Draquila, l’Italia che trema, Italia 2009


En 1948 Luchino Visconti realizó uno de sus mejores filmes, La terra trema (La tierra tiembla). En los inicios del neorrealismo italiano el director nos contó la batalla de un mísero pescador, Ntoni Velastro, que harto de verse explotado por los mayoristas con quien trabaja, decide aventurarse por su cuenta y riesgo. Pero los desastres se acumulan, pierde su barca en una tormenta y hasta su casa por no pagar la hipoteca, y frente al cúmulo de fatalidades, debe resignarse y volver a trabajar para sus antiguos explotadores. Al parecer, la historia se repite en Italia 60 años después, aunque en esta ocasión sea en clave política.

 

Sabina Guzantti es una famosa humorista italiana que, a principios de la década, consiguió un programa en la televisión pública de este país. La alegría duró poco porque lo anularon tras su primera emisión por “vulgaridad e insultos hacia el gobierno”. En vez de tirar la toalla, en 2005 realizó un documental llamado, Viva Zapatero!, sobre la democracia en Italia y en Europa que era una verdadera joya del género. 

 

Cuatro años después Sabina Guzantti contraataca con su cuarto documental bomba, Draquila, l’Italia che trema. La humorista lleva a cabo una investigación seria, al mismo tiempo que corrosiva, sobre una difícil e inexplicable cuestión, por qué los italianos siguen votando a Berlusconi.

 

La periodista muestra la situación de desgracia electoral en la que el político había caído, antes del terremoto de la región de los Abruzzos, y cómo Berlusconi lanza la máquina de comunicación tras el fatídico 6 de abril de 2009 y la destrucción del pueblo de la  Aquila (300 muertos y un año después más de 50.000 personas aún sin vivienda). Las contradicciones del sistema, las relaciones entre la mafia y la política, las dificultades de la justicia para llevar a cabo su labor, los desfalcos y los abusos de la autoridad… todo ello y mucho más sin perder el sentido del humor, lo que ya representa en sí todo un logro.

 

Sabina Guzantti sabe contar una triste historia con una infinita dosis de humor, el público se divierte y ríe durante toda la proyección excepto, al final del documental, cuando se escuchan las risas en una conversación telefónica de dos políticos, unos minutos después del terremoto, comentando lo económicamente jugosa que será la reconstrucción del pueblo. Parece que hay una relación inmediata entre promoción inmobiliaria pública y corrupción política. Pobre democracia italiana, menos mal que sólo les ocurren estas desgracias a ellos, ¿o no?

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