Rewers, Polonia 2009


Espectacular. La moderación debe imponerse a cualquier elogio y la sabiduría de Tales de Mileto ya nos aconsejó, hace mucho tiempo, “sea tu oráculo la mesura”. Pero ante ciertas obras, sobre todo cuando sales del cine eufórico, con ganas de volver a entrar a la próxima sesión, olvidándote de cualquier otro compromiso, se impone un adjetivo: sublime.

 

El primer largometraje del director polaco de 37 años, Borys Lankosz, es una delicia, desde la secuencia del inicio hasta el último fotograma. Una sabia combinación de imágenes de archivo, el tratamiento del blanco y negro para la parte de los años 50 en que transcurre el film, en inspirado homenaje que recuerda los clásicos de antaño, sin referencias concretas, por la riqueza de sus detalles y el empleo de la profundidad de campo, y el color utilizado en la historia que se desarrolla en la época actual, consiguen un marco estético incomparable para un guión inteligente y unos actores inspirados.

 

La inmensa mayoría de las películas sobre el comunismo han aportado únicamente la visión de los hombres, olvidando la percepción que las mujeres tenían de este período de la historia europea. El director ha optado por contar la historia desde una óptica original y diferente, la de una familia de tres mujeres que viven la época sin mezclarse políticamente en ella y esperando tiempos mejores, como de hecho ocurre con la mayoría de la población en este tipo de situaciones. La joven protagonista de 30 años, Sabine, tímida y reservada espera encontrar, sin mucho éxito por el momento, al hombre de su vida. El tiempo pasa y su madre y su abuela, desesperadas, hacen desfilar por la casa en que viven juntas algunos candidatos para ver si la introvertida Sabine se decide. Una noche tras salir de su trabajo conoce, como por arte de magia, al hombre de sus sueños: Bronislaw, un moreno, tenebroso y viril, que conquistará de inmediato su corazón.

 

Por ahora pensarán que no hay nada nuevo bajo el sol pero el arte del director convierte este simple historia en un verdadero y lúdico juego. La película comienza como el típico drama burgués a la Claude Chabrol, pasando por la comedia para terminar como un excelente film negro como el azabache. Esta sucesión de géneros desfila ante nuestros ojos mediante una reflexionada solución de continuidad que se hace evidente.

La película está llena  de sorpresas visuales y narrativas por lo que es imposible contar nada más del guión sin descubrirlas. Pero en el film hay una infinidad de detalles, una moneda de oro que preocupa en extremo a nuestras protagonistas, el departamento de Poesía del Ministerio de Cultura de Varsovia donde trabaja Sabine, un suspense sobre un pasajero que llega al aeropuerto, unos vecinos inquietantes… y, por encima de todo, una soberbia interpretación de su protagonista, Agata Buzek, que ha cosechado todos los premios de su país, al igual que la película.

 

Sin lugar a dudas, una de las mejores películas del año. Los distribuidores deberían echar a correr para adquirir de inmediato sus derechos de exhibición. Un pequeño detalle: el título no es muy atractivo, propongo para su versión en español, “Las travesuras de una polaca buena”.

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