablar).

Este director tiene la capacidad de plantear una situación llena de matices contradictorios, la habilidad de filmar el cuerpo como pocos lo habían hecho hasta ahora y encadenar sensaciones que generan sentimientos. Desde el cuestionamiento del deseo hasta el dolor de la ausencia o de una duda inesperada hasta la absoluta certeza de que la pasividad puede ser tan culpable como la actividad. La verdadera cuestión radica en conocer con exactitud de qué somos culpables cada uno.

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