Armadillo, Dinamarca 2010


En el año 2010 el cine invisible ha centrado su mirada en tres o cuatro temas fundamentales: la enfermedad, asunto que habitualmente provocaba la huida general de los espectadores, ha sido tratada por primera vez de frente y sin edulcorantes (Parkinson, Alzheimer, cáncer o envejecimiento y degeneración física, en general), el martirio o la humillación aplicada a personajes desvalidos o indefensos y, tras el filón de Iraq, el nuevo conflicto de Afganistán. Y una tendencia a mezclar al héroe o heroína individual con el personaje plural de la pareja, como el sabio Mike Leigh promulga en el extraordinario Another year.

 

El cine es reflejo de las preocupaciones de la sociedad y la crisis económica mundial ha generado una reflexión sobre los valores que se han transformado en imágenes. Como reflejo del temblor de un sistema económico que se asemeja a un ataque epiléptico, la verdadera enfermedad, sufrida y no provocada por uno mismo, y para sobrevivir al caos, la unión de las fuerzas y la reivindicación del grupo, o por lo menos, de la pareja como un frente común a los problemas (Another year, The kids are all right o Philip Morris, te quiero).

Un ruido de fondo ha acompañado a estos debates visuales durante todo el año, los gritos de las catástrofes naturales y el chasquido de las balas al caer sobre el campo de batalla. Se ha filmado otra guerra más, esta vez en Afganistán, tanto desde Europa como desde los EE.UU. El sufrimiento vende y sabido es que no se hacen buenas historias con buenos sentimientos, salvo honrosas excepciones.

 

Un grupo de daneses partirán en misión de 7 meses a una de las bases militares más peligrosas de Afganistán, Armadillo (¿existe alguna base en ese país que no sea peligrosa?). Sin ningún conocimiento de las costumbres locales (pisoteando las cosechas mientras realizan su instrucción), cientos de horas de aburrimiento esperando combatir al enemigo (su alternativa al tedio, cientos de horas entrenándose con los video juegos militares más violentos posibles) y excitados como gallos de pelea al volver de una misión que ha resultado ser especialmente sangrienta (el director, Janus Metz, no ahorra detalles y vivimos en directo lo que no querríamos ver ni en ficción).

Mientras las cifras de muertos, civiles y militares, se acumulan con los años, el conflicto bélico en Afganistán no se ha resuelto y tras la proyección de Armadillo, un trabajo tan eficaz, inteligente, distante y objetivamente rodado, los espectadores salen del cine intentando convencerse a sí mismos de que se trataba de una película y no de un documental. Como siempre, la realidad supera la ficción.

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