Detective Dee y el Misterio de la Llama Fantasma (Di renjie zhi tongtian diguo), China 2010


Thui Hark es el maestro del cine de género chino. Un genio, que tras 30 años de carrera sigue siendo casi desconocido por nuestros lares, dotado de un talento particular para lograr espectáculos de alta calidad con diversas lecturas y un poderoso olfato para descubrir y apoyar a nuevos cineastas (prueba de ello es que fue el primer productor de John Woo).

Con Detective Dee ha vuelto a conseguir una película que hará las delicias del gran público. Una sucesión de escenas de artes marciales coreografiadas por Sammo Hung, colaborador de Bruce Lee, dignas de lo mejor  de la danza contemporánea, un thriller lleno de suspense rociado con unas gotas del género fantástico, unas barrocas imágenes hipnóticas que despertarán los celos de Matthew Barney, y una metáfora política sobre la China actual. Todo ello regado con el amor del detalle en cada elemento que aparece en escena y un poderoso sentido de la narración. Por ello era de esperar que obtuviese un gran éxito y así lo confirman sus 6 galardones del Hong Kong Film Awards, entre ellos mejor director y mejor actriz para Carina Lau, en el papel de emperatriz, y su selección en la Mostra de Venecia 2010.

El director ha decidido llevar a la pantalla un personaje histórico, el juez y detective Dee, Andy Lau impecable como siempre, que vivió realmente en el siglo VII. Popular gracias a las 25 novelas que un diplomático holandés, Robert van Gulik, escribió entre 1949 y 1968 y por el testigo recogido en 2004 por un escritor francés, Frédéric Lenormand, que imaginó nuevas aventuras de este atípico Sherlock Holmes chino.

En el año 690 la capital del país cuenta con 2 millones de habitantes y 25.000 extranjeros. Las arcas del Estado desbordan gracias a la prosperidad del comercio, sobre todo de la seda, y a la política de la emperatriz Wu Zetian (por primera vez una mujer a la cabeza del Imperio), que acaba de instaurar el budismo como religión oficial del país y lo celebra construyendo una enorme estatua de Buda frente a su palacio.

En una de las visitas al extraordinario monumento de un dignatario español (sí, sí, no es broma, en la versión original el representante extranjero habla español) uno de los obreros es la primera víctima de una serie de inesperadas combustiones espontáneas y la emperatriz decide solicitar ayuda al juez Dee.

El detective tendrá que recorrer la ciudad para dilucidar tan extraña situación, desde los centros comerciales de la época hasta los subsuelos de la ciudad. Este último lugar, quizás lo mejor de la película, es una tierra de nadie donde acaban los que no han podido o no han querido apoyar la carrera desenfrenada de un crecimiento sin límites. Para rodar estas escenas el director alquiló unas cuevas, las llenó de agua congelada y los actores tuvieron que rodar, atacados por miles de mosquitos, rodeados de cables para evitar caer al agua.

Entre intrigas políticas, equilibrios entre el poder y la justicia y una inmensa estatua que se derrumba (una escena que no deja de traer a la memoria la imagen de otros edificios), la película es un soberbio espectáculo lleno de una poderosa magia y de un sublime esteticismo.

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