Harry Brown, Reino Unido 2009


La tercera edad está de moda. Reducida durante los últimos años a un cuerpo social al que se le reprocha, de forma indirecta o por alusiones, el coste económico que representa para la sociedad (los respectivos gobiernos en el poder han decidido olvidar que ha sido ella la causante de gran parte de la riqueza actual y se niegan a admitir, públicamente, su propia incapacidad para crear empleo o incrementar la confianza en el futuro, una de las causas con más influencia en el aumento de natalidad), abuelitas y abueletes han decidido retomar las armas. Literalmente, ya sea en versión cómica, como RED, o de una manera más trágica, y por desgracia, más realista, en Harry Brown.

 

El antiguo marine, recientemente viudo y jubilado hace tiempo, vive en un barrio difícil a las afueras de Londres, rodeado por la ciega violencia que las bandas de traficantes de droga y armas han impuesto en lo que consideran su territorio. Él y su único amigo pasan las horas jugando al ajedrez en un pub, sin molestar a nadie, e intentando evitar rozarse con los jóvenes delincuentes del barrio, como la inmensa mayoría de sus habitantes que se ven obligados a convivir con este problema y a sufrir sus consecuencias.

 

El rito de iniciación de un futuro delincuente, rodado prácticamente en blanco y negro, y una de sus primeras “diversiones”, disparar sobre una madre que pasea a su hijo para asustarla, son las dos primeras e impresionantes escenas, por su fuerza visual y efectividad narrativa, que dan el tono  de todo lo que vendrá después. Ante su visión nos planteamos la cuestión habitual sobre el cine que se atreve a tratar este problema, ¿se trata de un film violento o una película sobre la violencia?

Esta impactante película cuenta con dos de los mejores actores británicos, Michael Caine, soberbio protagonista del film que, para más inri, nació y vivió muy cerca de lugar donde se rodó la película, también fue miembro de una banda callejera y estuvo en la guerra de Corea y David Bradley, extraordinario actor, que también figura en el último y maravilloso trabajo de Mike Leigh, Another Year.

Película ultraviolenta que no me extrañaría provocase alguna que otra polémica (Harry el sucio, un debutante en prácticas comparado con Michael Caine, fue censurada durante muchos años en algunos países). Las adversas circunstancias a las que se  enfrenta el protagonista le obligan a tomarse la justicia por su cuenta, en directa aplicación de la Ley del Talión, muy discutible y problemática. Frente a la violencia callejera, la película se ataca a los efectos (juventud en un torbellino de drogas y delitos) sin entrar en las causas del problema (inexistencia de opciones o alternativas de ocio, desempleo juvenil en sus máximos históricos, arquitectura urbana basada en la especulación y reducida a viviendas ratoneras o, por citar solo algunas, destrucción de los lazos sociales en poblaciones muy densas).

 

Esta reflexión no quiere restar ningún valor al sobrado mérito de la primera realización de su director, Daniel Barber. La película contiene una de las escenas de violencia y terror (escena de Harry Brown en el depósito de los traficantes de droga) más efectivas y eficaces de los últimos años y un duelo -estilo western- en un pub inglés, magníficamente rodadas. Una inusual valentía en la elección del tema que, quizás, no debería pasar ante los ojos de cualquiera, no por su violencia sino por la forma en que ésta se presenta (en EE.UU. se ha prohibido a menores de 17 años no acompañados, en el Reino Unido es para mayores de 18 y, por mucho que me pese, debe reconocer que comparto esta opinión). 

 

Y, por fin, también tiene la virtud de reparar, lo que se ha olvidado durante una parte del siglo XX, y es que para construir un mundo mejor debemos contar con el valor, el respeto y la experiencia de los integrantes de la tercera edad. Queridos abueletes, que sea sin armas, por favor.

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