Le quattro volte, Italia 2010


Algunas obras necesitan un código de acceso para poder disfrutar de ellas. Recuerdo que en una antigua exposición de arte contemporáneo pase por delante de dos cuadros muy similares: en el primero, sobre un fondo oscuro se podían leer una serie de números consecutivos (15.236, 15.237, 15.238…) que cubrían toda la tela y el segundo, contenía otra serie de números, también consecutivos, sobre un fondo un poco más claro, lo que dificultaba la visión de los números pintados. Me detuve unos segundos y pasé de largo, dado que no encontré el mínimo interés en la propuesta.

 

Mi curiosidad empezó, como siempre, a picarme, y días después me informé todo lo que pude sobre el artista. Su nombre es Roman Opalka, nacido en 1931 de padres polacos, y desde 1965 intenta materializar la pintura del tiempo. Dado su origen, la conexión que establecí entre la serie numérica y los números que los judíos llevaban tatuados en la piel durante el holocausto, junto al hecho de que el pintor añada, en cada pintura, un 1% de blanco al fondo de cada cuadro, hasta que las cifras no puedan distinguirse, hizo que esos dos cuadros me parezcan el homenaje más sutil y hermoso que se haya realizado sobre ese período infame de la historia de la humanidad. Aún hoy, recordarlos me produce un escalofrío.

 

Con Le quattro volte ocurre lo mismo. Es una obra que necesita un clave. Posiblemente habrá muchas pero yo les propongo la siguiente. En un texto clásico, atribuido a Pitágoras sin mucha seguridad, se comenta que los seres humanos tenemos cuatro vidas: una mineral, dado que nuestro esqueleto está constituido por sales minerales; una vegetal, por nuestra sangre, similar a la savia que circula por las plantas; una animal, en vista de nuestra movilidad y conocimiento exterior; y por fin, una humana, basada en la voluntad y la razón.

El autor desconocido concluye que dada la existencia de estas cuatro vidas, por tanto, el hombre debe conocerse cuatro veces. La próxima vez que comparemos a alguien con un animal (porque haberlos haylos), siempre podremos afirmar que no se trata de un insulto sino de una mera reflexión filosófica, perdida en la noche de los tiempos.

 

Michelangelo Frammartino, quizás, nos propone un viaje al conocimiento humano, a través de estas sublimes imágenes de la Calabria profunda, en un documental prácticamente sin diálogo. Un pastor enfermo que toma como medicamento el polvo de la iglesia, su rebaño que parece observarle y esperar su fin, mientras van invadiendo su casa durante la siesta del pobre enfermo, un gigantesco árbol, arrastrado desde las montañas, como protagonista principal de las fiestas del pueblo y que acabará transformado en carbón vegetal, en un ciclo infinito. Este documental podría ser el ejemplo perfecto de la cita atribuida a Pitágoras. Algunos verán unas imágenes sin sentido; otros encontrarán, en estas mismas imágenes, el sentido de la vida.

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