My Little Princess, Francia 2010


Ciertas películas, por desgracia muy pocas, poseen la capacidad de situar al público en la ambivalente e interesante posición de juez y parte. Posibilitan así una reflexión, que inevitablemente conlleva un juicio, sobre las imágenes percibidas y, al mismo tiempo, logran una perfecta identificación del espectador con algunos de los personajes de la historia, por muy alejadas que se encuentren sus respectivas circunstancias personales. My Little Princess es un ejemplo perfecto de este tipo de cine.

Realidad filtrada por la ficción y audaz al límite de lo soportable, tras sus primeros veinte minutos tuve mis dudas sobre si me quedaría hasta al final de la proyección. Y eso que, a estas alturas, lo único que me escandaliza en el cine es el aburrimiento. Pero salir de la sala implica un rechazo personal y, en este caso, no existe provocación gratuita o exhibición sin sentido ni pudor sino todo lo contrario. Lo que desagrada es lo que cada uno imagina tras las imágenes. La estructura de la historia, compuesta sabiamente por su directora, consigue que el espectador construya al mismo tiempo que avanza la narración, e incluso en algún momento que se adelante, imaginando lo peor.

Una niña vive con su abuela que intenta mantenerla lo más alejada posible de su explosiva y peligrosa madre, Irina. Artista caprichosa, en busca de su arte, posmoderna sin saberlo y profundamente egoísta, ésta se crea una imagen de artista del Hollywood clásico a base de una estrafalaria indumentaria y de una vida bohemia. Las plumas de sus vestidos, más próximos a Cruella de Vil que a Rita Hayworth, intensifican su aspecto de ave de presa y su habitación-estudio es un lugar sombrío repleto de los accesorios mórbidos que utiliza para sus composiciones fotográficas.

Isabelle Huppert interpreta a este colorido personaje con una impresionante empatía. Su frialdad habitual que a menudo también hiela a los espectadores, le siente a la perfección a esta madre, convertida en unos de los mejores papeles de toda su carrera artística. El espectador observa como esta araña atrae poco a poco a su hija hasta su red y teme que termine por devorarla. Al principio, como suele suceder, todo comienza como un juego en familia, unas fotos de Eva, con sólo cuatro años, que significan para la niña una diversión y la única posibilidad de acercamiento para su madre.

Irina no es consciente, o quizás sí en lo más profundo de ser, que este juego empieza a convertirse en una intolerable perversión. Las fotos, cada vez más osadas, rozan la pornografía pero las galerías se las quitan de las manos, en el mundillo del arte la provocación siempre se vende bien, el dinero entra con facilidad y… al fin y al cabo, es su hija y la ha convertido en una estrella que aparece en la portada de todas las revistas.

Esta película es la verdadera vida de la polémica fotógrafa y su familia. Tan real como que la directora del film es su hija, Eva Ionesco. Entre catarsis necesaria y un sentido de la narración cautivador, la directora ha encontrado un reparto perfecto. La protagonista, Anamaria Vartolomei, escogida entre 500 jovencitas aspirantes al papel, está sencillamente perfecta.

Hay algo repulsivo en el abuso de una posición dominante, ya sea económica, jerárquica o personal, porque lo peor de este grave problema es que no se acaba con la edad. Por desgracia, más tarde o más temprano, todos seguimos siendo menores en algún momento de nuestra vida.

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