Welcome to the Rileys, EE.UU. 2009


Los Scott son imparables además de ser una de las familias más productivas del cine americano. A los dos hermanos ya célebres, Tony y Ridley, se suma ahora el hijo de este último, Jake Scott, que presentó Welcome to the Rileys, en el Festival de Cine Americano de Deauville 2010. Su fertilidad creativa no tiene nada de extraño, ya que esta película se rodó en la bulliciosa ciudad de Nueva Orleans en tan sólo 28 días.

 

En su segunda realización Jake Scott ha decidido contarnos una historia de zombies muy especiales. No son muertos vivientes sino vivos y en plena salud que por trágicas circunstancias han perdido el aliento vital. Doug y Loïs, un pareja que lleva 30 años casada, intentan superar la muerte de su hija en un accidente de tráfico. Doug, en uno de sus viajes de negocios a Nueva Orleans, encuentra a una joven prostituta y su instinto paternal revive ante este ser indefenso y perdido, por lo que decide quedarse en la ciudad, abandonar a su esposa y proteger y cuidar a la joven que tanto le recuerda a su hija desaparecida.

 

La película está magníficamente narrada y, aunque el argumento presagie un dramón, el director huye de los tópicos y de los efectos fáciles de emoción para mostrar el renacimiento de los sentimientos anestesiados de los protagonistas, tras el accidente familiar. Y lo mejor del film, sin lugar a dudas, es el impecable trío de actores. De James Gandolfini poco podemos decir que no se sepa, dada su popularidad y el reconocimiento de su calidad como actor que le ha aportado la serie de televisión Los Soprano.

 

Su mujer en la película era un personaje difícil de abordar sin caer en la histeria o en una composición llena de tics. Sin embargo, Melissa Leo, que ya nos cautivó en Frozen River, borda su actuación con momentos inolvidables como la primera salida de su casa tras el accidente de su hija, un delicado viaje en coche y, como se decía en los viejos tiempos, “me paro aquí, no puedo seguir leyendo”…  

 

Pero la mayor sorpresa de la película es Kristen Steward, que abandona su cara de eterna sorpresa en la saga Crepúsculo (“qué te he dicho que me muerdas…que sí pero no, que quiero pero no puedo…pues te dejo y me voy con el hombre-lobo”) para componer el rol de una prostitua y chica de local de striptease cercano a Irma, la dulce pero con un vocabulario más reducido. Una muestra de cine indie inteligente, sabiamente contado y sumamente agradable.

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