Rabbit Hole, EE. UU. 2010


Un ama de casa, al estilo Mujeres Desesperadas, se ocupa del jardín de su suntuosa casa del barrio más selecto de Nueva York. Ha decidido plantar nuevas flores para dar un poco de color al conjunto. Aunque son pequeñas ya han florecido, pero se adivina su fragilidad por el cuidado y el esmero con que se ocupa de ellas. Una vez instaladas en el jardín, minúsculas pero relucientes, les aporta un poco de agua y admira, con ilusión, su juventud protegida por el enorme seto que las cobija y da sombra. Ella se encargará de abonarlas y regarlas para poder disfrutar en el futuro de su aroma y color. Pero ese día no llegará.

Su vecina ha venido para invitar a la pareja protagonista del film a una cena y durante la conversación, sin darse cuenta, ha pisoteado las plantas. En menos de cinco minutos el hábil director, John Cameron Mitchell, despliega todo su talento habitual en una, aparentemente, insignificante primera escena para situar los temas de la película la pérdida y la incomunicación entre las personas. Tras dos primeros films sulfurosos abandona las escenas susceptibles de polémica (Shortbus, 2005), para pasar de los desnudos externos a los internos que, normalmente, suelen ser mucho más duros.

Nicole Kidman, en una brillante y contenida interpretación que le ha valido una nominación al Oscar, ha producido este film intimista, delicado y sensible. Basado en la obra de teatro de  David Lindsay-Abaire (Premio Pulitzer y un Tony Award), el guión narra los esfuerzos de una pareja que intenta superar la muerte accidental de su bebé pero, sobre todo, el problema de incomunicación que se instala entre la pareja tras el percance.

Tema preferido del cine invisible en este momento, la súbita pérdida de un ser querido, vuelve a ocupar el centro de esta historia. Melancólico más que melodramático, el relato está lleno de encuentros inesperados, de silencios que llenan la pantalla, bañado en una fotografía cuidada al máximo y sin olvidar unas gotas de humor, a veces negro, necesario para salir de esta situación.

Aaron Eckhart, marido de la protagonista, está a la altura de Nicole Kidman y, en muchos momentos, la supera. Un hombre, al que le han enseñado a no llorar desde pequeño, como a todos,  pero que lleva en su interior tantas lágrimas que podrían llegar a ahogarle. Un verdadero acierto para este film que intenta responder a dos de las grandes preguntas que siempre nos hemos planteado: ¿cómo superar lo insuperable y cómo comunicar sobre lo indecible?

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