Gru, mi villano favorito (Despicable Me), EE.UU. 2010


Las películas de animación están mostrando la visión más crítica y ácida de nuestra sociedad a partir de historias sencillas y aptas para el gran público, como la novela negra lo presenta a través de los excluidos de la sociedad o de sus tramas criminales, en un reflejo perfecto de los fallos del sistema social en que vivimos. Tras su aparente sencillez, su humor negro y sus personajes deformados (herencia del esperpento de Valle-Inclán), la animación y la novela de suspense son los únicos productos culturales políticamente incorrectos que llegan hoy en día masivamente a los espectadores y lectores.

 

Gru, mi villano preferido encarna a la perfección esta modalidad de crítica sin piedad tras su aparente “bonita” historia. Un malo malísimo descubre el amor, en esta ocasión la modalidad paterno-filial, y se convierte en un bueno buenísimo. Nada más banal y mil veces visto. Pero en realidad ¿qué oculta este lindo cuento para niños?

 

La historia comienza con una horda de turistas visitando Egipto. Desde las primeras imágenes los realizadores se mofan del viaje organizado, con foto incluido (la sociedad del espectáculo de Guy Debord no ha perdido un ápice de su vigencia) para justificar ante los amigos el “yo estuve allí”, la obesidad galopante del americano mediano, las nuevas relaciones  familiares que nos obligan a pasear al niño atado a una correa y el simulacro del arte puesto que, en realidad, la pirámide ha sido robada y lo que admiran los turistas a través del objetivo de su cámara sólo es un objeto hinchable sin ningún valor. Lo que hace que frente al terrorismo cultural se defiendan los principales bienes culturales, por ejemplo, la lata de cerveza. Todo ello en menos de cinco minutos de la película.

El protagonista ejerce su reivindicado egoísmo frente al resto de la comunidad y se traslada en el vehículo más contaminante posible (el famoso 4 por 4 tan visible en plena ciudad), no se ocupa de su jardín, más por molestar a sus vecinos que por otra cosa, y vive en una mansión que recuerda la casa de Psicosis de Hitchcock. Como se puede comprobrar es el prototipo de vecino ideal.

 

Pero la mejor parte de la crítica, y la más feroz, corresponde al sistema financiero. Lo que había pretendido y no ha conseguido Oliver Stone con su último Wall Street, el equipo de Gru, mi villano favorito lo borda. Hoy en día para financiar los proyectos más degenerados y perjudiciales para la sociedad no se organiza un comando terrorista sino que se acude a la banca que, magistralmente, los autores del film sitúan en el fondo de los servicios públicos. Por cierto, en la historia hay un arma de destrucción masiva que, evidentemente, se halla en un país de Oriente Medio. Y por último el ejército de hombrecillos amarillos que se pasan el día cumpliendo órdenes absurdas, trabajando para un descerebrado y vapuleados constantemente por su jefe, ¿no les recuerdan el actual funcionamiento del mercado de trabajo?

Gru, mi villano favorito ha sido dirigida por Pierre Coffin, Chris Renaud y Sergio Pablos pero la idea proviene éste último, director creativo de infinito talento y socio fundador de Animagic, y que en una entrevista afirmaba que  su objetivo “es hacer películas que hablen a todo el mundo. Que trasciendan culturas pero que no las anulen”. Bravo y enhorabuena, Sergio. Objetivo perfectamente cumplido.

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