Alamar, México 2009


Hay películas que parecen surgir de la nada y, sin embargo, logran recorrer el mundo y cautivar a los espectadores. Pedro González-Rubio ha escrito, dirigido, montado y rodado esta sencilla, enternecedora y optimista historia en uno de los lugares más paradisíacos del planeta; presentando así su primera película, Alamar, próxima de la técnica documental de su primer trabajo, Toro Negro (2005). Y el resultado ha sido un largo paseo por los Festivales de Toronto, Róterdam (Premio Tiger), Miami (Gran Premio del Jurado), Berlín en su sección “Generación”, Morelia, Toulouse (Premio FIPRESCI), San Francisco (Premio Nuevos Directores) y el Festival Cinéma du Réel de París, y seguro que me he olvidado alguno.

 

Roberta y Jorge se conocen, se enamoran y tienen un hijo. Las circunstancias de la vida hacen que la pareja decida separarse y que Roberta se instale en Roma con el niño y Jorge regrese a su país natal, México. Según ellos, el azar les ha unido con el objeto de que nazca su hijo, Natan. Miles de kilómetros y un océano les separa, pero durante las vacaciones Natan viajará a México para pasar algunos días con su padre, que le llevará a un lugar muy especial, un auténtico paraíso en la tierra.

 

Banco Chinchorro se encuentra en el Caribe Mexicano, frente a las costas del municipio Othón Pompeyo Blanco del estado de Quintana Roo. Este paraíso, la segunda cadena de arrecifes de coral más grande del mundo, fue declarado por la UNESCO Reserva de la Biosfera en 1996. Y durante toda la película disfrutamos, como los protagonistas o casi tanto como ellos, de la variedad de su fauna, en especial una especie de gran importancia económica, la langosta espinosa, su flora y las aves migratorias que encuentran en esta reserva el lugar ideal para anidar. Un herón, que Natan llama Blanquilla, y hasta una especie de cocodrilo de la reserva, protegido también por ley bajo la categoría especial, se convertirán en los animales de compañía del pequeño Natan.

 

El director quería explorar la fragilidad de las cosas, y al realizarlo desde el punto de vista del niño, ha conseguido “una imagen muy potente”. El público entra de inmediato en la historia, se deja llevar por la sencillez de una vida alejada de los moldes clásicos, un necesario retorno a la naturaleza, y contempla extasiado el trabajo de los pescadores, las escenas de buceo o la vida en una humilde casita sobre el mar. Pero las vacaciones se acaban y todos sabemos que Natan tendrá que volver a Roma.

 

El director y su hijo protagonizan este momento hipnótico de verdad y de comunión con la naturaleza. Todo parece tan natural y real que me lleve un tremenda desilusión al descubrir que el hombre que interpretaba al abuelo de Natan, no lo era en realidad. Los actores no son profesionales lo que aporta aún más, si cabe, frescor a sus acciones y diálogos.  Última recomendación: ver la película en invierno, al salir tenía la sensación de estar moreno.

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