Cyrus, EE.UU. 2010


Érase una vez un hombre muy bueno, pero bastante feo, de un país lejano que estaba muy solito porque su mujer le había dejado hace 7 años, harta de aguantar sus neurosis. Con el tiempo su ex-esposa, que también era una santa,  se convirtió en su mejor amiga y le daba tanta pena verle tan triste que le invitó a la ceremonia de compromiso con su próximo marido. Pero en la vida real también se produce algún que otro milagro, bastante pocos pero bueno…, y el hombre encontró en esa fiesta a la princesa de sus sueños, una mujer muy guapa y muy divertida. Pero la alegría no durará mucho porque para conquistar su amor tendrá que luchar con un enemigo terrible y malvado, el hijo adolescente de la princesa. Y ésta es la historia de Shrek… perdón quería decir, de Cyrus.

 

Los hermanos Duplass, Jay y Mark, con su peculiar método de trabajo que consiste en rodar cronológicamente sus historias y dejar a los actores una enorme libertad en la improvisación de diálogos y de interpretación, han conseguido con Cyrus, su segunda película, un comedia refrescante de cine independiente que ha sido seleccionada en los Festivales de Deauville, Locarno y Sundance.

 

En ocasiones ciertas películas con actores de carne y hueso parecen un film de animación, el caso contrario también existe, y Cyrus, en su primera parte, se asemeja al mítico Shrek. Un ogro feúcho y de buen corazón, harto de no conseguir el amor de su vida, lo encuentra en el momento más inesperado por pura casualidad. Las situaciones cómicas se suceden a un buen ritmo, los actores creen en lo que interpretan y se nota, la historia funciona y el espectador lo aprecia.

 

Pero la sorpresa llega en la segunda parte de la película. La broma se ha acabado y hay que definir las reglas del juego. Cyrus analiza las dificultades que atraviesan las familias recompuestas, los sacrificios en el ámbito personal que implica una unidad familiar monoparental y el apego de una sociedad adolescente que quiere mantener su estatus de Peter Pan de manera indefinida y conservar así una inquebrantable comodidad.

 

Esa es la alquimia del cine invisible: a partir de una sencilla anécdota, con unos excelentes actores como Marisa Tomei, John C. Reilly y Jonah Hill y un buen trabajo de dirección, llegar a transformar una divertida comedia en una necesaria e inteligente reflexión sobre las nuevas estructuras de la unidad familiar actual.

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