Infiltración (Hitganvut Yechidim), Israel 2011


Años después de la creación del estado de Israel, en el verano de 1956, un campamento acoge a sus nuevos reclutas. Un entrenamiento de tres meses para convertir a estos jóvenes de 18 años en futuros defensores de su país. Pero estos reclutas saben que no llegarán jamás a enfrentarse directamente con los enemigos de Israel, todos padecen problemas físicos o psíquicos, insignificantes en la vida de civil, pero que en el espacio militar les condena a acabar en las oficinas o en puestos de mantenimiento, alejados de las trincheras.

Adaptada de la novela de Yehoshua Kenaz, esta historia, divertida por momentos, trágica en ocasiones, y tan evidentemente surrealista como el absurdo juego de la guerra, radiografía a esta grupo de novatos más preocupados por el amor, el paquete de comida de sus madres, que van a recibir en breve, o por la proximidad de un permiso que les permita lucir su uniforme en las calles de una nación “fundada sobre el mito de la guerra”, según su director.

Dover Kosashvili, nacido en Georgia pero que ha realizado sus estudios y vive desde hace tiempo en Israel, realiza su cuarto largometraje sobre este particular universo de un campo de entrenamiento militar. Como en todo espacio cerrado, la convivencia entre personas de orígenes diferentes, medios sociales distintos y ambiciones diversas puede resultar explosiva y en ella pueden estallar en muy poco tiempo todo tipo de conflictos, enfrentamientos o alianzas, dignas de un fresco histórico.

La situación, un entrenamiento militar para civiles que jamás serán soldados, es perfecta para demostrar la infame maquinaria del simulacro de la guerra, de la obediencia debida, del ejercicio de la autoridad y de todos los mecanismos híbridos de una experiencia en que no existe igualdad ni libertad y en la que la justicia depende del estado de humor del superior jerárquico.

Esta infiltración no llega al campo enemigo. Es sencillamente un intento desesperado de cruzar la línea de defensa civil, en la que puedes  justificar tu condición de ciudadano integrado en la sociedad, no por la posibilidad de construir algo sino por la capacidad de destruir a alguien. Una meta, sin final, que no todos alcanzarán.

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