Retratos en un Mar de Mentiras, Colombia 2010


Según la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), Colombia es el segundo país del mundo con más desplazados, solamente superado por  Sudán. Este contradictorio país latinoamericano en que, el 10% de sus habitantes ha tenido que abandonar su hogar por la fuerza (en total, más de cuatro millones de personas), encabeza al mismo tiempo la lista de los países más felices del planeta, en todas las encuestas internacionales. Por esta razón este tema se ha convertido en una preocupación recurrente de su cine.

Carlos Gaviria, tras una larga experiencia en el mundo de la televisión y los documentales, se ha lanzado a la gran pantalla con un guión y una dirección que no ha dejado a nadie indiferente, en su exitoso paseo por numerosos festivales internacionales. Nada mejor que una película de carretera para ilustrar a los desplazados, un road movie tenso, poético y hasta divertido, en algunos momentos, como cualquier viaje voluntario que se precie.

Marina es una joven muy extraña, a veces se queda como hipnotizada dentro de su propio mundo, prácticamente no habla nunca y vive con su abuelo en un arrabal de Bogotá, digno de la peor de las pesadillas. Tras la muerte de éste, su primo, Julián Román, dicharachero, alegre y vividor (un fotógrafo que realiza retratos utilizando telones de fondo, repletos de sol, palmeras y playas paradisiacas, esos mares de mentira a los que se refiere el magnífico título) decide llevarla a la costa para intentar recuperar unas tierras que su familia abandonó hace mucho tiempo. En el trayecto Marina comenzará a recordar poco a poco su pasado. Los dos protagonistas están impecables, en especial Paola Baldión que, prácticamente sin texto, consigue transmitir toda la gama de sentimientos contradictorios, angustia, dolor, felicidad, amargura o ilusión, que le provoca el viaje.

Un brillante guión, sin discursos pero con las metáforas suficientes para saciar al espectador (la protagonista, casi muda, adivina lo que no quiere ver, y su primo observa la realidad a través de los objetivos de la cámara y no calla, para no decir nada), una dirección que huye del drama para acercarse por momentos al documental y unos actores inspirados, convierten la ópera prima de Carlos Gaviria en un lúcido retrato de la verdadera situación actual de Colombia.

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