L’Enfer d’Henri-Georges Clouzot, Francia 2009


Serge Bromberg es, ante todo, un apasionado del cine. Su obsesión le ha llevado a crear una colección de más de 40.000 películas difíciles de encontrar, desconocidas o ignoradas; en resumen, la biblioteca de Alejandría del cine invisible. Y uno de sus sueños era conseguir las 185 latas de la película L’enfer, que el “Hitchcock francés” no consiguió finalizar, para poder exhumarlas y hacer visible esta increíble aventura cinematográfica. Y una circunstancia también excepcional le permitió alcanzar su sueño, se quedó encerrado tres horas en el ascensor con la viuda de Clouzot (últimamente parece ser una tendencia en el cine) y ésta le cedió las bobinas.

Henri-Georges Clouzot, nacido en 1907 en Niort, estudió ciencias políticas antes de debutar como guionista en los años 30. Como la tuberculosis le mantiene inactivo durante cuatro años, aprovecha este tiempo para leer novelas negras. Una vez repuesto inicia su meteórico ascenso en el cine, en 1943 rueda El cuervo (Le corbeau), historia de unos intrigantes mensajes anónimos que acaban con la tranquilidad de un pequeño pueblo (durante mucho tiempo la película, financiada por una productora nazi, fue acusada de colaboracionista) y cuatro años después En legítima defensa (Quai des orfèvres), centrada en el mundo del music-hall y en un marido celoso (tema recurrente que aparecerá de nuevo en L’enfer) que se ve acusado de asesinato. Pero el éxito internacional de crítica y público le llegó con su excelente El salario del miedo (Le salaire de la peur) en 1953. La película es una joya del cine de suspense: dos camiones llenos de nitroglicerina que pueden explotar en cualquier momento. Como anécdota cabe señalar que los exhibidores en EE.UU. distribuyeron una versión censurada, dado que la empresa que explotaba a los camioneros era americana, y que Edward G. Robinson, uno de los miembros del jurado de Cannes que le atribuyó el máximo galardón de esa edición, la describió como una patada en el bajo vientre.

Y en 1955 Clouzot crea una bomba cinematográfica, que atravesará sin arrugas la historia mundial del cine, llamada Las diabólicas (Les diaboliques). Basada en una novela negra de dos escritores franceses que escribían juntos, Pierre Boileau y Thomas Narcejac, La que no existía (Celle qui n’était plus, 1952) con el típico argumento de “hombre y amante matan esposa”, mezclado con, de nuevo, mensajes escritos por la asesinada y varias personas que afirman haberla visto. Henri-Georges Clouzot añade mucho más morbo a la historia y convierte en asesinas a la esposa y a la amante. A Alfred Hitchcock le fascinó el film, él ya había intentado comprar los derechos de la novela antes y los escritores, Boileau y Narcejac, para compensar su frustración, le escribieron otra historia mítica Sueurs froids (Sudores fríos), que acabó llamándose Vértigo. La influencia de Clouzot en el cine de Hitchcock es evidente y la escena de la muerte en la bañera de Las diabólicas (agua como muerte en lugar de símbolo de la vida) parece inspirar el asesinato de la ducha de Psicosis (Psycho, 1960).

Pasaron los años y el genio francés del suspense decidió en 1964 filmar una enfermiza historia de celos con la magnífica Romy Schneider, alejada del meloso papel de Sissi, convertida aquí en el estereotipo de mujer independiente de los años 60. La película iba a romper con las formas estéticas anteriores, el tratamiento del color es hipnótico, los efectos musicales  electro-acústicos totalmente novedosos, el suspense y la tensión se perciben en cada plano, cada imagen del documental es única e irrepetible. Pero también el título era premonitorio y el rodaje se convirtió en L’enfer. Las dudas de un genio del cine meticuloso y maniático, las disputas entre los actores, la presión de la condiciones en que se rodaron (el viaducto de Gabarit se situaba junto a una presa que debía vaciarse una vez finalizada la película) y un sin fin de problemas hicieron que el director sufriese graves problemas de salud y decidiese, casi como una salvación, abandonar el proyecto.

El documental es tan fascinante como lo hubiese sido la película y el director del documental ha integrado a dos actores, que interpretan ciertas escenas, para poder seguir el conjunto de la historia. El guión estaba tan trabajado y tenía tantas posibilidades que otro gran cineasta, desaparecido recientemente, Claude Chabrol hizo su propia versión en 1994. Pero esa es otra historia.

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