Se busca adolescente para salvar al mundo


Serguéi Eisenstein en una de sus publicaciones de 1944, sobre Dickens y Griffith, se maravillaba de la capacidad del cine americano para contar historias, “jugando con tanta seguridad y delicadeza sobre el carácter infantil de su público”. En todo adulto queda algo de un niño y la tendencia cinematográfica, en estos momentos, es retomar un subgénero tan americano como el western: el cine de adolescentes y monstruos.

Contando como precedentes inmediatos E.T., el Extraterrestre (1982) o Los Goonies (1985), se estrenan en las pantallas de medio mundo, como mínimo tres películas con argumentos similares. Si la americana Super 8 (2011) va más en la línea de palomitas y buenos sentimientos, la inglesa Attack the Block (2011), es más cerveza y porros, con unos adolescentes, hijos legítimos de Tarantino, que emplean en cada frase un “fuc**” como mínimo y no viven en barrios residenciales, en plan Wisteria Lane, sino en suburbios y torres de minúsculos apartamentos. Cómo cambian los tiempos.

La noruega Troll Hunter (2010) tiene la excelente idea de revivir su folclore y, en lugar de los extraterrestres fluorescentes que parecen salidos de un after de Ibiza, los monstruos son locales y tienen la ventaja de comprender el idioma. Un ejemplo a seguir por nuestros guionistas que están perdiendo una magnífica oportunidad de obtener un bombazo en taquilla. Me imagino una fallera en psicótica asesina o un toro sádico, en plenos Sanfermines, que no hay adolescente capaz de eliminarlo. Gracias a la magia del cine, el citado astado (en verano están permitidas las rimas fáciles) muere de un susto al cruzarse con Woody Allen en pleno rodaje de su próxima película, “Las ocho en punto de la mañana en Pamplona”.

En la historia del cine clásico, toda una parte de la serie B, repleta de monstruos venidos del espacio, tenían como fondo un rechazo al modelo comunista y el miedo a un ataque ruso durante la guerra fría. Los protagonistas que salvaban al mundo eran hombres, hechos y de derechas, sobre todo, acompañados de mujeres ideales, recién salidas de Mad Men (2007). El cine en los años 80 analiza que su público mayoritario está en plena adolescencia y cambia el afeitado perfecto de sus protagonistas por pomadas contra el acné juvenil. Estas pandillas nos han salvado de todo, excepto de la crisis económica. Nadie se atreve con ella. Propongo un argumento.

El niño de La semilla del diablo (1968), más malo que un plan del FMI para un país latinoamericano, decide desde su más tierna infancia estudiar finanzas internacionales. Sus padres, horrorizados como es de suponer, buscan desesperadamente un héroe para salvar a la humanidad. La elección es difícil dada la envergadura de la empresa pero lo han encontrado y ya se acerca… ¿Es un pájaro?, ¿es un avión? No. Es Heidi que tras la muerte de su abuelo, antiguo nazi exiliado en Suiza y con una enorme fortuna depositada en el paraíso fiscal más legal del planeta, ha abierto un reformatorio para futuros banqueros, ayudada por su inseparable Pedro que, tras un interesante curso de cocina con Hannibal Lecter, se encarga de la cantina. La lista de admisión es larga y pocos son los elegidos.

Tras una desintoxicación a base de hierbas aromáticas suizas y largos años de visionado diario, en formato Cinexin, de Qué verde era mi valle (1941), la transformación es radical. El planeta se ha salvado y el niño de la semilla del diablo se dedica ahora a luchar contra el calentamiento global. En su jet privado recorre el mundo predicando Una verdad  incómoda (2006) frente al desastre ecológico… Y colorín, colorado, por desgracia, este cuento no se ha acabado. Siempre hay un sinfín de segundas y terceras y cuartas partes y los protagonistas siempre somos los mismos. Lo único que cambia, como en la serie de James Bond, son los malos de la película.

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