Boxing Gym, EE.UU. 2010


No transcurre una semana sin que una nueva película trate directa o indirectamente el tema del boxeo. Quizás sea el simple reflejo de los duros tiempos que nos ha tocado vivir o una metáfora sobre la necesidad de estar en forma, y preparados para defendernos, contra los posibles ataques que sufriremos. Sin embargo debo reconozco que el boxeo es un sector que no atrae para nada mi atención, un deporte que pensaba destinado para gente problemática y una exhibición gratuita de la violencia, método que rechazo simple y llanamente.

Pero lo que caracteriza al cine invisible es la perpetua capacidad de sorpresa que encierra en su interior. Si un autor de este tipo de cine presenta una película sobre los peligros de la velocidad en el deambular de una variedad lituana de caracol, contaminado por la filosofía del cine invisible me ha costado bastante encontrar un asunto que no me interesase, acudiré al cine escéptico, pero no faltaré a la cita, y en la mayoría de las ocasiones mi escepticismo se transforma en entusiasmo dado que, por lo general, la elección de un tema difícil unido al talento crea obras excelentes. Un ejemplo reciente, Patricio Guzmán, en Nostalgia de la luz, utiliza la astronomía y los observatorios del desierto de Atacama para reflexionar sobre las víctimas de la dictadura chilena.

Con Boxing Gym me ha ocurrido lo mismo. Se trataba de la última realización de Frederick Wisemann, este jovenzuelo de 80 añitos, que ha pasado su vida abordando con inteligencia, humor y maestría todos los temas posibles e imaginables y del que, por fin, se había estrenado en España La danza. Aún así me arrastré al cine pensando, otra más de boxeo y esta vez documental, y una hora y media después el cine invisible cumplió su función.

Todos mis prejuicios habían desaparecido porque el autor me había mostrado la cara oculta de un deporte, al que no me hubiese acercado jamás de ninguna otra manera. Wisemann filma la cotidianeidad del Lord’s Gym en Austin, Texas, un club y gimnasio de boxeo fundado hace casi 20 años por un veterano profesional de este deporte, Richard Lord. En él no se reúnen sólo los chicos malos del barrio sino que se mezclan con toda una multitud inimaginable procedente de todas las clases sociales y económicas, un multimillonario de internet, un ama de casa, una madre con su bebé, aspirantes a profesionales o universitarios que comparten su afición y los retazos de su vida entre compañeros de deporte. El magistral Wisemann ha conseguido rizar el rizo hasta obtener una banda sonora excepcional a base de ruidos de golpe, campanas de torneo y la respiración de los socios del Club.

Sigue sin gustarme el boxeo, y no creo que llegue a asistir en mi vida a un combate, pero mi mirada sobre este particular mundo ha cambiado gracias a este fabuloso documental. Un trabajo que confirma que inmovilizarse frente a un prejuicio es otra forma de ignorancia. Gracias Wisemann, esperamos tu próximo documental, el número 37, con la misma impaciencia de siempre.

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