Ma part du gâteau (Mi trozo del pastel), Francia 2011


Un film de Cédric Klapisch es todo un acontecimiento pero, sobre todo, si tiene la intensidad, el humor y la calidad de su última película, Ma part du gâteau (Mi trozo del pastel). El director ha decidido abordar la comedia social y escribir un guión, basado en los últimos desastres económicos occidentales, partiendo de su sabia premisa “el mundo crea cada vez más beneficios y cada vez menos gente los disfruta”.

Ya en los títulos de crédito iniciales vemos una maravillosa tarta de cumpleaños que va desapareciendo, a una vertiginosa velocidad, en ávidas manos. El pastel se ha acabado y la fiesta, también. Como le ha ocurrido a France, la protagonista de la película que tiene un nombre bien sintomático del espíritu crítico del film, encarnada por una Karin Viard en plena forma. Víctima del plan social de su empresa, situada en el norte del país, se encuentra de patitas en la calle después de veinte años, y tras la fase de indignación necesaria y un intento de suicidio, decide irse a París y buscarse un nuevo trabajo.

Una situación nada alejada de la triste realidad de un país en que empresas tan insignes, como France Telecom y su política de recursos inhumanos, han llevado a muchos de sus empleados a acabar con su vida. Las prácticas de acoso moral, denunciadas durante años por la Inspección de Trabajo, llevaron al suicidio a 30 de sus trabajadores, solamente entre enero de 2008 y finales de 2009. Por fin, la fiscalía de París ha decidido abrir estos días una investigación judicial a la empresa, justo un mes después de que su anterior director general, Didier Lombard, dimitiese como consejero de la compañía.

Cédric Klapisch, frente a los malos tiempos, se ha decidido por la buena cara al firmar una comedia inteligente y divertida en sus dos primeras partes. Ningún director sabe manejar mejor que él los estereotipos, desde la anti-pretty woman hasta el viaje en jet privado a Venecia, y mostrar al mismo tiempo la profunda humanidad de sus personajes.

France, al llegar a la capital, realiza un cursillo antológico de empleada de hogar y encuentra trabajo en casa de un tiburón financiero, un fantástico Gilles Lellouche en un papel previsto inicialmente para Vincent Cassel, que vive entre el barrio de la Defensa parisino y la City británica. Pero lo que desconoce la protagonista es que su destino está más unido de lo que pensaba al de su empleador. Y en el último tercio de la película, el realizador cambia de tono y toma el mando de una película social, que acaba con un final polémico que invita al debate. Una verdadera gozada de película.

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