Slovenka, Eslovenia 2009


La protagonista de la película, una joven universitaria eslovena, se pasea por uno de los innumerables centros comerciales de la capital, Liubliana, en plena presidencia europea de su país en 2008. Su mirada se siente atraída por un nuevo modelo de lámpara, ni mejor ni peor, que el próximo diseño que aparecerá dos o tres semanas más tarde. Como en cualquier país moderno todo está concebido para despertar nuestros deseos de consumo ante la multitud de posibilidades y opciones, en la mayoría de los casos sin ningún interés, pero agradables a la vista o suaves al tacto hasta el próximo capricho, que nacerá en cuestión de días, horas o incluso antes. 

Pero los expuestos a las radiaciones del consumo sufren los mismos efectos secundarios. En todos los casos necesitamos una cantidad de dinero, más o menos importante, para poder calmar el picor. En la segunda escena de la película esta chica eslovena, traducción literal de su título, ha optado por el camino más corto para aliviar su malestar, obteniendo el dinero necesario mediante la práctica de la prostitución al ofrecer sus servicios a los innumerables diputados europeos, que pululan por la capital durante este evento político mayor del país.

Entre el continuo y estrepitoso paso de los cortejos de representaciones diplomáticas que atraviesan la capital a un ritmo de vértigo y el tren de cercanías que la lleva lentamente a la casa de su padre, a las afueras de la ciudad, la vida de esta chica eslovena transcurre como la de cualquiera otra joven, las visitas familiares, sus clases de filología inglesa en la universidad y, la excepción que no debería confirmar la regla, sus servicios como prostituta.

Pero como bien sabe el director de la película, Damjan Kozole, el camino más corto no es necesariamente ni el más rápido ni el más fácil y, en muchas ocasiones, resulta el más peligroso. En el mercado de la miseria también existen los agentes económicos que quieren sacar provecho de las debilidades humanas. Esta chica, fría y manipuladora, magistralmente interpretada por Nina Ivanisin, tendrá que optar por renunciar a la modernidad de la vida en la capital o regresar a la casa de su padre para esconderse de sus perseguidores. Pero quizás lo peor de todo sea sufrir una humillación tal que hasta el espectador sufre con ella.

Cierra la película una canción de Frank Zappa, Bobby Brown, un clásico del repertorio moderno que narra la historia de este personaje, representante del sueño americano, que desde hace mucho tiempo padece de insomnio. Y de sobra es sabido que… si no dormimos es bastante difícil que podamos soñar.

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