Mainline (Khoon bâzi), Irán 2006


El cine iraní no deja de sorprender por sus múltiples contradicciones, quizás, resultado de un simple y puro reflejo de sus problemas internos. En este país de sobra conocido por su falta de libertad, igualdad y democracia, su cinematografía concentra una de las mayores proporciones de mujeres al frente de la dirección de sus películas, y frente a una censura, dura, radical y, en la mayoría de las ocasiones, imprevisible, los cineastas iranís logran abordar temáticas y presentar personajes con una potencia e intensidad que pocas filmografías libres consiguen igualar.

La historia reciente de este país podría ayudarnos a entender esta valentía. Shirin Neshat, impresionante fotógrafa e inspirada directora, abordó este tema en Women without men, León de Oro de la Mostra de Venecia 2009. En pleno verano de 1953, el primer ministro Mohammad Mosaddeq, elegido democráticamente y reconocido por su integridad, sinceridad y espíritu liberal, fue expulsado del poder al intentar nacionalizar los recursos petrolíferos del país, controlados en la época por los ingleses, de forma colonial, abusiva e inimaginable, por un golpe  de estado orquestada por británicos y estadounidenses, en una operación denominada AJAX, orquestada por Kermit Roosevelt, agente de la CIA responsable del Medio Oriente.

Un pueblo democrático, moderno (a muchos otros países les hubiese gustado disfrutar de la libertad y modernidad de Irán en los años 50) se vio sometido a la figura del Shah, con el apoyo de los EE.UU. y el Reino Unido, que eliminó toda oposición a su régimen con la ayuda de la agencia de Inteligencia SAVAK. El descontento popular generalizado estalló en enero de 1978 con manifestaciones en su contra, tras 25 años de dictadura sin piedad. El golpe de estado de 1953 inspiró una ola de movimientos extremistas y constituye el inicio de las tensiones entre los EE.UU. y muchos de los países del Medio Oriente.

Mainline comienza con una magnífica escena, un joven en un magnífico apartamento de Toronto bailando con una mujer vestida de novia. Cuando el joven se dirige a la cámara, el espectador descubre que la novia no es una mujer de carne y hueso sino un maniquí, y que en realidad, se trata de un vídeo que ha grabado para enviarlo a su verdadera novia que vive en Teherán.

Sara, su prometida de 20 años, que vive con su madre esconde un grave secreto: su adicción a la droga. Dado que deberá curarse antes de que se celebre el matrimonio, su madre decide llevarla a una clínica alejada del tumulto y las tentaciones de la capital. Las dos protagonistas, Basan Kosari y Bita Farahi, están que se salen y no dejan un segundo de respiro al público.

Rakhshan Bani-Etemad, otra mujer iraní directora de cine, con una experiencia de 20 años en el género documental, ha realizado y escrito el guión de este impresionante film junto a Mohsen Abdolvahab. Un road-movie inclasificable, magníficamente interpretado, y dada la carrera de sus creadores, rodado cámara al hombro, como si de un documental se tratase. Su directora no duda en calificar la situación como una verdadera epidemia en el Irán actual. Según ella, la juventud “soporta difícilmente el aislamiento cultural y se refugia en paraísos artificiales, en espera de encontrar sino una solución, al menos una vía de escape a sus problemas”. La ciudad, otra imporatante protagonista de la película, podría se Teherán, Madrid o París. ¿Por qué, en lo malo, nos parecemos todos tanto? Un film tan intenso como interesante y tan terrible como necesario.

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