Notre jour viendra, Francia 2010


Romain Gavras, hijo del también director Costa Gavras, por fin lo ha hecho. Lo que algunos temían y muchos deseabamos se ha convertido en realidad. Tras la ardiente polémica con su video musical de M.I.A. Born free (más de nueve minutos de verdadero cine que sulfuró a los numerosos fariseos que pusieron el grito en el cielo al ver su contenido ultra violento, bastante próximo a cualquier imagen que podemos ver todos los días en el telediario del mediodía) presenta su primera película, Notre jour viendra, en la gala oficial de la edicción de este año del Festival de Sitges.

Un joven protagonista, Rémy, detestado por todos a causa de una trivial diferencia o por su condición de minoría, el ser pelirrojo, perdido en un mundo que no comprende, en la edad incierta de la indecisión sexual (definitivamente éste es uno de los temas centrales del cine actual, véase Gregg Araki, Xavier Nolan y compañía, quizás como respuesta a la obligación social de definirse ante todo todo cuanto antes y lo más rápidamente posible) encuentra su Lazarillo de Tormes en la persona de Patrick. Personaje completamente diferente, situado social y económicamente, e interpretado por el magistral Vincent Cassel, que también ha participado como productor de la película.

Las diferencias entre los dos personajes les unirán y la seguridad de Patrick dará las fuerzas suficientes a Rémy para afirmar su personalidad y reivindicar su diferencia. A través de un road movie imposible por el norte de Francia, sublimes playas desiertas mezcladas con zonas industriales y centros comerciales (el nuevo paraíso terrenal para hacernos olvidar mediante el sagrado consumo los verdaderos ploblemas), su relación se invertirá a medida que avanza Notre jour viendra. Vincent Cassel pierde poco a poco su fe y la temeridad de Rémy se incrementa de tal manera que sólo será posible un final infeliz.

No es fácil comprender al dúo protagonista, a veces no logramos entender porque actúan de esa manera, sus motivaciones se nos escapan pero, tal vez, sea éste el verdadero tema de la película: la bruma total que nos rodea, lo inexplicable de algunas de nuestras acciones, el deseo inconfesable de sobrepasar los límites, escapar de la rutina…

 

La escena del hotel, con sus toques a lo David Lynch, con su frustrante orgía y una niña que nos observa como testigo de nuestra pérdida de la inocencia, es tan incomprensible como cautivadora.

Pero la travesía de Romain Gavras debe tener un final, que no será sobre este mundo y del que no se puede salir indemne. Su película recuerda los desafíos cinematográficos de Gaspar Noe o de Jaime Rosales, universos particulares inquietantes dignos de exploración.  

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