Biutiful, México 2010


En uno de los viajes en familia de Alejandro González Iñárritu, para distraer a sus hijos, decidió que lo mejor era disfrutar juntos de un momento de buena música. El director escogió el Concierto para piano de Ravel, la conversación se fue apagando hasta que se instaló por completo el silencio y todos se concentraron en la melancolía y la tristeza de la obra, mientras el paisaje desfilaba ante sus ojos y la melodía resonaba en sus oídos, y de repente, sus dos niños se pusieron a llorar al mismo tiempo. Meses después en una fría mañana del otoño de 2006, mientras la familia Iñárritu se preparaba el desayuno, Alejandro quiso escuchar de nuevo el concierto pero sus hijos le pararon de inmediato. En ese preciso instante el director supo que tenía que contar una tragedia en su lengua materna, sólo una historia lineal en un único espacio, lejos de sus anteriores trabajos basados en narraciones y localizaciones múltiples, y mostrar la vida del personaje, que le seguiría durante los tres próximos años, Uxbal.

El actor español más internacional de estos momentos, Javier Bardem, encarnó al protagonista, en un papel escrito, destinado y pensado para él en esta coproducción hispano-mexicana, con tanto convencimiento e implicación que fascinó al jurado del Festival de Cannes 2010, que le otorgó el premio a la mejor interpretación masculina.

Mucho se ha comparado Biutiful con la película de Luís Buñuel, Los olvidados (1950), nombrada recientemente Memoria del Mundo por la UNESCO (junto a Metrópolis de Fritz Lang son las dos únicas películas de toda la historia del cine nombradas Patrimonio de la Humanidad). Las similitudes saltan a la vista, los dos directores son mexicanos, en ambas flotan secuencias oníricas o surrealistas, cine de implicación social, bajos fondos y una explosiva mezcla de miseria, injusticia e impotencia.

 

Sin embargo creo que la película se enmarca, en realidad, dentro de la más pura tradición de la picaresca española, género nacido en una época de transición, entre el Renacimiento y el Barroco, al igual que los tiempos precarios que nos han tocado vivir, de transformación hacia algo que no sabemos en qué acabará. La película tiene su antihéroe perfecto en su protagonista Uxbal (nombre que tiene algo de antiguo caballero, pero que resulta demasiado sonoro y brutal para ser noble), un ángel caído pobre y desesperado; el determinismo de su situación que le impide, haga lo que haga, avanzar o siquiera ayudar al prójimo; la visión de desengaño y miseria del barrio del Raval de Barcelona (la otra cara del espejo que Woody Allen, por supuesto, nunca enseñaría en Vicky Cristina Barcelona), y el profundo pesimismo del film, le convierte en un clásico de este género.

Por tener lo tiene todo, hasta su antiheroína, la madre de sus hijos que sufre un trastorno bipolar, metáfora de un mundo que no comprendemos pero que queremos disfrutar, interpretada por una magnífica Maricel Álvarez que un día lo ve todo maravilloso y al día siguiente todo negro, como nos pasa a casi todos…

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