The Company Men, EE.UU. 2010


Aviso a los navegantes: esta película no es un producto elaborado a partir de la última crisis internacional sino de un guión escrito, a principios de este nuevo siglo, en 2001, a partir de otra de las recientes crisis, sucesivas y recurrentes desde la burbuja financiera de los tulipanes holandeses del siglo XVII, que están destruyendo los logros obtenidos por la sociedad en los últimos 80 años. Personalmente he perdido la cuenta de todas las crisis que he vivido. Lo único que recuerdo es que cada vez se repiten en un menor intervalo de tiempo.

Por tanto, la historia de esta primera película de John Wells, tras pasar por varias series de televisión, no tiene nada de original, por desgracia. El protagonista encarna la realización del sueño americano (¿únicamente americano?): un trabajo remunerado de seis cifras (menos, es inconcebible), un porsche en la puerta de su doble garaje (muy útil en plena ciudad de Boston), una casa de varios pisos (no he visto ni un sólo libro en sus múltiples dependencias) y un trastero lleno a rebosar, debido al lavado cerebral de la carrera consumista (algún objeto parece tener aún su embalaje). Pero la multinacional en la que trabaja ha decidido despertarle, junto a 5000 o 10000 empleados más (dependiendo de la última cotización bursátil de la acción de la sociedad), y ponerle de patitas en la calle.

La película, con gran sensibilidad, muestra el mecanismo implacable de un sistema financiero, no ya multinacional sino planetario, que ha dinamitado las bases de nuestra sociedad y destruido uno de los fundamentos de la democracia actual, el interés  general  frente al provecho o al enriquecimiento personal. ¿Cuál ha sido la diferencia entre esta última crisis y todas las anteriores? El aterrador silencio de todas las instituciones nacionales e internacionales, elegidas democráticamente por el pueblo, frente a los delitos, manipulaciones y desfalcos de la maquinaria del sistema financiero contemporáneo. Las instituciones que habíamos escogido, indistintamente de su tendencia política,  para gobernar y establecer la voluntad de la mayoría, han tenido que retirar la mirada y hacer oídos sordos a la política de hechos consumados de la nueva minoría financiera que dirige el mundo.

Bienvenidos a la nueva era del Monstruo Dulce, expresión creada por el genial Raffaele Simone, que ya había sido profetizada o adivinada por Pier Paolo Pasolini en los años 70 con sus Escritos Corsarios, veinte años antes por David Riesman o Guy Debord en su Manifiesto para una construcción de situaciones (1953), en los años 20 por nuestro genial José Ortega y Gasset y hasta, un siglo y medio antes, por Alexis de Tocqueville en De la democracia en América (1835-1840). Una época regentada por su élite financiera, aristocracia de movimientos bursátiles, que ha aportado excelentes retratos literarios de la mano de Balzac, Dumas… o, ya en 1894,  representada por el oscuro Señor Morte (nombre bien premonitorio) de la fabulosa novela Arroz y Tartana de Vicente Blasco Ibañéz.

Interpretada por un equipo de ensueño, Ben Affleck, Kevin Costner, Tommy Lee Jones y Chris Cooper, plantea las buenas preguntas e, incluso, propone alguna solución. Tras un descenso a los abismos de la pérdida de confianza, seguridad y legitimidad, los protagonistas deciden tomar el mando del barco a la deriva, en que se ha convertido su vida. El film me recordó una excelente frase de la película Sucker Punch: quien no resiste a nada, acaba por aceptarlo todo. Una imprescindible película de terror basada en hechos reales.

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