Cisne Negro (Black Swan), EE.UU. 2010


Terry Orlick, eminente psicólogo especializado en el deporte que también ha trabajado con astronautas, cirujanos o artistas, asegura que el verdadero reto no es solamente perseguir la perfección, sino hacerlo sin destrozar el resto de tu vida. El siempre sorprendente Darren Aronofsky, tras El luchador (2008), sobre el deporte de wrestling, espectáculo de lucha libre coreografiada, se apropia del ballet El Lago  de los cisnes, para mostrar la lucha de la protagonista por una coreografía perfecta, aunque este reto ponga en peligro su vida.

En esta historia, sobre el montaje en Nueva York de una nueva versión del célebre ballet, se escuchan los ecos de Eva al desnudo (1950), Repulsión (1965) o Esther Kahn (2000). Un director poco ortodoxo (impecable, como siempre, Vincent Cassel), una artista caída en desgracia (una Winona Ryder irreconocible), la nueva estrella, frágil pero técnicamente perfecta (Natalie Portman, inspirada hasta poner la carne de gallina, de cisne o lo que sea) y una inquietante aspirante (Mila Kunis, a la altura de las circunstancias), en una mezcla de drama freudiano-fantástico-terrorífico-psicopatológico, han arrasado en nominaciones y premios de crítica y reconocimiento del público en taquilla.

En este ballet la protagonista tendrá que interpretar un doble papel: el cisne blanco o la princesa transformada en animal por el mago y el cisne negro o la parte oscura que todos llevamos dentro, en este caso, una frustración y una indecisión sexual que aterra a la bailarina. Darren Aronofsky plantea un dilema interesante. En todos nosotros existe una parte de cisne negro, perfeccionarse sería conseguir controlar, reducir o dominar nuestras frustraciones, inquietudes, miedos y fobias, pero ese reto implica un grave peligro. Llegar a la perfección total implicaría aniquilar toda nuestra humanidad, y acabar reducidos a meros animales sin sensaciones ni sentimientos, puesto que ese cisne negro nos convierte verdaderamente en humanos.

La perfección sólo puede ser efímera, y si se convierte en obsesión, anula por completo su disfrute. Antoine de Saint-Exupery, que pilotó un avión de guerra y logró escribir unos de los libros más tiernos de la historia de la literatura, El principito (1943), afirmó en una ocasión que la perfección se logra al fin, no cuando no hay nada que agregar, sino cuando ya no hay nada que obtener. Los títulos de crédito del final, más que la última escena del film, muestran cuál de los dos cisnes ha ganado esta eterna batalla.  

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